VITAMINAS PARA EL CORAZÓN, Domingo 26 de Octubre de 2008
Una de las cosas más difíciles, pero necesarias, es la de saber distinguir entre lo esencial y lo secundario. Porque en muchas ocasiones lo más importante puede quedar sepultado con cosas de menor importancia que nos distraen y confunden.
Los judíos del tiempo de Jesús seguramente se sentían agobiados por una montaña de preceptos: 248 mandamientos y 365 prohibiciones.
Imagínese usted, si a muchos de nuestros fieles católicos se les hace difícil recitar de memoria los diez mandamientos, qué complicación no tendrían los judíos para aprenderse todo eso.
“Uno de los fariseos, que era doctor de la ley, le preguntó para ponerlo a prueba: “¿Cuál es el mandamiento más grande de la ley?” (Mt 22,35).
En el evangelio de Marcos es un Escriba que le hace la pregunta con sincera y comprensible preocupación.
Hacer preguntas es señal de inquietud, ganas de hacer bien las cosas o hacerlas mejor.
La respuesta de Jesús parece demasiado breve a simple vista. Pero es una tarea que nos lleva toda la vida: Ama en dos direcciones: a Dios y a tu prójimo.
Tanto el Fariseo como el Escriba habían preguntado por un solo mandamiento. Jesús le contesta con dos. Nos enseñó que el amor a Dios es inseparable del amor al prójimo. Nos enseñó que se equivocarán siempre aquellos que piensan que pueden estar en paz con Dios y al mismo tiempo están odiando a alguien. Nos enseñó que es un acto de hipocresía alabar a Dios y al mismo tiempo insultar o calumniar a una persona.
La originalidad de Jesús consiste en establecer una relación inseparable, indisoluble, entre dos mandamientos que, en el Antiguo Testamento, estaban dispersos: “Amarás a Dios con todas tus fuerzas” (Dt 6,4-5) y “amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Lv 19,18).
Claro que Jesús establece un orden prioritario, puesto que sería imposible amar a los demás, especialmente a los que nos caen pesados o nos han hecho daño, si no amáramos primero a Dios. Cuando intentamos amar a los demás con nuestros propios criterios no lo logramos porque somos muy selectivos: amamos a los que se nos es fácil amar. Hacemos del amor una forma de premio o de castigo.
Sólo cuando nos acercamos a Dios y le amamos, correspondiendo a su iniciativa ya que Él nos amó primero, nos contagiamos de su bondad, de su compasión, de su ternura, de su paciencia, de su amor.
Y a la vez, la única forma, la única medida, el único termómetro que existe para probar nuestro amor a Dios, es la forma en que tratamos a los que nos rodean: “Si alguno dice: ‘‘amo a Dios», y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve” (1 Jn 4, 20).
No existe otro camino para demostrarle a Dios nuestro amor que el mismo que Él trazó: amando a nuestro prójimo.
Decía Kierkegaard que “El amor de Dios y el amor al prójimo son dos hojas de una puerta que sólo pueden abrirse y cerrarse juntas”.
Y para que no pongamos pretextos evasivos en este mandamiento, la Palabra de Dios de este día nos da unas sugerencias concretas en la Primera Lectura:
“No hagas sufrir ni oprimas al extranjero, porque ustedes fueron extranjeros en Egipto. No explotes a las viudas ni a los huérfanos, porque si los explotas y ellos claman a mí, ciertamente oiré yo su clamor (…) Si tomas en prenda el manto de tu prójimo, devuélveselo antes de que se ponga el sol, porque no tiene otra cosa con qué cubrirse; su manto es su único cobertor y si no se lo devuelves, ¿cómo va a dormir?” (Ex 22,20-26)
Este es un extracto del Código de la Alianza, un catálogo de leyes sociales impregnadas de un gran humanismo. En él se mencionan a las clases de personas menos afortunadas en un grupo social:
· el extranjero, es decir, los migrantes, que no son inversionistas, sino gente que ha salido de su país buscando mejores condiciones de vida en otro sitio. No poseen nada más que lo que el trabajo de cada día les permite.
· La viuda y el huérfano: ambos han quedado en el abandono y tampoco poseen nada.
· El pobre que pide prestado en caso de necesidad para poder sobrevivir quedando a merced del que le presta con intereses asfixiantes.
Podríamos ampliar la lista tanto de los necesitados como la de los que los explotan. Pero lo más importante es recordar que para los primeros, Dios pide solidaridad. Y a los segundos, les advierte que sus injusticias serán castigadas.
Dios continúa presentándose ante nosotros diariamente, con un “disfraz” humano. Ese rostro triste, ese cuerpo desnutrido, esa persona poco agraciada y harapienta, es Dios como menos lo esperabas, verificando que tu amor a Él no sean palabras, sino buenas obras.
Que Dios les bendiga
Su hermano, José Jesús Mora
