VITAMINAS PARA EL CORAZÓN
CONMEMORACIÓN DE TODOS LOS FIELES DIFUNTOS
Es innegable que todos, un día, daremos este terrible paso: la muerte. Eso no significa que lo aceptemos de buen agrado. Por lo tanto, simplemente preferimos no pensar en ello.
Pero todas las noches, según algunos estudios, mueren cerca de 200,000 personas. Por lo tanto, el resto somos sobrevivientes, pero esperando nuestro turno.
Todos nos rebelamos –aunque sea secretamente –contra el hecho de la muerte. Decir que no nos importa morir es arrogancia, tendencia suicida o un gran miedo mal disimulado.
Pero tal vez no hemos pensado que si fuésemos físicamente inmortales, tendríamos que ser infecundos. Pues la armonía, el equilibrio y la habitabilidad del mundo se basa en la tan temida muerte. Algunos dicen que la muerte es a la humanidad tan imprescindible como el aire.
Pero aún aceptando los hechos inevitables, esto resultará insuficiente para vencer el temor o miedo a la muerte. Los primeros cristianos, acostumbrados a la amenaza habitual del martirio, habían inventado un lenguaje al revés: vivir significaba morir. Habían llamado a la muerte “dies natallis”, es decir, “el día del nacimiento”.
“No es la muerte lo que debes temer –decía San Agustín –sino el olvido de que eres inmortal”. Y San Juan Crisóstomo decía “Si no fuera por respeto al Señor, que la envía, le pediría cuentas a la muerte por su tardanza en llegar”.
Creo que los primeros escritores cristianos exageraban cuando pedían a los fieles que alimentaran deseos de morir o alegría frente a la muerte. La frase de San Pablo “para mí la muerte es una ganancia” (Flp 1,21), parece que a quien le viene bien es a las Funerarias.
El mismo Jesús, en el huerto de Getsemaní, oraba temblando al Padre que le librara de ese cáliz amargo.
Y, sin embargo, aunque el miedo es natural, la misma naturaleza se esfuerza en convencernos de este gran misterio: la semilla que cae en el surco, muere para vivir. La oruga que es arrastrada por su instinto a encerrarse en el capullo, se transformará y ya no se arrastrará, sino que volará bajo la forma de Mariposa.
Frente a la muerte lo único que sabemos es que no sabemos lo que más nos interesa: el día, la hora y la forma en que vendrá. Tal vez sea ese sello de imprevisible la característica más incómoda. Cualquier intento de conocer el futuro es esfuerzo fallido, es perder tiempo valioso.
Lo más importante que Jesús nos dijo, justo frente a esta incertidumbre, es que debíamos estar preparados para ese día, en que nos colocará delante de Él para hacernos las preguntas del Cap. 25 de Mateo: Tuve hambre, ¿me diste de comer?; tuve sed, ¿me diste de beber?; fui forastero, ¿me hospedaste?; estuve enfermo o en la cárcel, ¿me fuiste a ver?
Decía un amigo que a los Católicos Dios no nos preguntará cuántas veces comulgamos, sino cómo cada comunión nos ayudó a identificarlo en los más pobres y responder efectivamente a sus necesidades.
O sea que lo que nos debe preocupar no es tanto que el plato de las culpas en la balanza esté lleno, sino que si el de las buenas obras esté vacío.
No digo que la salvación se alcanza con obras, sino que ellas dan fe sobre quién es Dios para cada uno. El precio de la salvación ha sido “pagado” a un precio muy alto por su Hijo en el altar de la Cruz.
El tiempo nos debería ir dando sabiduría “Enséñanos, Señor, a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato” (Sal 89(90), 12)
San Pablo constata esta gran oportunidad: “Aunque nuestro hombre exterior se deteriora, nuestro hombre interior se renueva de día en día” (2Co 4,16)
Como si nos dijese que el progreso del alma es efecto del deterioro del cuerpo, su consecuencia lógica. Nada nos acerca tanto a Dios como las pruebas en nuestra vida.
Aunque el dolor es una semilla que da frutos distintos dependiendo de la tierra donde se siembra. A algunas personas, en vez de conducirlas a la esperanza, la confianza y la humildad, las lleva a la dureza y al abatimiento.
Por eso es tan “saludable” pensar, en un día como éste, no sólo en nuestros seres queridos que ya se han ido, sino también en ese momento inevitable de nuestra propia partida. Eso nos ayudará a vivir alerta. Puede que sea más tarde de lo que creemos o más temprano de lo que esperamos, pero lo más importante será estar preparado para el encuentro con nuestro Dios.
Noé se preparaba haciendo una obra que para sus contemporáneos era absurda: un arca de dimensiones gigantescas mientras reunía al mismo tiempo parejas de animales. Sus críticos vivían de forma muy displicente…hasta que llegó el diluvio.
Vivir preparados es vivir atentos. Las mejores lágrimas no son las que derramamos sobre la tumba de nuestros seres queridos, sino las que les ahorramos en su vida.
Y de nada serviría rodear de flores su tumba, si antes no hemos rodeado su existencia de afecto, de amor, de comprensión, de alegrías.
Nunca entenderemos fácilmente la muerte y, en consecuencia, nos costará aceptarla. Todos queremos, como Santo Tomás, ver la señal de los clavos.
Pero es aquí donde debemos recordar que la fe es la total confianza en la promesa de Dios: la muerte no es el final del camino, aunque morimos no somos carne de un ciego destino.
A Jesucristo, las Escrituras le llaman “El Primogénito de entre los muertos”, es decir, el primero, el que ha inaugurado el seno de Dios en el que nacerán después todos sus hijos a la eternidad.
Termino dando el consejo que usualmente daba en la celebración de exequias: es saludable hacer el ejercicio de redactar nuestro propio epitafio, no en términos simplistas o mediocres, sino en términos ambiciosos: ¿Cómo nos gustaría que nos recordasen?
Dicen que en una tumba se leía un epitafio que el muerto jamás pensó se lo colocarían: “Aquí yace…fulano de tal…el mal lo hizo muy bien y el bien lo hizo muy mal”.
Estoy seguro de que a todos nos gustaría que nos colocaran como epitafio las palabras de Pedro para Jesús: “Pasó su vida haciendo el bien” (Hch 10,38). Pero esas palabras hay que merecerlas y cada día hay oportunidades para hacer estos méritos.
Que Dios les bendiga
Su hermano, José Jesús Mora
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