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Acerca de Jesús Jesús Mora

Soy una persona que tiene 32 años trabajando a nivel de Universidades. Me gusta la educación, la formación, el trabajo con personas. Estudié Filosofía, Teología y Comunicación Social a nivel de Licenciatura. Obtuve mi Maestría en Dirección Comercial y Marketing y posteriormente en Inteligencia Aplicada a la Empresa y a la Educación. Y por último, un Doctorado en Administración Gerencial. Soy el Vicerrector Académico de la Universidad Tecnológica de Honduras y me complace compartir conocimientos y experiencias formativas.

DÍA DE LA MADRE

UNA VITAMINA EN EL DÍA DE LAS MADRES

Segundo Domingo de Mayo

Muchos en Honduras conocemos y, seguramente, hemos cantado el HIMNO A LA MADRE de Augusto C. Cuello. Y recordamos, particularmente, el coro que dice: “En el nombre de madre se encierra la más alta expresión del amor, Porque no puede haber en la tierra una imagen más clara de Dios”.

El autor no se equivoca ni comete una herejía al afirmar que la mejor imagen de Dios en la tierra es una madre. Porque, desde cualquier ángulo que lo veamos, el amor de una madre, es lo más parecido, cercano y próximo al amor de Dios, ya que posee las dos características fundamentales:

a)Desinteresado: la madre ama porque sí, no espera méritos, es anterior a ellos. Lo da todo y no espera recibir nada. Nunca tienen un día libre.

b)Incondicional: no importa lo que suceda, aún si recibe como respuesta la ingratitud, la madre siempre ama. Una madre se puede olvidar de todo, menos de que es madre. Si la ofendemos, nos perdona. Si nos equivocamos, nos comprende. Si los demás no nos aguantan, ella sí está dispuesta a hacerlo.

Dios se inventó a las madres porque Él no podía darse abasto por todos lados.

Son ustedes, las madres, unos seres tan especiales, que hacen especial este día y esta celebración. ¿O acaso no hemos notado que la celebración del día de las madres es más “sonada” y festiva que el día del padre?

Madre no es simplemente una “señora que tiene hijos”. La palabra ha llegado a convertirse en sinónimo de amor, de entrega, de abnegación, de fortaleza, de constancia, de ternura, de consuelo, de esperanza, de sacrificio, de dulzura, de consejo y de tantas otras cualidades y virtudes encarnadas por todas aquellas a quienes Dios les ha dado este valioso don, la maternidad.

Los hijos no venimos solos a este mundo, acarreamos algunos inconvenientes: requerimos de cuidados, somos inquietos, dependientes, muchas veces caprichosos, egoístas y hasta malcriados. Ella, la madre, le hace de todo con tal de cuidar y hacer feliz a sus hijos: psicóloga, maestra, economista, costurera, chef, enfermera, etc.

El tiempo dedicado, los consejos oportunos, el sacrificio hecho, no son tiempo perdido. Aún en aquellos en los que aparentemente el intento no ha sido un éxito, tarde o temprano termina dando sus frutos.

Porque, a fin de cuenta, ¿qué recordamos de todas las cosas que vamos aprendiendo en nuestra vida? Solamente aquellas que han sido enseñadas con y por amor.

En el llamado “período de gestación” se va estableciendo un vínculo entre madre e hijo que ni el tiempo, ni la distancia, ni los errores, ni las ofensas, incluso ni la muerte, podrán romper.

Pero si bien la madre es fuerte e incansable, a la vez es frágil y vulnerable por su bondad y su amor. Tal vez hay palabras o actitudes que, como hijos, expresamos en un momento de enojo y para nosotros ni siquiera tiene relevancia, pero hieren a nuestra madre porque no esperaban tanta dureza ni ingratitud de nuestra parte.

Lamentablemente, los remordimientos llegan demasiado tarde, cuando ya hemos hecho daño o hemos provocado heridas. Por eso quiero recordarles a todos, que las mejores lágrimas no son las que derramamos sobre la tumba de nuestras madres, sino las que somos capaces de ahorrarles en vida.

Cuenta una antigua leyenda que un niño, próximo a nacer le dijo a Dios:

– Me vas a enviar mañana a la tierra, pero ¿Cómo viviré allá, siendo tan pequeño y tan débil?…

– Entre muchos ángeles escogí a uno que te espera, contestó Dios.

Pero aquí en el cielo no hago más que cantar y sonreír y eso basta para mi felicidad ¿podré hacerlo allá?…

Ese ángel te cantará y te sonreirá todos los días y te sentirás muy feliz con sus canciones y sonrisas.

¿Y cómo entenderé cuando me hablen, si no conozco el extraño idioma de los humanos?

Ese ángel te hablará y te enseñará las palabras más dulces y tiernas que escuchan los humanos.

¿Qué haré cuando quiera hablar contigo?

Ese ángel juntará tus pequeñas manos y te enseñará a orar.

He oído que en la tierra hay hombres malos… ¿Quién me defenderá?

Ese ángel te defenderá, aunque le cueste la vida.

Pero estaré siempre triste porque no te veré más. Señor, sin verte me sentiré muy solo…

Ese ángel te hablará de mí y te mostrará el camino para volver a mi presencia, le dijo Dios…

En ese instante, una paz inmensa reinaba en el cielo, no se oían voces terrestres, el niño descendía suavemente: – Dime su nombre, Señor.

Dios le contestó: – Ese ángel se llama Mamá.

NECESIDAD DE PASCUA

FB_IMG_1459037642630VITAMINAS PARA EL CORAZÓN

Domingo de Pascua

Aunque algunos no lo deseen o no les interese, todos tenemos necesidad de PASCUA: pasar de la muerte a la vida.

Hace mucho llegué a la conclusión de que no solo nos atemoriza morir, al parecer también tenemos miedo de VIVIR, por lo menos una vida que merezca la pena vivir.

La Resurrección no es un mito ni una historia “piadosa” inventada por fanáticos religiosos o manipuladores. Yo no podría presentar pruebas de ese acontecimiento histórico, pues ni siquiera tuvo testigos presenciales. Pero he visto cómo su fuerza ha transformado y sigue transformando la vida de muchas personas.

Y puedo asegurarles que, aunque no hay testimonios de cómo sucedió en sí la Resurrección, hay innumerables testimonios del Resucitado.

Por lo tanto, más que buscar pruebas científicas, debemos esforzarnos por encontrar y, a la vez manifestar, signos de la Resurrección, pues nuestro mundo está urgentemente necesitado de ellas.

Si de todos los problemas que podemos enfrentar, la muerte es el más amenazante, ¿acaso la Resurrección no es la mejor de las buenas noticias?

Todos tenemos un doble anhelo: vivir felices y vivir para siempre.

Pues la buena noticia de hoy es que la muerte no tiene dominio sobre nosotros, porque Dios quiere que vivamos para siempre y por eso su Hijo, Jesucristo, ha librado una batalla por nosotros y se ha levantado triunfante.

Lucharon Vida y muerte

en singular batalla

y muerto el que es la Vida

triunfante se levanta.

(De la Secuencia de Pascua)

Cada año la celebración de Pascua debería afianzar en nosotros de manera más convincente esta gran noticia: la muerte no tiene la última palabra. El asesino no tiene la última palabra. Las catástrofes no tienen la última palabra. La injusticia no tiene la última palabra.

Cristo resucitó y nos invita a ser partícipe de esa victoria. Esto nos obliga a vivir de acuerdo a esta fe que tenemos y celebramos.

La Resurrección ya corre por nuestras venas cuando creemos en el poder transformador de Dios que nos quiere dar nueva vida, cuando muere el odio y da paso al respeto y la fraternidad. Es un paso permanente de la tristeza al gozo, del pesimismo a la esperanza, del egoísmo a la generosidad.

Resucitó el Señor y vive en la palabra

de aquel que lucha y muere gritando la verdad.

Resucitó el Señor y vive en el empeño

de todos los que empuñan las armas de la paz.

 

Resucitó el Señor y está en la fortaleza

del triste que se alegra, del pobre que da pan.

Resucitó el Señor y vive en la esperanza

del hombre que camina creyendo en los demás.

 

Resucitó el Señor y vive en cada paso

del hombre que se acerca sembrando libertad.

Resucitó el Señor y vive en el que muere

enfrentando los peligros que ahogan a la paz.

 

Resucitó el Señor y manda a los creyentes

no ceder ante el acoso que sufre la verdad.

Resucitó el Señor y vive en el esfuerzo

del hombre que sin fuerzas quedó por los demás.

 

Resucitó el Señor y está en la encrucijada

de todos los caminos que llevan a la paz.

Resucitó el Señor y llama ante la puerta

de todos los que olvidan lo urgente que es amar.

 

Resucitó el Señor, su gloria está en la tierra

en todos los que viven su fe de par en par.

Tal vez algunos de ustedes han visto y escuchado videos de Nick Vujicic, un joven australiano que nació sin brazos y sin piernas. Viaja por el mundo dando aliento a otros. Les pido escuchen y observen con el corazón abierto lo que dice y hace este joven en este video que «resume» la Pascua

Si alguien como él lucha y reboza de vida, ¿qué estás esperando tú?

Que Dios les bendiga

Su hermano, José Jesús Mora

Amar, ¿es una acción o un sentimiento?

VITAMINAS PARA EL CORAZON

JUEVES SANTO

“Les doy un mandamiento nuevo: que se amen unos a otros como Yo los he amado” (Jn 13,34).

Dentro de la liturgia de este día, Jueves Santo, hay un rito especial, que por su gran significado, no debe confundirse con una representación teatral, sino como un compromiso cristiano: el lavatorio de los pies.

Muchos han tratado de reducir el gesto de Jesús a un acto de humildad. ¿Acaso Jesús tenía que recurrir a un gesto como éste para convencer a sus apóstoles de que era humilde?

En tiempos del Señor Jesús, esta acción la realizaban los esclavos. Hay que recordar que los calzados y los caminos de aquellos tiempos eran rudimentarios. Ningún judío estaba obligado a lavar los pies de sus propios jefes, para mostrar que un judío era libre, no era esclavo.

Jesús no lavó los pies de sus apóstoles pensando en que se convertiría en un rito en las ceremonias solemnes del Jueves Santo. Nunca hizo cosas de manera teatral para que quedaran consignadas en unos ritos litúrgicos como gestos vacíos de sentido. Él era natural y espontáneo. Hizo en cada momento lo que la situación exigía y requería: acciones naturales, auténticas, genuinas.

Imitar a Jesús no es repetir artificialmente un gesto que luego tenga contradicciones con las acciones cotidianas. Es vivir y actuar según su pensamiento, sus sentimientos y su espíritu.

En el lavatorio de los pies hay mucho más que un “ejemplo de humildad”. Jesucristo no hizo más que resumir en una acción toda su vida: vino a servir, no a ser servido. Su gesto debió durar unos 15 minutos, pero en ellos resumió toda su existencia.

Fue el momento de una verdadera Revolución que no sembraba el odio, pero condenaba y declaraba la guerra al orgullo, a la soberbia, al egoísmo, a la injusticia y la arrogancia.

Solo Juan narra esta escena. El motivo por el cual los demás evangelistas lo callan, seguramente es el escándalo: Dios arrodillado ante los pies del ser humano para limpiárselos. Unos pies que no son los de Adán, muy limpios, recién salidos de las manos del Creador; sino unos pies manchados de tierra, de sangre, de pecado.

Nos decía San Agustín: “¿Quieres saber cuánto te ha amado Dios? Mira a Jesús Crucificado”. Porque la garantía del amor es amar hasta el extremo. La medida del amor, es un amor sin medida.

Stephen Covey, en su libro “Los siete hábitos de las familias altamente efectivas” señala una gran verdad, desconocida por muchos: solemos pensar que a los demás debemos “darles amor”. Nos equivocamos. El amor es consecuencia de amar, un acto de voluntad, una decisión convertida en acción que provocará, como consecuencia, amor. Amar es un verbo, no un sentimiento. El amor es la consecuencia. Es lo que lograrás hacer brotar en las personas que ames.

No lo sientas como una carga pesada. No digas “tengo que amar”. Elige amar, no te canses: cuando a los demás no parece importarles, ama; cuando todo parece perdido e inútil, sigue amando; cuando cueste y duela mucho, ama; cuando ya no quieras seguirlo haciendo porque piensas que no vale la pena, vuelve a renovar tu decisión. Tarde o temprano cosecharás lo sembrado.

Que Dios les bendiga

Su hermano, José Jesús Mora

EL AMOR NO MUERE

VITAMINAS PARA EL CORAZON

JUEVES SANTO


“Les doy un mandamiento nuevo: que se amen unos a otros como Yo los he amado” (Jn 13,34).

Dentro de la liturgia de este día, Jueves Santo, hay un rito especial: el lavatorio de los pies.

Muchos han tratado de reducir el gesto de Jesús a un acto de humildad. ¿Acaso Jesús tenía que recurrir a un gesto como éste para convencer a sus apóstoles de que era humilde?lavatorio_de_los_pies_madox_brown.jpg

En tiempos del Señor Jesús, esta acción la realizaban los esclavos. Hay que recordar que los calzados y los caminos de aquellos tiempos eran rudimentarios. Ningún judío estaba obligado a lavar los pies de sus propios jefes, para mostrar que un judío era libre, no era esclavo.

Jesús no lavó los pies de sus apóstoles pensando en que se convertiría en un rito en las ceremonias solemnes del Jueves Santo. Nunca hizo cosas de manera teatral para que quedaran consignadas en unos ritos litúrgicos como gestos vacíos de sentido. Él era natural y espontáneo. Hizo en cada momento lo que la situación exigía y requería: acciones naturales, auténticas, genuinas.

Imitar a Jesús no es repetir artificialmente un gesto que luego tenga contradicciones con las acciones cotidianas. Es vivir y actuar según su pensamiento, sus sentimientos y su espíritu.

En el lavatorio de los pies hay mucho más que un “ejemplo de humildad”. Jesucristo no hizo más que resumir en una acción toda su vida: vino a servir, no a ser servido. Su gesto debió durar unos 15 minutos, pero en ellos resumió toda su existencia.

Fue el momento de una verdadera Revolución que no sembraba el odio, pero condenaba y declaraba la guerra al orgullo, a la soberbia, al egoísmo, a la injusticia y la arrogancia.

Solo Juan narra esta escena. El motivo por el cual los demás evangelistas lo callan, seguramente es el escándalo: Dios arrodillado ante los pies del ser humano para limpiárselos. Unos pies que no son los de Adán, muy limpios, recién salidos de las manos del Creador; sino unos pies manchados de tierra, de sangre, de pecado.

Es de allí de donde brota la magnífica creación del sacramento de la Eucaristía y, para perpetuarla, el ministerio sacerdotal.

Es por eso que el sacerdote repite las mismas palabras de Jesús en el momento de la Consagración del Pan y el Vino: “Haced esto en conmemoración mía”, lo cual no debe entenderse simplemente como volver a celebrar la Misa, sino más bien hacer lo que Jesús hizo: entregarse, amar y servir, no como pensamos que sería la mejor manera o según nuestros gustos y criterios, sino de la única forma en que el Señor nos ha mandado: “…como Yo los he amado”.

Nos decía San Agustín: “¿Quieres saber cuánto te ha amado Jesús? Mira al Crucificado”. Porque la garantía del amor es amar hasta el extremo. La medida del amor, es un amor sin medida.


Que Dios les bendiga

Su hermano, José Jesús Mora

LA TRAICIÓN DE JUDAS Y LA NUESTRA

VITAMINAS PARA EL CORAZÓN

LA TRAICIÓN DE JUDAS Y LA NUESTRA

 

Después del Domingo de Ramos, los siguientes 3 días, las lecturas nos narran los hechos inmediatos que antecedieron la muerte de Nuestro Señor Jesucristo.

Como trasfondo, aparece durante estos 3 días este personaje que, sin ser el protagonista, seguirá siendo una figura misteriosa y enigmática que nos revela un poco de nosotros mismos: Judas.

Sobre él se han escrito muchas cosas, como si fuese un personaje que nos obsesiona. Hay quienes equivocadamente siguen pensando que Jesús lo “utilizó” para el triste papel de la traición. Eso sería atribuirle al Señor una acción mal intencionada, aunque el chivo expiatorio perfecto para tener a quien echarle la culpa de la muerte de Jesús.

Pero como lo único que sabemos de él es el desenlace trágico, me animo a compartir con ustedes las diferentes hipótesis que explican el motivo de la traición, no con el ánimo de aumentar sus conocimientos religiosos, sino para sacar enseñanzas prácticas:

1.La avaricia: pinta a Judas obsesionado por el dinero (la bolsa y las monedas); el mismo San Juan le llama “ladrón” (Jn 12,6). El contacto con el dinero puede ser peligroso y fatal si no tomamos las debidas precauciones. Aunque la traición de Judas no se puede reducir simplemente a la avaricia, no podemos negar que este vicio empuja a muchas personas a las acciones más deplorables: desde los secuestradores, narcotraficantes, corruptos, hasta pastores que ven a Cristo como un negocio rentable o clérigos que utilizan las ayudas económicas para caprichos caros.

2.Amor convertido en Odio: No podemos negar que Jesús vio en él lo mismo que en los 11 apóstoles restantes, capacidad de amar y entregarse a una causa. Francisco Cabodevillla afirma que existen indicios de que Judas amaba a Jesús de manera posesiva y celosa. Caín llegó a sentir celos de su hermano. Sentía mucha envidia de que la ofrenda de Abel fuera mejor acogida por parte de Dios (Gn 4,5). Y algunos teólogos afirman que Lucifer se rebeló contra Dios ante la sola idea de que el ser humano fuese más amado que él. La regañada que Jesús le da en público alabando el gesto de María Magdalena al derramar un perfume en sus pies, pudo ser el detonante de un resentimiento acumulado. Dicen que en todo gran odio y traición, existe alguna forma de amor decepcionado.

3.La santidad insoportable: si hay algo bastante común en la vida de los santos, es que se han visto rodeados de envidiosos que se sienten desafiados por un estilo de vida distinto. La santidad y la honestidad les resulta molesta e insoportable a los mediocres. Mucho amor necesitaron los apóstoles para poder vivir junto a Dios en persona, y a Judas le hizo falta.

4.La concepción equivocada sobre el Mesías: hay quienes piensan que Judas, al igual que otros galileos, vieron en Jesús el cabecilla idóneo para una revolución ante los romanos: no sólo arrastraba multitudes, tenía el poder de hacer milagros. Pero Jesús utilizaba ese poder para curar y dar de comer, no para aplastar y dominar. Y esto le decepcionó a Judas.

5.La hipótesis del pánico: el miedo es mal consejero, pues desaparece la coherencia. Jesús hablaba de la venida del Reino, pero lo único que Judas veía acercarse era la persecución y la muerte. Llevado por el miedo pudo haber pensado en salvar su pellejo entregando a Jesús como salvoconducto.

La imaginación humana seguirá trabajando y hurgando en la personalidad de este triste personaje. Lo más importante es remitirnos a lo poco que nos ofrecen los relatos del Evangelio.

Llegó a Jesús como el resto de los apóstoles, con virtudes y defectos. Fue llamado como el resto, “para estar con Él y para enviarlos a predicar teniendo poder para expulsar demonios” (Mc 3, 14-15).

Si Judas era desde el inicio avaro, ese vicio no era más grave que la actitud violenta de Pedro, que la desconfianza de Tomás o la intransigencia de Juan.

El que estuviera profetizado que uno de los doce le iba a traicionar, no tenía etiqueta por nombre y apellido. Fue él, pero pudo ser otro.

Lamentablemente la avaricia y la envidia no se derritieron en el contacto con Jesús como sucedió con los defectos del resto de los apóstoles.

Su comportamiento durante el tiempo que compartió con Jesús y el resto, no despertabas sospechas, por lo tanto, era similar al de los demás: con ambiciones y esperanzas terrenales.

Cuando Jesús señala que uno de ellos lo va a traicionar, las miradas no se dirigen en forma indiscreta hacia Judas como si todos presintieran que era la oveja negra de la familia. Todo lo contrario, preocupados comienzan a preguntarse a sí mismos por si han fallado terriblemente y no se han dado cuenta.

En Judas el mal fue creciendo y avanzando como un cáncer hasta llegar a una metástasis. Le bastó a algunos de los fariseos leer en su rostro su rechazo a lo que Jesús decía o hacía para acercársele al oído y hacerle la baja propuesta de entregarlo a cambio de dinero.

Los relatos de estos tres días de la Semana Santa no son para que miremos a Judas como chivo expiatorio para tranquilizar nuestras conciencias. Todo lo contrario, es para que nos miremos al espejo, ya que la traición de Judas no es muy distinta de las nuestras.

¿Acaso no hemos traicionado nuestros ideales más sagrados porque hemos querido disfrutar de beneficios egoístas? ¿Acaso no hemos querido sacar provecho de ciertas situaciones aunque perjudique a otros? ¿No hemos dado rienda suelta a nuestros deseos de venganza? ¿No hemos tramado cómo conservamos nuestro status aunque tengamos que llevarnos de encuentro a otros? Y todo esto, ¿es menos que treinta monedas de plata?

Al menos a Judas le remordió tanto la conciencia que se le hizo insoportable vivir y por eso se colgó de un árbol. El caso nuestro puede ser más triste: ser traidores, pero aparentar ser impecables. Muchos errores y pecados que señalamos fácilmente en los demás, tal vez sean menos perversos que la hipocresía de quien los señala.

Decía José Martín Descalzo, sacerdote y periodista: “Basta colocarnos al final de una procesión y gritar “¡Judas!”, y nos daremos cuenta de que a todos traicionará el sub-conciente, pues todos voltearán a ver”. Porque Judas, en realidad, nos revela un poco a nosotros mismos.

“Todos hemos participado en la tarea de reunir aquellas treinta monedas de plata con las que fue vendido el Maestro. Judas y Caifás fueron simplemente nuestros representantes”.

Sin embargo, queda una posibilidad que Judas menospreció, una oportunidad que menospreció: la misericordia de Dios.

“Donde abundó el pecado, sobreabundó el perdón de Dios” (Rm 5,20).

Es significativo el detalle que nos daba el evangelista San Juan el día Lunes: “La casa se llenó de la fragancia del perfume”, pues nos remite al motivo de esa cena: están celebrando la vida, pues Lázaro había muerto y al llevar 4 días en el sepulcro cuando llega Jesús, María le advierte: “Señor, ya huele mal…”

El hedor del mal pasado contrasta con el aroma del perdón presente que es capaz de inundarlo todo. “Gustad y ved qué bueno es el Señor. Dichosos los que acuden a Él” (Sal 33)

Que Dios les bendiga

Su hermano, José Jesús Mora

 

SEMANA SANTA. DOMINGO DE RAMOS

VITAMINAS PARA EL CORAZÓN,

SEMANA SANTA. DOMINGO DE RAMOS

Iniciamos la Semana Santa con la tradicional procesión de Ramos. Es inevitable hacer alusión a este signo  que para algunos es mera tradición, para otros superstición, para otro tanto fanatismo, pero para un buen grupo de fieles, gracias a Dios, es un compromiso.

Tradicionalmente, después de  participar con devoción en la Liturgia de este día, volvemos a casa y colocamos  nuestros Ramos en forma de cruz detrás de la puerta. No es una garantía para alejar  a los ladrones y otros males de nuesra casa (sería más efectivo una alarma). Colocados en lugar visible, los Ramos deben recordarnos cada vez que entremos a nuestro hogar, que a Jesucristo, a quien hemos alabado en este día, no podemos después traicionarle olvidándole en el rincón de nuestra indiferencia. Cada día se presentará la oportunidad de confirmar que le aclamamos como Rey de nuestra vida y de nuestra familia.

Lamentablemente, lo que sucedió aquélla semana en que Jesús sufrió su Pasión, no es cosa del pasado, la historia se repite: las mismas voces que recibían a Jesús con el ¡Hosanna, Bendito el que viene en el nombre del Señor!, tan solo 5 días después vociferaban en su contra: ¡Crucifícalo! Y los ramos, que habían sido elementos de la bienvenida, se transformaron en palos y lanzas amenazantes para apresarlo el viernes de esa semana. ¡Cuánto nos cuesta la fidelidad, la lealtad a Dios y la perseverancia en la fe!

La narración de esos acontecimientos se convierten en profecía anticipada de lo que sucederá siempre en el mundo y  en el corazón de cada uno: resume la forma en que tratamos a Cristo.

Si la Pasión de Nuestro Señor se lee completa en este Domingo, no es simplemente para hacer memoria de esos acontecimientos. Es para que elijamos nuestro papel en este drama, es para identificarnos honestamente con el personaje que mejor nos va, pues nadie es espectador pasivo. 

Pero es también para invitarnos a una conversión importante y necesaria ,rompiendo de una vez por todas ese guión y haciendo uno nuevo: no lavarnos las manos como Pilato, sino más bien asumiendo responsabilidad. Haciendo lo que Pedro no hizo: afirmar su amistad con Jesús, en vez de negarla. Guardando la espada de la ira, en lugar de darle rienda suelta. Llevando la cruz como Cireneo, pero de buena gana, sin que nadie nos obligue. Que los sacerdotes en vez de acusar en el Sanedrín, reconozcan sus propias culpas. Que el gallo cante un poco antes, pues los remordimientos nos llegan demasiado tarde. Que el beso de Judas sea de amistad y no de traición.

La Semana Santa no puede ser más de lo mismo. No puede ser, como decía un borracho al asistir a todos los actos religiosos, “lo mismito del año pasado…”

Algo tiene que cambiar y mejorar en nuestra vida durante estas celebraciones, durante estos días, durante estas reflexiones.

Que Dios les bendiga

Su hermano, José Jesús Mora

Inteligencia Emocional

INTELIGENCIA EMOCIONAL

Una nueva forma de ser inteligente

Por José Jesús Mora*

Hablar de Inteligencia Emocional no es una moda. Comprender la importancia de las emociones en nuestra vida, aprender a dominar algunas de estas emociones y re-orientar otras, puede incidir notablemente en cada uno de nosotros y también en nuestras Empresas u Organizaciones.

En las últimas 3 décadas se han desarrollado estudios científicos que han revelado por qué el Coeficiente Intelectual no es garantía absoluta del éxito en la vida de las personas. Hay otras variables que influyen de manera decisiva: el repertorio emocional con que respondemos a cada situación y  a cada reto.

Las Emociones siempre han sido importantes

Las Emociones son la reacción psicofisiológica a un estímulo externo o a un pensamiento interno.  En más ocasiones de las que creemos, las emociones han sido determinantes en las decisiones que hemos tomado, hayan sido acertadas o no. Así es y así será siempre.

Sobre todo cuando se trata de enfrentar los momentos más difíciles e importantes, las emociones son decisivas: los peligros o amenazas, las pérdidas dolorosas, la crisis económica, la persistencia a pesar de las dificultades, una discusión de pareja, un conflicto laboral, un desafío profesional, etc.

Lo que sentimos y cómo reaccionamos no se basa únicamente en nuestra educación y experiencia de vida. De forma sorprendente, poseemos un legado emocional fruto de muchos siglos de evolución desde el que valoramos cada encuentro personal o desafío que enfrentamos y que condiciona nuestra respuesta y comportamiento.

Tal vez podemos recordar en este momento cuando nuestra cordura, paciencia y tranquilidad, han sido sustituidas por acciones agresivas, desproporcionadas y conflictivas. Las pasiones, en no pocas veces, aplastan a la razón: un estallido emocional puede arruinar una oportunidad de negocio, una relación laboral, la convivencia familiar, mi asertividad, mis relaciones humanas.

Los niños de ahora tienen innumerables ventajas, más que las que teníamos hace varias décadas atrás y que, entre otras cosas, ha elevado su coeficiente intelectual: una mejor alimentación, acceso a la información, tecnología, juegos y técnicas de estimulación temprana, computadoras personales, juegos interactivos, etc.

Sin embargo, estudios han demostrado que estamos descuidando su educación emocional. Las generaciones actuales tienen más problemas emocionales que la anterior. En promedio general, los niños se han vuelto más solitarios, depresivos, agresivos y rebeldes, más nerviosos, estresados e impulsivos.

En consecuencia, muchos jóvenes están involucrados en crímenes, drogas, violencia, embarazos no deseados, deserción escolar o universitaria, trastornos del sueño, depresión, etc.

Y buena parte de estos jóvenes, son los que llegan a formar parte del mercado laboral. Eso explica que a pesar de muchos esfuerzos, en no pocas ocasiones percibimos que el personal no está debidamente motivado en su trabajo y no les interesa mejorar su desempeño.

Algunos no tienen interés en trabajar en Equipo y se muestran demasiados susceptibles ante un llamado de atención colocándose a la defensiva o, en el peor de los casos, mostrándose agresivos ante una crítica a su desempeño, porque lo toman como si fuese un ataque personal.

Y este problema lo podemos encontrar no solo en los nuevos empleados. Lo dicho hasta aquí vale también para empleados y ejecutivos que ya tienen varios años en la Empresa.

Las Organizaciones Inteligentes

Hoy en día no podemos separar el desempeño de las personas del de las Organizaciones. Debemos entender que la Empresa no compite solo con los buenos productos o servicios que ofrece.

“Una Organización Inteligente es aquella en que los individuos son capaces de expandir su capacidad y de crear los resultados que realmente desean” Peter Senge, autor de “La Quinta Disciplina”

Está demostrado de manera irrefutable, que las Organizaciones más eficientes y productivas son aquellas que maximizan la inteligencia de grupo, alentando y desarrollando las habilidades o aptitudes emocionales en todos sus miembros.

¿De qué habilidades estamos hablando?

– Habilidad para la comunicación y persuasión.

– Adaptabilidad y respuestas creativas ante los obstáculos.

– Liderazgo en equipo.

– Iniciativa.

– Dominio personal, confianza en uno mismo y automotivación.

– Efectividad en la Organización.

– Habilidad para negociar acuerdos.

– Lealtad y sentido de pertenencia.

– Orientación al servicio.

– Optimismo.

– Integridad y Responsabilidad.

– Equilibrio Emocional y Prudencia.

– Tenacidad y Perseverancia.

Debemos pensar no solamente en todos los beneficios que acarrea el desarrollo de estas habilidades “blandas” que se ponen en práctica en situaciones “duras”, sino en los costos y demás desventajas que trae para cualquier Empresa la ineptitud emocional.

En mi propia experiencia laboral he sido testigo de cómo una Organización disminuye su “velocidad” o capacidad competitiva cuando descuida la comunicación y las relaciones interpersonales, cuando el clima laboral se vuelve hostil, incierto y amenazante, cuando se muestra incapaz de motivar de manera efectiva a su personal y no promueve el verdadero liderazgo y la iniciativa. Podemos llegar a perder el 40% de nuestra energía en conflictos que son predecibles o en el miedo que genera la incertidumbre propia de la inestabilidad laboral.

Pero trabajar para una compañía que mide su éxito no solo por sus ganancias económicas, sino también por las condiciones laborales que estimulan actitudes y aptitudes colectivas positivas, será siempre energizante, motivador, productivo y satisfactorio para todos.

* Comunicador Social, Lic. en Filosofía y Teología, con un Máster en Dirección Comercial y Mercadotecnia.

Director de Desarrollo Estudiantil de la Universidad Tecnológica de Honduras (UTH) y Miembro de Central America Leadership Iniciative (CALI) y Aspen Global Leadership Network

 

JESÚS Y LOS MERCADERES DEL TEMPLO

marchands_du_templeVITAMINAS PARA EL CORAZÓN

LA EXPULSIÓN DE LOS MERCADERES DEL TEMPLO

Cuando se acercaba la Pascua de los judíos, Jesús llegó a Jerusalén y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas con sus mesas. Entonces hizo un látigo de cordeles y los echó del templo, con todo y sus ovejas y bueyes; a los cambistas les volcó las mesas y les tiró al suelo las monedas; y a los que vendían palomas les dijo: “Quiten todo de aquí y no conviertan en un mercado la casa de mi Padre” (Jn 2,13-17).

El episodio del Templo, cuando Jesús echa fuera a los cambistas y mercaderes, expresa cómo quiere Dios que sea su verdadero culto: “en espíritu y verdad”. Jesús quiere que el Templo sea “casa de Dios”, y que no se corrompa con intereses personales, sobre todo de carácter económico.

El provocativo gesto de Jesús enfureció a los encargados del Templo, que tenían montado un buen negocio, porque todos los que venían a rendir culto a Dios tenían que adquirir allí los animales (bueyes, corderos, palomas) y también cambiaban en monedas religiosas el dinero de los fieles que llegaban a realizar ofrendas para el Templo, que luego hacían la transación contraria para quedarse con el dinero.

La imagen de un Jesús violento, látigo en mano y volcando las mesas a empujones o patadas, es tan dura que cuesta aceptarla o asimilarla.

A Jesús le indigna la actitud de aquellos que tratan de aprovecharse de la fe para hacer negocios rentables. También rechaza a aquellos que buscan hacer de la religión un instrumento de dominio o manipulación, de aquellos que la utilizan para presentarse como superiores en lugar de servidores.

La acción inesperada de Jesús dejó a los judíos impresionados e irritados; ¡aquello era intolerable! Por eso le piden una explicación, un signo que les haga comprender el por qué de su actuación violenta.

La respuesta de Jesús, en esta ocasión, es un enigma, un misterio; o más exactamente: una frase de doble sentido que, sólo desde el misterio, es posible comprender.

Jesús no está en contra del culto, pero deja entrever que es más fácil ser “religioso” que discípulo; más aún: con frecuencia se utiliza la excusa de ser religioso para no molestarse en ser creyente comprometido. Igual que afirmamos que no hay peor sordo que el que no quiere oír, podemos afirmar que no hay peor creyente que el que presume ser de los mejores.

El problema está en que pueden desfilar hombres y mujeres por santuarios, romerías, bendiciones y sus correspondientes mercados religiosos, e ignorar a Jesucristo, único Santuario en que los hombres pueden encontrar y adorar a Dios.

Ser creyente no es un privilegio para sentirnos superiores, sino un don para ser más serviciales; pero al ser humano le gusta encontrar distintivos que le diferencien o distingan de los demás, aún en el terreno religioso.

Lo peor que puede sucedernos al escuchar de nuevo este relato, de todos conocidos, es situarnos como espectadores que “no tienen nada que ver” con esos comerciantes del templo.

Instintivamente nos situamos a un lado, sobre una grada, aparte. Vemos a Jesús con asombro y aprobación dejando la plaza limpia. Más de alguno a lo mejor piensa en los aranceles fijados por bautismos y bodas, o en las medallitas que se venden cerca del Santuario de Suyapa o en los grandes negocios de las Iglesias Electrónicas que pasan pidiendo dinero en Maratones televisivos bajo pactos de “prosperidad”.

Con una actitud de este tipo no captamos el significado del episodio. Nadie puede creerse no necesitado de aquella limpieza que hizo Jesús. El gesto de Jesús se comprende sólo si nos colocamos entre los destinatarios de su indignación, pero también de su misericordia.

El templo que no es “casa de oración” se convierte inevitablemente en “mercado” y “cueva de ladrones”. Si no se celebra la misa o el culto con fe y gratuidad, con amor y disposición, no hemos diferenciado el templo del mercado.

No acudimos al templo para obtener una especie de impunidad, para dar la impresión que somos buenos o para calmar el reproche de la conciencia. Hay que convertirse. Con Dios no se comercia, como se hace con los vendedores que Jesús expulsó. No se enderezan las cosas torcidas con cualquier limosna, diezmo o rezos. Las cosas torcidas sólo se enderezan mejorándolas.

No se puede visitar el templo y después continuar robando, explotando, y haciendo daño a otros. Dios no acepta las genuflexiones de quien pisotea la justicia.

No acudimos a la Iglesia para huir de las exigencias familiares y de los compromisos sociales, sino precisamente para tomar conciencia de las propias responsabilidades.

En este sentido la purificación del templo consiste en desenmascarar la hipocresía de las personas religiosas que creen “poner en regla” sus acciones poco limpias con el Señor, obteniendo un certificado de buena conciencia por el pago de alguna “práctica de piedad”, sea oración u ofrenda.

No podemos pretender tener a Dios como nuestro “cómplice” dispuesto a cerrar sus ojos frente a nuestras maldades, sino que debemos buscarlo como guía para encontrar el buen camino y como Salvador que nos ofrece su perdón y la oportunidad de un cambio total de vida.

Que Dios les bendiga

Su hermano, José Jesús Mora

LA TRANSFIGURACIÓN

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VITAMINAS PARA EL CORAZON, Segundo Domingo de Cuaresma

LA TRANSFIGURACIÓN


En aquel tiempo Jesús se llevó a Pedro, a Juan y a Santiago a lo alto de una montaña, para orar. Y mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos” (Lc 9,28-29)


El relato del Evangelio para el segundo domingo de cuaresma, en cualquiera de los tres ciclos, corresponde a la Transfiguración de Nuestro Señor.


Si el Primer Domingo de Cuaresma vemos a Jesús en la situación extrema de su condición humana, sometido a la tentación, en este domingo vemos a Jesús en el esplendor de su condición divina. Estos son dos aspectos de un solo acontecimiento: la Pascua.


En nuestra vida experimentamos también situaciones de tribulación y otras de realización y gozo. Pero no pensemos, en el caso de Jesús y el nuestro, que son casualidades. Unas tienen que ver con otras. Es más, se llega a la luz a través de la cruz (“Per crucem ad lucem”): la resurrección de Jesús es el fruto de su vida entregada y de su muerte en la cruz.


La vida exige esfuerzo. Tenga usted la edad que tenga, si esperaba que la vida fuera más fácil, mejor olvídese de eso. Todos experimentamos, hasta cierto punto, preocupaciones, dolor y enfermedad. Carl Jung decía que “el ser humano necesita dificultades; son necesarias para la salud”.


Nuestro Señor sabe que para seguir este camino necesitamos pausas para tomar aliento y de situaciones que renueven nuestras motivaciones y esperanzas.


En el relato, Jesús elige tres testigos privilegiados para darles un adelanto de su gloria: Pedro, Santiago y Juan, que serán los mismos a quienes les pedirá que le acompañen a orar en el momento de su agonía en el huerto de Getsemaní.


Hay que recordar que Jesús les ha anunciado su muerte y esto les tiene confundidos y desanimados. Al final de cada anuncio les habla de su resurrección, a lo que prestan poca atención por el escándalo de sus pre-anuncios de padecimientos y muerte.


Al subir al monte, ocurre una metamorfosis que los dejará helados. No fue un gran esfuerzo por parte de Jesús, ni un montaje al estilo de un concierto de rock. Más bien, el gran esfuerzo que Jesús hacía era el de “reprimir” su condición divina para no “imponerse” o deslumbrar a sus oyentes con el riesgo de no dejar paso a la fe libre y auténtica.


Pero en ese momento extraordinario de su Transfiguración, Jesús no está solo; hay dos personajes que están a su lado y dialogan con Él: Moisés y Elías; uno representa la ley y el otro, a los profetas; en conjunto, el Antiguo Testamento.


“Dijo Pedro a Jesús:

-Maestro, qué hermoso es estar aquí. Haremos tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.

No sabía lo que decía” (Lc 9, 32)


Pedro, de profesión pescador, parece animado por otro oficio: el de constructor. Ofrece un proyecto que parece hospitalario: construir tres “chozas” para el Señor y las visitas deslumbrantes. Quiere capturar, retener y prolongar ese momento de gloria que resulta más satisfactorio y gratificante que la cruda realidad que les espera al bajar del monte. Quiere detener el reloj al sentir que se alcanzó la meta sin hacer el esfuerzo por recorrer todo el camino.


Aunque loable la intención de Pedro y la de todos los que quieren construirle más que una choza a Dios, Él se empeña por bajar a nuestra tierra y “filtrarse” entre nosotros. No parece haberle incomodado en su nacimiento el no haber encontrado sitio en una posada.


Dios no tiene necesidad de “metros cuadrados”, sino de los centímetros de nuestro corazón.

Dios no se presta al juego del ser humano de quererlo atrapar y limitar en las cuatro paredes de una Iglesia o un templo. De nada serviría tratar de encontrarlo allí, si tratamos de alejarlo de nuestro domicilio.


Tenemos la tentación de tratar de vivir nuestra fe en la “comodidad” del templo o de nuestro grupo de oración o el movimiento eclesial al que pertenecemos, dentro del cual podemos decir como Pedro “¡Qué bien se está aquí!”.


Pero esos momentos no son para refugiarnos huyendo de nuestras pruebas y de los retos de la vida. Son momentos para renovar nuestra esperanza, son momentos para “cargar baterías” para luego bajar del Tabor al “campo cotidiano de batalla”.


Tal vez te preguntarás, “¿qué tiene que ver la Transfiguración del Señor con mi vida?”


En primer lugar nos recuerda quién es Cristo. Y lo hace en un momento en que algunos cineastas, “científicos” y escritores, quieren tergiversar su vida y su obra, su mensaje y su alcance. Es el Hijo de Dios, es verdadero Dios y verdadero hombre. Anclado en las dos orillas,  la divina y la humana, nos sirve de “puente” para que vayamos al Padre.


Pero además, Jesús quiere darnos la seguridad de que todos los instantes de nuestra vida son transfigurables: todos pueden conducirnos de la lucha a la victoria, del egoísmo al amor, de la muerte a la vida. Es la fuerza transformadora de la fe.


Lucas tiene el sumo cuidado de contarnos que la Transfiguración de Jesús ocurrió “mientras oraba”.


He aquí la respuesta para quienes se preguntan de qué “sirve” la oración…


Que el Señor les bendiga

Su hermano, José Jesús Mora

A propósito de Tentaciones…

gato52VITAMINAS PARA EL CORAZÓN

DEL PRIMER DOMINGO DE LA CUARESMA

No quise privarme de hacer una reflexión sobre este tema de las Tentaciones porque es y será una realidad que nos acompañe a lo largo de nuestra vida hasta el último día.

Las tentaciones del Señor son hermanas gemelas de las nuestras sin necesidad de apariciones diabólicas. La tentación cruzó la vida de Jesús como cruza también la nuestra: sintió el halago y el miedo, la angustia y la impaciencia, la violencia y la desesperación, la tentación de mirar atrás y no seguir. La tentación acompañó a Jesús hasta la hora trágica de su muerte.

Es tan astuto Satanás, que muchas veces no ofrece directamente el mal, sino la aparente satisfacción o felicidad.

Primera Tentación: “Haz que estas piedras se conviertan en pan”

¿Quién no desea las cosas más fáciles? Todos queremos obtener resultados inmediatos con el menor esfuerzo o sacrificio posible.

El problema es que buscando atajos, vamos haciendo trampa, mintiendo, engañando, aprovechándonos de otros. La fidelidad, la perseverancia, la integridad, cuestan. A veces estas exigencias son tan duras como la piedra. Quisiéramos ablandarlas como el pan. Tal vez envidiamos la “suerte” de otros, a quienes parece que las cosas se les dan fácilmente.

Y esa es la tentación: no hacer las cosas como Dios manda porque nos cuesta. El diablo es tan astuto que nos presenta alternativas fáciles, pero egoístas. Caminos cortos, pero incorrectos.

Segunda Tentación: “Arrójate de la cumbre del Templo…pues los ángeles de Dios te sostendrán”

Debemos guardar el justo equilibrio entre la audacia y la prudencia. Hay que revisar nuestras posibilidades, opciones y alternativas en la presencia de Dios, y preguntarnos si son conformes con su voluntad.

Es cierto que el mayor riesgo es no hacer nada. Pero hay riesgos que asumimos sin pensar en las consecuencias, atraídos únicamente por una ambición desmedida, por un interés afectivo desordenado, por la codicia obsesiva.

El exceso de audacia es insensatez y el exceso de prudencia es cobardía. Para eso Dios nos ha dado la conciencia, que nos permite discernir qué es lo correcto. Pues aunque nos arrojemos confiando en Dios en una empresa que nos aparta de Él y perjudica a otros, aunque nos tiremos desde la punta del Templo, no habrá ángeles, ni colchón, ni paracaídas. Y lo malo de los remordimientos, es que llegan demasiado tarde.

Tercera Tentación: “Arrodíllate…y te lo daré todo”

Esta es la tentación del poder. No se sabe qué admirar más: si la astucia o el descaro con que Satanás pide ser adorado o si la tranquilidad con la que alardea de que el poder de este mundo es suyo y puede dárselo a quien quiera.

Muchos de los que han llegado al poder han entregado –de buen gusto –su integridad, su familia, sus valores, su conciencia, su reputación, su sensibilidad, su alma, su futuro y, hasta su vida eterna. El poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente.

Por eso toda autoridad debe ejercerse con respeto y cuidado, preocupado por el bien de los demás.

Como seres humanos, siempre estaremos tentados. Pero el Señor nos ha dicho cómo prepararnos para esas situaciones inoportunas, peligrosas e imprevistas: “Oren y velen para no caer en tentación” (Mt 26,41)

Y si hemos caído en el engaño del Tentador, Dios estará dispuesto al perdón, pero la condición es un sincero arrepentimiento que nos lleve a reparar los daños causados poniendo todo de nuestra parte para no reincidir. Pues mientras no asomen el arrepentimiento sincero y la disposición de evitar la tentación, viviremos jugando a «encenderle una candela a Dios y otra al diablo».

Que Dios les bendiga,

Su hermano, José Jesús Mora