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Acerca de Jesús Jesús Mora

Soy una persona que tiene 32 años trabajando a nivel de Universidades. Me gusta la educación, la formación, el trabajo con personas. Estudié Filosofía, Teología y Comunicación Social a nivel de Licenciatura. Obtuve mi Maestría en Dirección Comercial y Marketing y posteriormente en Inteligencia Aplicada a la Empresa y a la Educación. Y por último, un Doctorado en Administración Gerencial. Soy el Vicerrector Académico de la Universidad Tecnológica de Honduras y me complace compartir conocimientos y experiencias formativas.

QUE ESE DÍA NO NOS SORPRENDA COMO UN LADRÓN

VITAMINAS PARA EL CORAZÓN

CONMEMORACIÓN DE TODOS LOS FIELES DIFUNTOS

Es innegable que todos, un día, daremos este terrible paso: la muerte. Eso no significa que lo aceptemos de buen agrado. Por lo tanto, simplemente preferimos no pensar en ello.

Pero todas las noches, según algunos estudios, mueren cerca de 200,000 personas. Por lo tanto, el resto somos sobrevivientes, pero esperando nuestro turno.

Todos nos rebelamos –aunque sea secretamente –contra el hecho de la muerte. Decir que no nos importa morir es arrogancia, tendencia suicida o un gran miedo mal disimulado.

Pero tal vez no hemos pensado que si fuésemos físicamente inmortales, tendríamos que ser infecundos. Pues la armonía, el equilibrio y la habitabilidad del mundo se basa en la tan temida muerte. Algunos dicen que la muerte es a la humanidad tan imprescindible como el aire.

Pero aún aceptando los hechos inevitables, esto resultará insuficiente para vencer el temor o miedo a la muerte. Los primeros cristianos, acostumbrados a la amenaza habitual del martirio, habían inventado un lenguaje al revés: vivir significaba morir. Habían llamado a la muerte “dies natallis”, es decir, “el día del nacimiento”.

“No es la muerte lo que debes temer –decía San Agustín –sino el olvido de que eres inmortal”. Y San Juan Crisóstomo decía “Si no fuera por respeto al Señor, que la envía, le pediría cuentas a la muerte por su tardanza en llegar”.

Creo que los primeros escritores cristianos exageraban cuando pedían a los fieles que alimentaran deseos de morir o alegría frente a la muerte. La frase de San Pablo “para mí la muerte es una ganancia” (Flp 1,21), parece que a quien le viene bien es a las Funerarias.

El mismo Jesús, en el huerto de Getsemaní, oraba temblando al Padre que le librara de ese cáliz amargo.

Y, sin embargo, aunque el miedo es natural, la misma naturaleza se esfuerza en convencernos de este gran misterio: la semilla que cae en el surco, muere para vivir. La oruga que es arrastrada por su instinto a encerrarse en el capullo, se transformará y ya no se arrastrará, sino que volará bajo la forma de Mariposa.

Frente a la muerte lo único que sabemos es que no sabemos lo que más nos interesa: el día, la hora y la forma en que vendrá. Tal vez sea ese sello de imprevisible la característica más incómoda. Cualquier intento de conocer el futuro es esfuerzo fallido, es perder tiempo valioso.

Lo más importante que Jesús nos dijo, justo frente a esta incertidumbre, es que debíamos estar preparados para ese día, en que nos colocará delante de Él para hacernos las preguntas del Cap. 25 de Mateo: Tuve hambre, ¿me diste de comer?; tuve sed, ¿me diste de beber?; fui forastero, ¿me hospedaste?; estuve enfermo o en la cárcel, ¿me fuiste a ver?

Decía un amigo que a los Católicos Dios no nos preguntará cuántas veces comulgamos, sino cómo cada comunión nos ayudó a identificarlo en los más pobres y responder efectivamente a sus necesidades.

O sea que lo que nos debe preocupar no es tanto que el plato de las culpas en la balanza esté lleno, sino que si el de las buenas obras esté vacío.

No digo que la salvación se alcanza con obras, sino que ellas dan fe sobre quién es Dios para cada uno. El precio de la salvación ha sido “pagado” a un precio muy alto por su Hijo en el altar de la Cruz.

El tiempo nos debería ir dando sabiduría “Enséñanos, Señor, a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato” (Sal 89(90), 12)

San Pablo constata esta gran oportunidad: “Aunque nuestro hombre exterior se deteriora, nuestro hombre interior se renueva de día en día” (2Co 4,16)

Como si nos dijese que el progreso del alma es efecto del deterioro del cuerpo, su consecuencia lógica. Nada nos acerca tanto a Dios como las pruebas en nuestra vida.

Aunque el dolor es una semilla que da frutos distintos dependiendo de la tierra donde se siembra. A algunas personas, en vez de conducirlas a la esperanza, la confianza y la humildad, las lleva a la dureza y al abatimiento.

Por eso es tan “saludable” pensar, en un día como éste, no sólo en nuestros seres queridos que ya se han ido, sino también en ese momento inevitable de nuestra propia partida. Eso nos ayudará a vivir alerta. Puede que sea más tarde de lo que creemos o más temprano de lo que esperamos, pero lo más importante será estar preparado para el encuentro con nuestro Dios.

Noé se preparaba haciendo una obra que para sus contemporáneos era absurda: un arca de dimensiones gigantescas mientras reunía al mismo tiempo parejas de animales. Sus críticos vivían de forma muy displicente…hasta que llegó el diluvio.

Vivir preparados es vivir atentos. Las mejores lágrimas no son las que derramamos sobre la tumba de nuestros seres queridos, sino las que les ahorramos en su vida.

Y de nada serviría rodear de flores su tumba, si antes no hemos rodeado su existencia de afecto, de amor, de comprensión, de alegrías.

Nunca entenderemos fácilmente la muerte y, en consecuencia, nos costará aceptarla. Todos queremos, como Santo Tomás, ver la señal de los clavos.

Pero es aquí donde debemos recordar que la fe es la total confianza en la promesa de Dios: la muerte no es el final del camino, aunque morimos no somos carne de un ciego destino.

A Jesucristo, las Escrituras le llaman “El Primogénito de entre los muertos”, es decir, el primero, el que ha inaugurado el seno de Dios en el que nacerán después todos sus hijos a la eternidad.

Termino dando el consejo que usualmente daba en la celebración de exequias: es saludable hacer el ejercicio de redactar nuestro propio epitafio, no en términos simplistas o mediocres, sino en términos ambiciosos: ¿Cómo nos gustaría que nos recordasen?

Dicen que en una tumba se leía un epitafio que el muerto jamás pensó se lo colocarían: “Aquí yace…fulano de tal…el mal lo hizo muy bien y el bien lo hizo muy mal”.

Estoy seguro de que a todos nos gustaría que nos colocaran como epitafio las palabras de Pedro para Jesús: “Pasó su vida haciendo el bien” (Hch 10,38). Pero esas palabras hay que merecerlas y cada día hay oportunidades para hacer estos méritos.

Que Dios les bendiga

Su hermano, José Jesús Mora

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Y para ti, ¿quién es Jesús?

VITAMINAS PARA EL CORAZÓN

Domingo 21 de agosto de 2011

 

“¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?” (Mt 16,13)

 

Jesús hace esta pregunta inicial a sus discípulos ese día para hacerlos entrar en confianza; pero la pregunta más importante vendrá a continuación “Y para ustedes, ¿quién soy Yo?”.

 

Ante el Señor no podemos simplemente repetir lo que otros dicen, no podemos responderle con ideas prestadas. Lo realmente decisivo en la vida de todos son las respuestas personales que le demos al Señor.

 

Podemos recitar el Credo de memoria, pero Dios no evalúa nuestra capacidad retentiva, sino las acciones de nuestra vida.

 

Muchas opiniones o ideas sobre la persona de Jesús que han dado algunos pensadores a lo largo de la historia han sido erradas o parciales.

 

Desde los primeros siglos, para evitar las herejías, la Iglesia trató de ofrecer seguridad en definiciones breves, exactas y precisas: “Jesús es verdadero Dios y verdadero hombre”, “Jesús es el salvador del género humano”, “Jesús es el Hijo de Dios”.

 

Nos lo enseñaron así, lo repetimos y estamos en lo cierto. Sin embargo, podemos repetir estas frases como loras o grabadoras, sin ninguna emoción, sin implicaciones y consecuencias prácticas para nuestra vida.

 

Y Jesucristo no se puede contentar con una definición teórica o académica. Aunque sea teológicamente cierto, también puede ser evasivamente fría.

 

“Y ustedes, ¿quién dicen que soy Yo?” (Mt 16,15)

 

Y cuando Jesús nos hace esta pregunta directa, no espera una respuesta de palabras. Las palabras humanas aguantan con todo lo que queramos ponerle encima.

 

El Señor sabe que lo que define a una persona no es tanto lo que dice, sino lo que hace.

 

Cada una de nuestras acciones le demuestra a Dios y a los que nos rodean, quién es Jesús para nosotros.

 

No te conformes con decirle a los tuyos que los quieres. Además, demuéstraselos. Decía Aristóteles que Las acciones inspiran más confianza que los discursos”.

 

Y para ti, ¿quién es Jesucristo? Pues tendrás el resto del día y los demás días de tu vida para responder a Dios, a tu familia, a tus compañeros de trabajo y amigos, a través de la forma en que te comportes y el trato que les ofrezcas.

 

Que Dios les bendiga,

Su hermano, José Jesús Mora

 

Las Parábolas

“Los discípulos le preguntaron: -¿Por qué les hablas en parábolas?

Jesús les respondió: – porque viendo no ven, y oyendo no oyen ni entienden. Al que tiene, se le dará más y nadará en la abundancia; pero al que tiene poco, aun eso poco se le quitará” (Mt 13,11-13)

Resulta sorprendente la respuesta de Jesús a la inquietud de sus discípulos. Siempre hemos creído que la parábola fue uno de los mejores recursos pedagógicos que Jesús utilizó para que entendiéramos su mensaje. Sin embargo, su respuesta da la impresión de todo lo contrario. Parece  más bien que deseaba que no le entendiéramos.

Es importante señalar que la parábola no era una fábula o un relato simpático a manera de intermedio entre discursos doctrinales pesados. No era un momento de relax o de chistes durante el día. Era una lección severa y seria, con frecuencia una señal de alarma o un llamado a la responsabilidad.

La Parábola no da las verdades ya «masticadas». Obliga a pensar, buscar, profundizar, explorar. Porque su verdadero significado no se encuentra en la superficie de las imágenes usadas, sino detrás o debajo de ellas. Lejos de entretener y divertir, las parábolas de Jesús sacuden y golpean.

Por eso me parece importante reflexionar sobre esta respuesta de Jesús, pues tenemos la tendencia de trivializar (como mecanismo de defensa) lo que no entendemos o lo que no queremos entender.

Lo primero que debemos aceptar con humildad es que debemos pedir sabiduría a Dios para entender. Aunque se posea un gran sentido común o una preparación teológica, eso no garantiza que siempre alcanzaremos a descubrir el sentido de cada parábola.

La condición para entender a alguien es escucharlo y valorarlo. Por eso muchas parejas no se entienden, porque han perdido un poco de paciencia y tolerancia, la que solo puede derivar del amor que se tiene por el otro. La distancia impide la comunicación, por eso es que las parejas muchas veces se gritan, como si físicamente estuvieran lejos, aunque lo que sucede realmente es que se está afectivamente distante.

Las parábolas no trazan una línea de demarcación entre personas superdotadas intelectualmente e idiotas, sino entre los autosuficientes y los humildes, siempre abiertos al aprendizaje.

El Reino de Dios no tiene pasadizos secretos al estilo del “Código Da Vinci”. Tiene una sola puerta: la fe. “Cree para que entiendas”, decía San Agustín.

El que va a Dios, va de comienzo en comienzo. Pero no puedo ir a Él con ideas pre-fabricadas. Ni limitándome a decir lo que otros han dicho de Él. Es necesario “volver a nacer” (Jn 3,3).

Y es que, como si fuéramos Ulises, uno de los personajes de la Odisea, hemos tapado nuestros oídos con “cera”, para no sucumbir ante el embrujo del canto de tantas sirenas: publicidad, discursos, predicaciones, adulaciones, etc.

Tal vez algunos miembros de la Iglesia piensen que podrán “seducir” a muchos alejados imponiendo de nuevo el latín en la Iglesia. Pero la Iglesia no sólo necesita hablar el lenguaje de todos, sino el lenguaje más convincente: la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace.

“Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los pequeños y sencillos. Sí, Padre, así te ha parecido mejor…” (Lc 10,21)

Así que, al acercarnos a la lectura y escucha de las parábolas, debemos hacer como hizo Moisés cuando se acercó a la zarza ardiente: se quitó los calzados, es decir, se mostró humilde para ser iluminado.

Que Dios les bendiga,

Su hermano, José Jesús Mora

HASTA NO VER…

VITAMINAS PARA EL SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA

Se dice que el miedo es mal consejero, pues atenaza y perturba. El miedo proviene de la inseguridad y provoca angustia. El miedo distorsiona y deforma la realidad y no nos permite ver (o imaginar) más que lo que nos amenaza.

Después de la muerte de Cristo, los apóstoles tenían miedo. Por eso trancan las puertas, cierran con llave al atardecer. Han cerrado las puertas a fin de que no entre ningún extraño y menos cualquier enemigo. Es aún la noche oscura de cuantos confiaban en Jesús. Se sienten atemorizados y tratan de protegerse aislándose, encerrándose, como tendencia natural en todo ser humano.

El continuo llamado de Juan Pablo II, beatificado este Domingo 1 de Mayo, era: “Abran de par en par las puertas a Cristo. No tengan miedo”. La Iglesia no puede ser un invernadero ni un estacionamiento, sino la comunidad que ha recibido la misión de llevar a Cristo hasta el último rincón.

A pesar del hermetismo, Jesús Resucitado tiene la capacidad de penetrar a través de las puertas cerradas. El Resucitado puede entrar en un mundo cerrado para convertirlo, con su presencia, en un mundo abierto. El egoísmo aísla y separa, pero la presencia del Señor sana, restablece las relaciones, une de nuevo lo que el mal había roto y dañado.

“Paz a ustedes”: El encuentro con el resucitado ha sido una “experiencia de perdón”. Los discípulos han experimentado al Resucitado como alguien que les ofrece perdón, paz y salvación.

De parte de Jesús no hay ingún reproche por la cobarde traición y abandono. Ningún gesto de exigencia para reparar la injuria.

Las apariciones significan una verdadera “amnistía” en el sentido etimológico de esta palabra: olvido total de la ofensa recibida.

Y es precisamente este perdón pacificador y esta oferta de salvación los que ponen una alegría y una esperanza nuevas en la vida de los discípulos, cambiando su ánimo y su visión sobre su vida y su misión.

Vivimos en una sociedad que no es capaz de valorar debidamente el perdón. Se nos ha querido convencer de que el perdón es “la virtud de los débiles” que se resignan y se doblegan ante las injusticias porque no tienen valor para luchar y arriesgarse.

Los conflictos humanos no tienen nunca una verdadera solución si no se introduce la dimensión del perdón. No es posible dar pasos firmes hacia la paz, desde la violencia, el endurecimiento y la mutua agresión, si no somos capaces de introducir el perdón en la dinámica de nuestras luchas.

La justicia que camina del lado del perdón, debe ser restaurativa, no vindicativa. No debe ser una forma de venganza disfrazada de justicia, sino la ocasión de darle una nueva oportunidad a quien ha aceptado sus errores y está dispuesto a reparar el daño provocado.

Después de saludar a sus apóstoles y darles su paz, Jesús sopla sobre ellos: “Reciban el Espíritu Santo”, les dice. Es un gesto que recuerda lo que hizo al inicio el Creador, cuando infunde el espíritu vital en el rostro de Adán. Y es que ahora, el día de Pascua, estamos al principio de una nueva humanidad, ante una nueva creación. Nace la Iglesia: comunidad de hermanos y de testigos valientes.

Pero el Apóstol Tomás no estaba con ellos y no se atreve a creer la buena noticia que le dan sus compañeros. El miedo no está sólo en la calle, detrás de las ventanas. El miedo y el recelo mutuo está también dentro de nuestra casa, en las distintas tendencias, posturas y criterios cerrados, en las condiciones que pone Tomás para creer.

Tomás busca experimentos con Dios y no experiencias de Dios: “hasta que no meta mis dedos en los agujeros que hicieron los clavos en sus manos y no meta mi mano en la herida de su costado, no creeré”. Se equivoca. Dios no es experimento sino una experiencia de fe y de vida.

Tomás es un cobarde. Quiere creer, pero no se atreve a hacerlo con una fe desnuda, desprotegida, desinstalada, capaz de soportar dudas. Nadie debe pedir a la fe una fácil seguridad.

Tomás no es el único. Los evangelios nos señalan a Tomás como “el mellizo”, porque nuestras dudas son hermanas gemelas de las de este apóstol.

La salvación de Tomás, sin embargo, será posible porque persevera y quiere permanecer con sus compañeros, a pesar que no cree lo que le han dicho. Sólo podrá ver a Jesús cuando acepta humildemente estar con los demás, aunque no los entienda a fondo.

Pero el hecho de que Tomás tuviera dudas puede resultar estimulante para nosotros. No creyó a lo que decían sus hermanos de comunidad: a todos nos viene la tentación de pedir a Dios pruebas de su existencia, de su bondad, de su cercanía. Algunos tal vez se extralimitan y tienen un excesivo afán de ver milagros y apariciones en los cuales basar su fe. Queremos VER para poder CREER.

“¿Porque me has visto has creído?” Jesús le reprocha a Tomás el no haberse fiado de la comunidad y exigir una experiencia individual, separado de ella.

Jesús aprovechará esta situación para darnos la última bienaventuranza que completa el Sermón de la Montaña: “Dichosos los que crean sin haber visto”.

Tomás alcanzó la dicha, no cuando exigió pruebas, sino cuando nos enseñó a decir “¡Señor mío, y Dios mío!”. Cuántas veces hemos repetido esta frase de fe al contemplar el Cuerpo y la Sangre de Cristo en la Eucaristía.

Esta novena bienaventuranza, la de creer, no puede venir por los sentidos ni por las razones de la inteligencia, sino por las razones del corazón. Hay gente que puede ver y seguirse negando a creer. Se puede palpar y, sin embargo, permanecer obstinado en la indiferencia. La fe empieza cuando Dios enciende una chispa de confianza en nuestro corazón.

Para nosotros era esa bienaventuranza: Nosotros no hemos visto a Jesús, pero hemos sentido su presencia. No lo hemos tocado, pero hemos sentido la fuerza de su Espíritu. No hemos podido meter nuestros dedos en sus llagas, pero Él mismo decidió meterse en nuestra alma por medio de su Eucaristía.

Jesús Resucitado muestra sus llagas a sus discípulos y especialmente a Tomás, para que a través de los agujeros de los clavos podamos asomarnos y medir su misericordia. Por esos agujeros se derrama sobre el mundo la misericordia divina hecha gracia sacramental. Sus llagas nos ayudan a creer y a orar. Esas heridas nos recuerdan la Pasión del que tanto nos amó y nos conforta ahora en nuestros sufrimientos.

Tomás pidió tocar, palpar. Hoy son muchos los que no se conforman con palabras. Si nuestra caridad es sincera, podemos invitarles a acercarse a la Iglesia. Lo único que va a convencerles es que ahora nosotros curemos las llagas de Cristo en tanta gente pobre, abandonada y marginada: enfermos, inmigrantes, niños en riesgo social, madres solteras, pobres que no tienen ni qué comer.

Si nuestra comunidad y nuestras familias cristianas llegan a reflejar la vida de las primeras comunidades: unidas, alegres, abiertas, solidarias, ricas en fe y esperanza; no necesitaremos de milagros y apariciones para creer en Jesús. Bastará constatar y experimentar su presencia en la los frutos de amor y unidad que presentemos diariamente.

LUCHARON VIDA Y MUERTE

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VITAMINAS PARA EL CORAZÓN

Domingo de Pascua

Todos tenemos necesidad de la PASCUA: pasar de la muerte a la vida. Con el paso del tiempo, me he dado cuenta que no solo nos atemoriza morir, a veces parece que tenemos miedo de VIVIR.

La Resurrección no es un mito ni una historia “piadosa” inventada por fanáticos o manipuladores. Yo no podría presentar pruebas de ese acontecimiento histórico, pues ni siquiera tuvo testigos. Pero he visto cómo su fuerza ha transformado y sigue transformando la vida de muchas personas. Podríamos entonces afirmar que, aunque no hay testimonios de cómo sucedió en sí la Resurrección, pero sí hay innumerables testimonios del Resucitado.

Por lo tanto, más que buscar pruebas científicas, debemos esforzarnos por encontrar y, a la vez manifestar, signos de la Resurrección, pues nuestro mundo está urgido y necesitado de ellas.

Si de todos los problemas que podemos enfrentar, la muerte es el más grande y trascendental, ¿acaso la Resurrección no es la mejor de las buenas noticias?

Todos tenemos un doble anhelo: vivir felices y vivir para siempre. Pues la buena noticia que hoy proclamamos es que la muerte no tiene dominio sobre nosotros, porque Dios quiere que vivamos para siempre.

Y cada celebración de Pascua debería arraigar en nosotros de forma más convincente esta gran noticia: la muerte no tiene la última palabra. El asesino no tiene la última palabra. Las catástrofes no tienen la última palabra. La injusticia no tiene la última palabra.

Cristo resucitó y nos invita a ser partícipe de esa victoria:

Lucharon Vida y muerte

en singular batalla

y muerto el que es la Vida

triunfante se levanta.

(De la Secuencia de Pascua)

Esto nos obliga a vivir de acuerdo a lo que con fe hemos celebrado.

La Resurrección ya corre por nuestras venas cuando creemos en la bondad, cuando muere el odio y da paso al respeto y la fraternidad. Es un paso permanente de la tristeza al gozo, del pesimismo a la esperanza, del egoísmo a la generosidad.

Resucitó el Señor y vive en la palabra

de aquel que lucha y muere gritando la verdad.

Resucitó el Señor y vive en el empeño

de todos los que empuñan las armas de la paz.

Resucitó el Señor y está en la fortaleza

del triste que se alegra, del pobre que da pan.

Resucitó el Señor y vive en la esperanza

del hombre que camina creyendo en los demás.

Resucitó el Señor y vive en cada paso

del hombre que se acerca sembrando libertad.

Resucitó el Señor y vive en el que muere

surcando los peligros que ahogan a la paz.

Resucitó el Señor y manda a los creyentes

no ceder ante el acoso que sufre la verdad.

Resucitó el Señor y vive en el esfuerzo

del hombre que sin fuerzas quedó por los demás.

Resucitó el Señor y está en la encrucijada

de todos los caminos que llevan a la paz.

Resucitó el Señor y llama ante la puerta

de todos los que olvidan lo urgente que es amar.

Resucitó el Señor, su gloria está en la tierra

en todos los que viven su fe de par en par.

Que Dios les bendiga

Su hermano, José Jesús Mora

LA MUERTE ROBADA

VITAMINAS PARA EL CORAZÓN

VIERNES SANTO

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El Viernes Santo provoca una sensación extraña en la conciencia de todos. Es un día en el que estamos de vacaciones; las tiendas y muchos otros establecimientos comerciales están cerrados, pero hay una sensación de que no es un simple día de descanso, pues experimentamos una cierta soledad, aunque estemos rodeados de personas.

Por lo general, es un día nublado, ya se por la mañana, por la tarde, o la mayor parte del día. En la mayoría de las ocasiones llueve, como si el Cielo también llorara o estuviese triste en este peculiar día.

Por tradición o por religiosidad este es un día muy especial en nuestro calendario. El pensamiento del alma no se resiste ante la atracción del Misterio de Dios.

Mi sugerencia es la misma que daba San Ignacio: «esforzarnos por imaginarnos estar presentes allí», para no reducir el recuerdo de la Pasión del Señor a sentimentalismos estériles, sino provocar un verdadero encuentro con Cristo que tenga una incidencia significativa en nuestra vida.

Hemos hecho de la Cruz un simple símbolo religioso y, en el peor de los casos ,un adorno o alhaja, despojándole del sentido provocativo e impactante que debería tener para cada uno de nosotros.

A Cristo no sólo le despojaron de su vida. Intentaron despojarle también del sentido de su muerte.

Sacerdotes y Fariseos acudieron a Pilatao porque, supuestamente, ellos no tenían potestad para condenar a muerte. El Sanedrín Judío podía condenar a muerte por lapidación, hoguera, degollación y estrangulación, pero no podían crucificar a alguien, pues este tipo de sentencia estaba reservada por los romanos a crímenes políticos de revoltosos, guerrilleros y bandoleros.

¿Por qué se empeñaban los sumos sacerdotes en que Jesús muriera crucificado? La forma de muerte que hubiesen tenido que aplicar a Jesús según sus mismas acusaciones era la lapidación, sentencia destinada a los blasfemos y falsos profetas. Ésta habría sido la muerte del profeta Jeremías, aunque el pueblo reconociese más tarde en él a un profeta.

Aunque la lapidación hubiera sido una muerte terrible, los sacerdotes temían que los apóstoles presentaran la muerte de su Maestro como una muerte profética. Por eso las Autoridades Religiosas querían para Jesús una muerte degradante que manchara su causa, presentándole como un vulgar ladrón y criminal.

A Jesús no sólo se le condenó de forma injusta, sino que también se intentó desprestigiarle, dándole un tipo de sentencia que lo desprestigiara ante el pueblo, haciéndole ver como un delincuente común.

Como ha sucedido en la historia, antes y después de Él, hay personas a las cuales no sólo se les ha despojado de sus derechos, sino también del verdadero significado de su lucha. Y esta injusticia que se ensaña contra las víctimas es lo que provoca su sufrimiento moral, pues para los verdaderos idealistas no es difícil dar la vida por aquello que se ama, pero debe provocar mucho dolor caminar hacia la muerte con una máscara falsa que sus enemigos han pegado en su rostro.

A Cristo, que vino a traernos la paz, se le condena por “violento”. Al que vino a traernos el Reino de Dios, se le condena por meterse con el «reino» de los hombres.

Por eso, en las estaciones del Vía Crucis, repetimos la frase de San Pablo “Fue condenado a muerte…y muerte de cruz por nosotros” (Flp 2,8), como si subrayáramos con asombro que hasta en ese aspecto cometimos la mayor de las injusticias: en elegir para Él la muerte infame de los infames, la sucia muerte de un perverso.

Pero el amor que le llevó a tal entrega fue más fuerte que cualquier intento de falsificación de los motivos de su muerte.

Frente a su cuerpo triturado como grano de trigo, a los pies de su cruz, estaba reunida una especie de resumen de toda la humanidad: enemigos, amigos, curiosos e indiferentes.

Paradójicamente, al padecer en silencio esta injusticia y no ceder al chantaje de dar  las pruebas que exigían sus enemigos y quienes se burlaban, fue la demostración de su condición divina: “Si eres hijo de Dios ¡baja de la cruz! Y te creeremos…” (Mt 27,39-42).

Bajar de la cruz lo hubiera legitimado ante sus detractores, pero hubiera sido la contradicción de todas sus enseñanzas. Pues “la prueba de que Dios nos ama es que siendo nosotros todavía pecadores, murió por todos” (Rm 5,8). Y porque “Tanto ha amado Dios al mundo que ha entregado a su Hijo único, para salvar al mundo” (Jn 3,16). “No hay amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13)

Esta es la «hora» de la que tanto hablaba el Señor. Nunca hubo una muerte más fecunda.

Por eso, acercarse a la cruz es arriesgado y exigente. Invita a la “segunda conversión”. Como le sucedió a san Agustín: primero se convirtió al Dios único y bueno. Y, después, al Dios crucificado. Así lo cuenta en el capítulo siete de sus “Confesiones”. Porque después de descubrir a Dios aún no era cristiano. Sólo cuando Dios se hizo concreto para él en el Crucificado descubrió que “todo el esplendor del mundo redimido brota de la sedienta raíz del Dios paciente”.

Que Dios les bendiga

Su hermano, José Jesús Mora

EL MISTERIO DE JUDAS

VITAMINAS PARA EL CORAZÓN,

LUNES, MARTES Y MIÉRCOLES SANTO

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Los siguientes 3 días posteriores al Domingo de Ramos, las lecturas nos narran los hechos inmediatos que antecedieron la muerte de Nuestro Señor Jesucristo.


Como trasfondo, aparece durante estos 3 días este personaje que, sin ser el protagonista, seguirá siendo una figura misteriosa y enigmática que nos revela un poco de nosotros mismos: Judas.

Sobre él se han escrito muchas cosas, como si fuese un personaje que nos obsesiona. Hay quienes equivocadamente siguen pensando que Jesús lo “utilizó” para el triste papel de la traición. Eso sería atribuirle al Señor una acción mal intencionada y una salida muy elegante de la humanidad para tener a quien echarle la culpa de la muerte de Jesús.

Pero como lo único que sabemos de él es el desenlace trágico, me animo a compartir con ustedes las diferentes hipótesis que explican el por qué de la traición, no con el ánimo de aumentar sus conocimientos religiosos, sino para sacar enseñanzas prácticas:

1.La avaricia: pinta a Judas obsesionado por el dinero (la bolsa y las monedas); el mismo San Juan le llama “ladrón” (Jn 12,6). El contacto con el dinero puede ser peligroso y fatal si no tomamos las debidas precauciones. Aunque la traición de Judas no se puede reducir simplemente a la avaricia, no podemos negar que este vicio empuja a muchas personas a las acciones más deplorables: desde los secuestradores, narcotraficantes, corruptos, hasta pastores que ven a Cristo como un negocio rentable o clérigos que utilizan las ayudas económicas para caprichos caros.

2.Amor convertido en Odio: No podemos negar que Jesús vio en él lo mismo que en los 11 apóstoles restantes, capacidad de amar y entregarse a una causa. Francisco Cabodevillla afirma que existen indicios de que Judas amaba a Jesús de manera posesiva y celosa. Caín llegó a sentir celos de su hermano. Sentía mucha envidia de que la ofrenda de Abel fuera mejor acogida por parte de Dios (Gn 4,5). Y algunos teólogos afirman que Lucifer se rebeló contra Dios ante la sola idea de que el ser humano fuese más amado que él. La regañada que Jesús le da en público alabando el gesto de María Magdalena al derramar un perfume en sus pies, pudo ser el detonante de un resentimiento acumulado. Dicen que en todo gran odio y traición, existe alguna forma de amor decepcionado.

3.La santidad insoportable: si hay algo bastante común en la vida de los santos, es que se han visto rodeados de envidiosos que se sienten desafiados por un estilo de vida distinto. La santidad y la honestidad les resulta molesta e insoportable a los mediocres. Mucho amor necesitaron los apóstoles para poder vivir junto a Dios en persona, y a Judas le hizo falta.

4.La concepción equivocada sobre el Mesías: hay quienes piensan que Judas, al igual que otros galileos, vieron en Jesús el cabecilla idóneo para una revolución ante los romanos: no sólo arrastraba multitudes, tenía el poder de hacer milagros. Pero Jesús utilizaba ese poder para curar y dar de comer, no para aplastar y dominar. Y esto le decepcionó a Judas.

5.La hipótesis del pánico: el miedo es mal consejero, pues desaparece la coherencia. Jesús hablaba de la venida del Reino, pero lo único que Judas veía acercarse era la persecución y la muerte. Llevado por el miedo pudo haber pensado en salvar su pellejo entregando a Jesús como salvoconducto.

La imaginación humana seguirá trabajando y hurgando en la personalidad de este triste personaje. Lo más importante es remitirnos a lo poco que nos ofrecen los relatos del Evangelio.

Llegó a Jesús como el resto de los apóstoles, con virtudes y defectos. Fue llamado como el resto, “para estar con Él y para enviarlos a predicar teniendo poder para expulsar demonios” (Mc 3, 14-15).

Si Judas era desde el inicio avaro, ese vicio no era más grave que la actitud violenta de Pedro, que la desconfianza de Tomás o la intransigencia de Juan.

El que estuviera profetizado que uno de los doce le iba a traicionar, no tenía etiqueta por nombre y apellido. Fue él, pero pudo ser otro.

Lamentablemente la avaricia y la envidia no se derritieron en el contacto con Jesús como sucedió con los defectos del resto de los apóstoles.

Su comportamiento durante el tiempo que compartió con Jesús y el resto, no despertabas sospechas, por lo tanto, era similar al de los demás: con ambiciones y esperanzas terrenales.

Cuando Jesús señala que uno de ellos lo va a traicionar, las miradas no se dirigen en forma indiscreta hacia Judas como si todos presintieran que era la oveja negra de la familia. Todo lo contrario, preocupados comienzan a preguntarse a sí mismos por si han fallado terriblemente y no se han dado cuenta.

En Judas el mal fue creciendo y avanzando como un cáncer hasta llegar a una metástasis. Le bastó a algunos de los fariseos leer en su rostro su rechazo a lo que Jesús decía o hacía para acercársele al oído y hacerle la baja propuesta de entregarlo a cambio de dinero.

Los relatos de estos tres días de la Semana Santa no son para que miremos a Judas como chivo expiatorio para tranquilizar nuestras conciencias. Todo lo contrario, es para que nos miremos al espejo, ya que la traición de Judas no es muy distinta de las nuestras.

¿Acaso no hemos traicionado nuestros ideales más sagrados porque hemos querido disfrutar de beneficios egoístas? ¿Acaso no hemos querido sacar provecho de ciertas situaciones aunque perjudique a otros? ¿No hemos dado rienda suelta a nuestros deseos de venganza? ¿No hemos tramado cómo conservamos nuestro status aunque tengamos que llevarnos de encuentro a otros? Y todo esto, ¿es menos que treinta monedas de plata?

Al menos a Judas le remordió tanto la conciencia que se le hizo insoportable vivir y por eso se colgó de un árbol. El caso nuestro puede ser más triste: ser traidores, pero aparentar ser impecables. Muchos errores y pecados que señalamos fácilmente en los demás, tal vez sean menos perversos que la hipocresía de quien los señala.

Decía José Martín Descalzo, sacerdote y periodista: “Basta colocarnos al final de una procesión y gritar “¡Judas!”, y nos daremos cuenta de que a todos traicionará el sub-conciente, pues todos voltearán a ver”. Porque Judas, en realidad, nos revela un poco a nosotros mismos.

“Todos hemos participado en la tarea de reunir aquellas treinta monedas de plata con las que fue vendido el Maestro. Judas y Caifás fueron simplemente nuestros representantes”.

Sin embargo, queda una posibilidad que Judas menospreció, un ‘cartucho’ que no hemos utilizado: la misericordia de Dios.

“Donde abundó el pecado, sobreabundó el perdón de Dios” (Rm 5,20).

Es significativo el detalle que nos daba el evangelista San Juan el día Lunes: “La casa se llenó de la fragancia del perfume”, pues nos remite al motivo de esa cena: están celebrando la vida, pues Lázaro había muerto y al llevar 4 días en el sepulcro cuando llega Jesús, María le advierte: “Señor, ya huele mal…”

El hedor del mal pasado contrasta con el aroma del perdón presente que es capaz de inundarlo todo. “Gustad y ved qué bueno es el Señor. Dichosos los que acuden a Él” (Sal 33)

Que Dios les bendiga

Su hermano, José Jesús Mora

Al César lo que es del César. A Dios lo que es de Dios



Esta es una de las frases más conocidas del Evangelio, pero cuya interpretación no es tan fácil. La historia muestra cómo la misma ha sido interpretada de forma diversa e incluso distorsionada.

La actitud hostil de los fariseos había sido puesta en evidencia por Jesús en tres parábolas seguidas: los dos hijos, los viñadores asesinos y los invitados a la boda del hijo del rey.

Pasan de nuevo al ataque y buscan desacreditar a Jesús ante el pueblo o hacerle arrestar por las tropas romanas, proponiéndole una cuestión política que le obligaría a una declaración comprometedora para él, no importa la respuesta que diese.

La pregunta espinosa “¿pagamos o no pagamos el impuesto al César?”, que es tanto como preguntarle ¿nos sometemos o no a la dominación de Roma?

La presencia de algunos herodianos aseguraría la denuncia, en caso de responder negativamente, ya que les parecía lo más probable, teniendo en cuenta la opción de Jesús por el pueblo y que éste odiaba pagar un impuesto que les recordaba constantemente la dominación extranjera. El pueblo, testigo también de la pregunta, se separaría de él si contestaba de modo afirmativo, pues lo catalogaría como cobarde.

Esta vez, según sus enemigos, Jesús está “atrapado”. “Perderá, sea cual sea su respuesta”. ¡Qué trampa tan bien pensada!

Para entender correctamente la escena debemos recordar las circunstancias concretas en que vivían los oyentes de Jesús: Israel, un pueblo con tanta historia a sus espaldas, que amaba profundamente la libertad y la independencia de su nación, se encuentra ocupada por las tropas del emperador romano. El signo más visible y más odiado de esta ocupación era el impuesto que debían pagar al César todas las personas, incluidos los sirvientes; los hombres desde los 14 años, y las mujeres desde los 12, hasta la edad de 65 para todos imperaba esta obligación.

Pagar o rechazar este impuesto tenía para ellos un doble significado: someterse ante la ocupación y la pretendida divinidad del emperador o rebelarse. Someterse y pagar significaba abandonar la defensa de la propia independencia y la divinidad única de Dios, o reducirlas a puras palabras, ya que, según la concepción antigua general, uno se sometía al régimen en el poder mediante el pago de tributos e impuestos.

Rebelarse y no pagar obligaba a levantarse en armas, y así defender esa independencia y su reconocimiento de que solo tenían un Dios, teniendo por seguro el enfrentamiento con el ejército romano. La postura de los diversos grupos políticos y religiosos estaba muy dividida.

Jesús adopta, para responder, una “parábola en acción”. Les dice: “Tráiganme una moneda del impuesto”. Cuando se la trajeron, pregunta: “¿De quién es esta imagen y esta inscripción?”. Le responden: “Del César”. (Mt 22,17-21)

La frase que sigue es una de las más recordadas en el Evangelio: “Pues den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Frase famosa que, a pesar de su claridad no es ninguna receta moral ni mucho menos una fórmula mágica.

“Dar al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios” es entendido a menudo como una respuesta cómoda para hoy día: dos dominios separados; cada uno en su casa, el cura o pastor en el templo y el político en el Congreso. Lo cierto es que ahora vemos con frecuencia una confusión de los papeles: el pastor habla como político y muchos políticos hablan como pastores, cada uno tratando de colocar ésta y otras frases bíblicas a favor de su postura, como si la Biblia fuese un manual más de estrategia política.

La frase de Jesús, dada a quienes pretendían meterle una zancadilla, no fue una respuesta evasiva o diplomática. Tengo la certeza de que ni en aquel momento, ni en el actual, le entendieron al Señor.

De haberlo hecho se hubieran dado cuenta de que su respuesta era mucho más comprometedora que un “sí” o que un “no”. Con el “sí” hubiera enojado a los judíos, con el “no” a los romanos.

Mientras con la respuesta que dio, hubiera tenido que enfurecer más bien a los dos grupos. Porque su frase iba contra esa falsa imagen que tenían los judíos de ver a Dios como un Emperador frente al cual hay que estar en “regla” pagando los tributos como el diezmo, y para los romanos que miraban al César como un dios omnipotente y absoluto. Los judíos regulaban la política con la religión y los romanos la religión con la política.

Jesús no bendice ni rechaza la resistencia política, no legitima ni descalifica la ocupación romana, se limita a señalar que si sus compatriotas aceptan la dominación romana es lógico que paguen el impuesto, que le “devuelvan” al César lo que el César invierte en ordenar la vida pública.

Pero la frase no concluye ahí. Suele olvidarse o minimizarse la segunda parte de su frase, que en realidad, es la más importante. Jesucristo no pretende la división de competencias (lo que es de Dios y lo que es del César), sino que afirma la primacía de Dios porque TODO ES DE DIOS. La consecuencia es que no puede haber en nuestra vida, en nuestras maneras de pensar y de actuar y, concretamente en nuestro comportamiento político-cívico, zonas independientes de nuestra fe, de la exigencia de actuar siempre al servicio de la verdad, de la justicia, del amor, de la libertad, de la igualdad entre seres humanos.

Este es el problema: saber unir dos afirmaciones que parecen contradictorias. Dios, Señor único, pide toda nuestra vida, incluidas también las opciones políticas y el trabajo en la sociedad, sean coherentes con la fe, estén penetradas de ella, sea el motor de actuación de cada uno.

Es grande la tentación de poner a Dios en los argumentos electorales o en las pasiones políticas. Pero la tentación contraria es igualmente mala: intentar evadir toda responsabilidad social. Entonces huimos del compromiso con nuestros hermanos, porque es en gran parte mediante la acción política hacer que progrese la justicia social y la calidad de vida.

Permanecer bien cómodos al margen de lo que sucede, elevar muchas oraciones y dejar que en el país las cosas vayan al ritmo de la corrupción, no es ser piadoso. Es ser egoísta, conformista, cobarde e indiferente.

Más que facilitarnos una receta en la relación fe-política, el Señor nos remite a una luz que ya poseemos: esa riqueza que se llama conciencia y sus consiguientes responsabilidades. Fe y política son dos realidades distintas, pero al mismo tiempo inseparables, siempre y cuando se entienda ésta última como la búsqueda permanente del Bien Común, que es el bien general de la Nación.

El principio que se deduce de la afirmación del Señor permite rechazar la separación completa entre la fe y la política, aunque evitando cuidadosamente la amalgama: ningún partido u opción política puede “acaparar” a Dios ni utilizarlo como aval de su ideología, pero todos, políticos o no, tenemos que rendirle cuentas a Él de nuestros actos.

En la respuesta de Jesús, “Dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, el acento está cargado intencionalmente en la segunda parte y quita peso a la primera.

La cuestión del tributo pasa a segundo plano, como si Jesús nos dijera: la moneda pertenece al emperador, pero ustedes, todos ustedes le pertenecen a Dios. Pues la moneda lleva impresa la imagen del emperador, pero ustedes llevan la imagen de Dios en su ser más profundo.

Y aunque la imagen y la inscripción pueden desdibujarse, como ocurre con las viejas monedas, que se leen con dificultad, sin embargo, nunca pueden borrarse del todo la imagen de Dios mientras tengamos la oportunidad de volvernos a Él, que en la Encarnación de su Hijo ha unido lo divino y lo humano.

José Jesús Mora

Licenciado en Filosofía y Teología

Máster en Liderazgo y Desarrollo Humano

BAUTISMO


bautismo-del-senor

VITAMINAS PARA EL CORAZÓN,

Fiesta del Bautismo del Señor

Esta fiesta es fácil de celebrar, pero no es fácil de interpretar. Hay tantas interpretaciones como la imaginación y la especulación permite.

Y esto ha sido así desde los primeros años del Cristianismo. ¿Por qué el Señor se bautizó si el bautismo que Juan ofrecía en el Jordán era un bautismo de Penitencia o arrepentimiento? ¿De qué necesitaba el Señor arrepentirse?

La tradición cristiana, temiendo herejías a partir de esa escena –y que en realidad, no pudo evitar –trató de dar muchas explicaciones moralizantes y ejemplificadoras que, inclusive, algunos siguen repitiendo hasta el día de hoy.

San Ignacio de Antioquía, y luego Santo Tomás de Aquino, dirán que la razón principal fue la de purificar el agua del sacramento del bautismo.

San Cirilo de Jerusalén dijo que “fue para conferir a las aguas el olor de la divinidad” (muy poético y místico). San Melitón prefirió una metáfora: “Aun siendo totalmente puros ¿no se bañan en el océano el sol, la luna y las estrellas?”.

Es el mismo Mateo quien nos señala el escándalo de Juan el Bautista cuando Jesús acudió a él para que lo bautizara: Pero Juan se resistía, diciendo: “Yo soy quien debe ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a que yo te bautice?” (Mt 3,14)

De esta forma, no podemos caer en una interpretación simplista aduciendo que lo hizo para darnos el ejemplo de humildad; tampoco podemos utilizarlo para fijar un criterio cronológico de cuándo conviene recibir el bautismo, en la edad adulta, por ejemplo.

Cuando estudié Cristología en el Seminario, comprendí el motivo y el sentido del Bautismo del Señor.

Aún después de recibir el bautismo, el Señor indica, en algunos de sus discursos, que debe recibir un bautismo y que tiene prisa por recibirlo (Lc 12,50). Y cuando los hijos de Zebedeo piden los primeros puestos, Jesús les pregunta: “¿Están dispuestos a beber el cáliz que yo he de beber y a recibir el bautismo con que seré bautizado?” (Mc 10,38). Está aludiendo de forma manifiesta a su muerte, de la cual el Jordán es apenas el prólogo.

No fue a “lavar” pecados personales al Jordán, sino los nuestros. No nos estaba dando el “ejemplo”. Lo estaba haciendo el lugar nuestro en cuanto a lo de muerte significa el bautismo.

A eso se refiere la respuesta que Jesús da a Juan cuando se resiste a bautizarle: “Haz ahora lo que te digo, pues así conviene que cumplamos toda justicia” (Mt 3,15). Aquí el término “justicia” no tiene el sentido retributivo ni vindicativo, sino el de “ajustarse” obedientemente a la voluntad de Dios, a su plan de salvación.

Además, no podemos ignorar la manifestación Teofánica que se dio en ese momento. Fue como la primera “comparecencia pública” de Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo. No hubo convocatoria de Cadena Nacional, pero hubo testigos fidedignos.

Jesús lo trae al recuerdo un día que los fariseos le preguntan con qué autoridad predica y hace curaciones. El Señor les responde con otra pregunta: “Les contestaré si ustedes me responden: El bautismo de Juan ¿era de Dios o de los hombres?” (Mc 11,27).

Tal vez tomaron la pregunta de Jesús como una evasión, pues si respondían “de parte de Dios”, Jesús les hubiera reclamado el que no le hicieran caso a Juan. Y si respondían que venía “de los hombres”, corrían el riesgo de que la muchedumbre los rechazara, pues todos reconocían en Juan un auténtico profeta.

Por eso, los fariseos respondieron: “No lo sabemos”. Y Jesús les dijo, seguramente con una sonrisa: “Pues yo tampoco les respondo” (Mc 11,33)

Pero en realidad Jesús estaba remitiéndole a los hechos, respondiendo así a la pregunta inquisitoria que le hicieran los fariseos: su autoridad viene del cielo, de su Padre, quien lo ha legitimado públicamente, “Éste es mi Hijo amado, en quien tengo mis complacencias” (Mt 3,17).

Para nosotros el bautismo es un camino de salida, para escapar de la muerte, entrando así en la vida de Dios. Para Jesús, el bautismo en el Jordán fue lo contrario: un camino de entrada en la muerte, recogiendo todos los pecados que los demás habían dejado dentro del río y los que la humanidad cometería posteriormente.

No fue una escena insignificante que podía pasarse por alto o que podemos reducir simplistamente ahora. Fue nada menos que el comienzo de la gran batalla que concluiría en la cruz y la resurrección.

Como dirá Manuel González Gil: “desde el momento del bautismo, se alza en el horizonte la silueta de la cruz”.

A partir de esto, no podemos pasar por alto nuestro propio bautismo. El día en que lo recibimos, aunque no hubo manifestaciones extraordinarias, sí sucedió algo extraordinario por la similitud al día en que lo recibió Jesús: los cielos se “abrieron” para nosotros y han quedado abiertos para recibir las bendiciones de Dios, nuestro Padre, y como oferta permanente de salvación.

Que Dios les bendiga

Su hermano, José Jesús Mora

 

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FELIZ DÍA DE LAS MADRES mayo, 2008
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EL CAMINO DE EMAÚS abril, 2008
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«MIRAD MIS MANOS Y MIS PIES» marzo, 2008

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JESÚS Y LOS MERCADERES DEL TEMPLO marzo, 2009
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VIVIR CON LA LÁMPARA ENCENDIDA noviembre, 2008