“Los discípulos le preguntaron: -¿Por qué les hablas en parábolas?
Jesús les respondió: – porque viendo no ven, y oyendo no oyen ni entienden. Al que tiene, se le dará más y nadará en la abundancia; pero al que tiene poco, aun eso poco se le quitará” (Mt 13,11-13)
Resulta sorprendente la respuesta de Jesús a la inquietud de sus discípulos. Siempre hemos creído que la parábola fue uno de los mejores recursos pedagógicos que Jesús utilizó para que entendiéramos su mensaje. Sin embargo, su respuesta da la impresión de todo lo contrario. Parece más bien que deseaba que no le entendiéramos.
Es importante señalar que la parábola no era una fábula o un relato simpático a manera de intermedio entre discursos doctrinales pesados. No era un momento de relax o de chistes durante el día. Era una lección severa y seria, con frecuencia una señal de alarma o un llamado a la responsabilidad.
La Parábola no da las verdades ya «masticadas». Obliga a pensar, buscar, profundizar, explorar. Porque su verdadero significado no se encuentra en la superficie de las imágenes usadas, sino detrás o debajo de ellas. Lejos de entretener y divertir, las parábolas de Jesús sacuden y golpean.
Por eso me parece importante reflexionar sobre esta respuesta de Jesús, pues tenemos la tendencia de trivializar (como mecanismo de defensa) lo que no entendemos o lo que no queremos entender.
Lo primero que debemos aceptar con humildad es que debemos pedir sabiduría a Dios para entender. Aunque se posea un gran sentido común o una preparación teológica, eso no garantiza que siempre alcanzaremos a descubrir el sentido de cada parábola.
La condición para entender a alguien es escucharlo y valorarlo. Por eso muchas parejas no se entienden, porque han perdido un poco de paciencia y tolerancia, la que solo puede derivar del amor que se tiene por el otro. La distancia impide la comunicación, por eso es que las parejas muchas veces se gritan, como si físicamente estuvieran lejos, aunque lo que sucede realmente es que se está afectivamente distante.
Las parábolas no trazan una línea de demarcación entre personas superdotadas intelectualmente e idiotas, sino entre los autosuficientes y los humildes, siempre abiertos al aprendizaje.
El Reino de Dios no tiene pasadizos secretos al estilo del “Código Da Vinci”. Tiene una sola puerta: la fe. “Cree para que entiendas”, decía San Agustín.
El que va a Dios, va de comienzo en comienzo. Pero no puedo ir a Él con ideas pre-fabricadas. Ni limitándome a decir lo que otros han dicho de Él. Es necesario “volver a nacer” (Jn 3,3).
Y es que, como si fuéramos Ulises, uno de los personajes de la Odisea, hemos tapado nuestros oídos con “cera”, para no sucumbir ante el embrujo del canto de tantas sirenas: publicidad, discursos, predicaciones, adulaciones, etc.
Tal vez algunos miembros de la Iglesia piensen que podrán “seducir” a muchos alejados imponiendo de nuevo el latín en la Iglesia. Pero la Iglesia no sólo necesita hablar el lenguaje de todos, sino el lenguaje más convincente: la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace.
“Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los pequeños y sencillos. Sí, Padre, así te ha parecido mejor…” (Lc 10,21)
Así que, al acercarnos a la lectura y escucha de las parábolas, debemos hacer como hizo Moisés cuando se acercó a la zarza ardiente: se quitó los calzados, es decir, se mostró humilde para ser iluminado.