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Acerca de Jesús Jesús Mora

Soy una persona que tiene 32 años trabajando a nivel de Universidades. Me gusta la educación, la formación, el trabajo con personas. Estudié Filosofía, Teología y Comunicación Social a nivel de Licenciatura. Obtuve mi Maestría en Dirección Comercial y Marketing y posteriormente en Inteligencia Aplicada a la Empresa y a la Educación. Y por último, un Doctorado en Administración Gerencial. Soy el Vicerrector Académico de la Universidad Tecnológica de Honduras y me complace compartir conocimientos y experiencias formativas.

¿Cómo obtener lo mejor de los demás? El efecto Pigmaleón

En la literatura griega, Pigmalión era un escultor Rey de la isla de Chipre que buscó durante mucho a la mujer perfecta para casarse. Por demás, un hecho no muy frecuente, pues por lo general sucede todo lo contrario. Creo que las mujeres son más selectivas y cuidadosas al momento de elegir.

Buscó hasta cansarse. Y frustrado en su búsqueda comenzó a crear esculturas de mujeres preciosas. Una de estas esculturas, a la que nombró Galatea, que significa “Blanca como la leche”, era tan bonita, que terminó enamorándose de ella.

El rey se sentía atraído por su propia obra, y no podía dejar de pensar en su amada de marfil.

En una de las grandes celebraciones en honor a la diosa Venus que se celebraba en la isla, Pigmalión suplicó a la diosa que diera vida a su amada estatua. La diosa, que estaba dispuesta a atenderlo, elevó la llama del altar del escultor tres veces más alto que la de otros altares. Pigmalión no entendió la señal y se fue a su casa muy decepcionado pues, aparentemente, no sucedió nada.

Al volver a casa, contempló la estatua durante horas. Después de mucho tiempo de contemplarla, el artista se levantó, y besó a la estatua. Pigmalión ya no sintió los helados labios de marfil, sino que sintió una suave y cálida piel en sus labios. Volvió a besarla, y la estatua cobró vida, enamorándose perdidamente de su creador.

¿Qué aplicación tiene esta historia en la vida laboral?

Las expectativas de los Directivos se reflejan en el desempeño de sus colaboradores. Si un empleado se siente valorado por su Jefe, apreciado por lo que hace, éste empleado va a exhibir un alto desempeño en su trabajo, su rendimiento será alto, pues la autoestima influye en su esfuerzo.

Pero si continuamente recibe reproches, se siente menospreciado, subvalorado, su desmotivación e indiferencia irán en aumento.

Todo Jefe tiene una determinada imagen de sus colaboradores y los trata según esta imagen que de ellos tiene.

Etiquetar a un empleado como inútil o “malo”, sabotea toda posibilidad de mejora y superación en ellos.

La motivación de un empleado no surge de la nada. Ni se fundamenta únicamente en el salario que recibe, sino en el respeto de su condición como persona y en la valoración de lo que él hace por la Organización.

Esta satisfacción es una energía poderosa que motiva al empleado a enfocar su atención y sus fuerzas a realizar bien su trabajo, estableciendo un “Círculo Virtuoso”: “hago bien mi trabajo, mi jefe lo nota y me lo reconoce, estoy feliz y con deseos de seguir haciendo bien las cosas y mejor que antes”. Estos son los empleados productivos para la Organización.

Parece simple, pero no todos los jefes y Directivos ponen en práctica este principio. Ya que dan por supuesto que el solo hecho de tener trabajo debería ser suficiente motivo de gratitud por parte del empleado. Aunque así fuese, no está contribuyendo a desarrollar todo el potencial de ese empleado.

Nada compromete y motiva como el reconocimiento y la valoración. Hágalo con sus empleados y, al cabo de un tiempo notará cómo su actitud positiva influye en la actitud y conducta de sus subalternos.

Aún si usted se considera un “Buen Jefe”, piense qué mejoras puede introducir en el buen trato en su sitio de trabajo y, por lo tanto, efectos que tendrá.

De cualquier forma, mi recomendación final, para usted, que se animó a leer este artículo, con cierta curiosidad, es la siguiente

  • Utilice siempre un lenguaje positivo: dígales “sé que lo puedes hacer”, en lugar de decirles “ojalá que puedas hacerlo”;

  • “Siempre he creído en ti” en lugar de decirles “no creo que usted tenga la capacidad”;

  • “Este es un buen comienzo” en lugar de decirle “la próxima vez hazlo mejor”.

Lic. José Jesús Mora

Máster en Liderazgo y Desarrollo Humano

Director de Desarrollo Estudiantil de la UTH

jomora99@yahoo.com

UN MISTERIO NO TAN MISTERIOSO

Ssma Trinidad

VITAMINAS PARA EL CORAZON

SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

Después de haber celebrado la Fiesta del Espíritu Santo, Pentecostés, este domingo nos invita a reflexionar sobre el amor providente de Dios.

La Santísima Trinidad no es un complicado rompecabezas o un problema aritmético. Aunque bajo este término (Trinidad) no lo encontramos por ninguna parte en la Biblia, era necesario darle un solo nombre a este maravilloso misterio revelado por Jesucristo: un solo Dios, tres personas distintas, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Así nos santiguamos, así oramos, así confesamos nuestra fe, así bendecimos, así celebramos y recibimos el perdón.

Reflexionando en este “Misterio”, que dejó de ser tan “misterioso” al ser revelado en forma más clara por el Señor Jesús, comprendemos mejor la afirmación del libro del Génesis: somos creados a imagen y semejanza de Dios, es decir, con la capacidad e, igualmente, la necesidad de amar. Amar es nuestra vocación, es propio de nuestra naturaleza, porque Dios nos ha comunicado esta cualidad de su propio ser.

Pues si Dios nos ha revelado su ser, no fue para que tuviéramos una gran cultura religiosa, sino para que reflejemos el amor que entre ellos existe: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Por eso es que la familia es un impulso natural creado y querido por Dios. Su deseo es que seamos su reflejo. El vocabulario de esta hermosa realidad de la familia ha sido sacado de la misma naturaleza de Dios: padres, hijos, amor (Espíritu Santo). Dios se ha comportado como el artista que deja parte de su propio ser en la obra.

Un egoísta que sólo piensa en sí mismo, un arrogante solitario, no es imagen y semejanza de Dios.

No se trata de vulgarizar lo sagrado, sino hacerlo más comprensible para no reducirlo a la ecuación 1= 3. Para conocer a Dios no se puede tomar la ruta de la ciencia; tampoco hay que renunciar a la razón, la cual es un don de Dios mismo. Hay que llevar para el camino dos provisiones indispensables: amor y confianza humilde.

Creer en la Santísima Trinidad es tomar conciencia de que entre nosotros es posible alcanzar la unidad a pesar de la diversidad. Tenemos que aprender a respetar las diferencias y hacer de ellas posibilidades complementarias y no pretexto para pleitos y divisiones.

“En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Aún tengo muchas cosas que decirles, pero todavía no las pueden comprender. Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él los irá guiando hasta la verdad plena” (Jn 16,12-13).
Jesús aclara que no le ha sido posible enseñar todo lo que Él hubiera querido. Y no por falta de capacidad o por haber utilizado mal su tiempo para desarrollar todo el contenido de su enseñanza, sino por la incapacidad de diálogo en sus oyentes o poco apertura.

Sin la ayuda del Espíritu, nos complicamos la vida con una teología fría y desvinculada de la vida.

Muchas homilías que escuchamos pueden ser “teológicamente correctas”, pero vivencialmente frías. Siempre estuve intrigado por esta forma en que decimos las cosas en la Iglesia: en la mayoría de los casos, decimos grandes verdades, pero pronunciadas con tanto aburrimiento como si fuesen mentiras; a diferencia de estafadores de la fe, que dicen grandes mentiras, pero con tanto entusiasmo, como si fuesen verdades. El Espíritu Santo, si lo invocamos, nos ayudará a decir verdades de manera apasionada, siendo nosotros los primeros convencidos de lo que decimos o diremos.

El Dogma de la Santísima Trinidad no es un conocimiento para sentir orgullo religioso, sino para sacar consecuencias prácticas.

La Santísima Trinidad nos enseña cómo se ama: de manera desinteresada e incondicional. Intentar hacer algo distinto a esta forma de amar, será otra cosa, pero no amor verdadero.

“Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo”.

AL CESAR LO QUE ES DEL CESAR, Y A DIOS LO QUE ES DE DIOS

VITAMINAS PARA EL CORAZÓN

El núcleo del evangelio de hoy es la respuesta dada por Jesús a la insidiosa pregunta de los herodianos y los discípulos de los fariseos: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Es una de las frases más conocidas del Evangelio, pero cuya interpretación no es tan fácil. La historia muestra cómo esa frase ha sido interpretada de forma diversa e incluso distorsionada.

La actitud hostil de los fariseos había sido puesta en evidencia por Jesús en tres parábolas seguidas: los dos hijos, los viñadores asesinos y los invitados a la boda del hijo del rey.

Pasan ahora al ataque y buscan desacreditar a Jesús ante el pueblo o hacerle arrestar por las tropas romanas, proponiéndole una cuestión política que le obligaría a una declaración comprometedora para él, no importa la respuesta que diera.

La pregunta no la hacen los mismos fariseos, sino “unos discípulos de los fariseos, con unos partidarios de Herodes”. Estos jóvenes estudiantes de la ley, que aún no habían recibido el título de rabí, fueron los encargados de proponerle la difícil cuestión; posiblemente con más candidez y menos malicia que los jefes que los habían enviado.

Se dirigen a él cortésmente –“Maestro”- y preparan el terreno adulando su enseñanza, su valentía y libertad, que no se deja impresionar por la posición social de los hombres ni por los riesgos que le pueda ocasionar. Se presentan como israelitas piadosos que tienen un grave escrúpulo de conciencia. El elogio que hacen de Jesús, antes de lanzarle la insidiosa pregunta, subraya la figura de un rabino íntegro, honesto, resistente a todo chantaje.

Después le plantean a Jesús la cuestión espinosa: “¿pagamos o no pagamos el impuesto al César?”, que es tanto como preguntarle ¿nos sometemos o no a la dominación de Roma?

La presencia de algunos herodianos aseguraría la denuncia, en caso de responder negativamente, ya que les parecía lo más probable, teniendo en cuenta la opción de Jesús por el pueblo y que éste odiaba pagar un impuesto que les recordaba constantemente la dominación extranjera. El pueblo, testigo también de la pregunta, se separaría de él si contestaba de modo afirmativo, pues lo calificaría de cobarde.

Esta vez, según sus enemigos, aparentemente, Jesús está “atrapado”. “Perderá, sea cual sea su respuesta”. ¡Qué trampa tan bien pensada!

Para entender correctamente la escena debemos recordar las circunstancias concretas en que vivían los oyentes de Jesús: Israel, un pueblo con tanta historia a sus espaldas, que amaba profundamente la libertad y la independencia de su nación, se encuentra ocupada por las tropas del emperador romano. El signo más visible y más odiado de esta ocupación era el impuesto que debían pagar al César todas las personas, incluidos los siervos; los hombres desde los 14 años, y las mujeres desde los 12, hasta la edad de 65 para todos.

Pagar o rechazar este impuesto tenía para ellos una doble significación: someterse o rebelarse ante la ocupación y someterse o rebelarse ante la pretendida divinidad del emperador. Someterse y pagar significaba abandonar la defensa de la propia independencia y la divinidad única de Yahvé, o reducirlas a puras palabras, ya que, según la concepción antigua general, uno se sometía al régimen en el poder mediante el pago de tributos e impuestos.

Rebelarse y no pagar obligaba a levantarse en armas, y así defender esa independencia y esa única divinidad, teniendo por seguro el enfrentamiento con el ejército romano. La postura de los diversos grupos políticos y religiosos estaba muy dividida.

Jesús adopta, para responder, una “parábola en acción”. Les dice: “Tráiganme una moneda del impuesto”. Cuando se la trajeron, pregunta: “¿De quién es esta imagen y esta inscripción?”. Le responden: “Del César”. (Mt 22,17-21)

La frase que sigue es una de las más recordadas en el Evangelio: “Pues den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Frase famosa que, a pesar de su claridad no es ninguna receta moral ni mucho menos una fórmula mágica.

“Dar al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios” es entendido a menudo como una respuesta cómoda para hoy día: dos dominios separados; cada uno en su casa, el cura en la sacristía y el político en el Congreso. Incluso, recientemente en pleno apogeo político por la cercanía de las elecciones, esta frase ha sido utilizada por unos y otros a favor de intereses personales o de grupos, cada uno tratando de colocar esta frase a favor de su postura, como si la Biblia fuese un manual más de estrategia política.

La frase de Jesús, dada a quienes pretendían meterle una zancadilla, no fue una respuesta evasiva o diplomática. Tengo la certeza de que ni en aquel momento, ni en el actual, le entendieron al Señor.

De haberlo hecho se hubieran dado cuenta de que su respuesta era mucho más comprometedora que un “sí” o que un “no”. Con el “sí” hubiera enojado a los judíos, con el “no” a los romanos.

Mientras con la respuesta que dio, hubiera tenido que enfurecer más bien a los dos grupos. Porque su frase iba contra esa falsa imagen que tenían los judíos de ver a Dios como un Emperador frente al cual hay que estar en “regla” pagando los tributos como el diezmo, y para los romanos que miraban al César como un dios omnipotente y absoluto. Los judíos regulaban la política con la religión y los romanos la religión con la política.

Jesús no bendice ni rechaza la resistencia política, no legitima ni descalifica la ocupación romana, se limita a señalar que si sus compatriotas aceptan la dominación romana es lógico que paguen el impuesto, que le “devuelvan” al César lo que el César invierte en ordenar la vida pública.

Pero la frase no concluye ahí. Suele olvidarse o minimizarse la segunda parte de su frase, que en realidad, es la más importante. Jesucristo no pretende la división de competencias (lo que es de Dios y lo que es del César), sino que afirma la primacía de Dios porque TODO ES DE DIOS. La consecuencia es que no puede haber en nuestra vida, en nuestras maneras de pensar y de actuar y, concretamente en nuestro comportamiento político-cívico, zonas independientes de nuestra fe, de la exigencia de actuar siempre al servicio de la verdad, de la justicia, del amor, de la libertad, de la igualdad entre seres humanos.

Este es el problema: saber unir dos afirmaciones que parecen contradictorias. Dios, Señor único, pide toda nuestra vida, incluidas también las opciones políticas y el trabajo en la sociedad, sean coherentes con la fe, estén penetradas de ella, sea el motor de actuación de cada uno.

Es grande la tentación de poner a Dios en los argumentos electorales o en las pasiones políticas. Pero la tentación contraria es igualmente mala: intentar evadir todo responsabilidad social. Entonces huimos del amor a nuestros hermanos, porque es en gran parte mediante la acción política como es posible hacer que progrese la justicia social y la calidad de vida.

Permanecer bien cómodos al margen de lo que sucede, elevar muchas oraciones y dejar que en el país la cosas vayan al ritmo de la corrupción, no es ser piadoso. Es ser egoísta, conformista, cobarde e indiferente.

Más que facilitarnos una receta en la relación fe-política, el Señor nos remite a una luz que ya poseemos: esa riqueza que se llama conciencia y sus consiguientes responsabilidades. Fe y política son dos realidades distintas, pero al mismo tiempo inseparables, siempre y cuando se entienda ésta última como la búsqueda permanente del Bien Común, que es el bien general de la Nación.

El principio que se deduce de la afirmación del Señor permite rechazar la separación completa entre la fe y la política, aunque evitando cuidadosamente la amalgama: ningún partido u opción política puede “acaparar” a Dios ni utilizarlo como aval de su ideología, pero todos, políticos o no, tenemos que rendirle cuentas a Él de nuestros actos.

En la respuesta de Jesús, “Dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, el acento está cargado intencionalmente en la segunda parte y quita peso a la primera.

La cuestión del tributo pasa a segundo plano, como si Jesús nos dijera: la moneda pertenece al emperador, pero ustedes, todos ustedes le pertenecen a Dios. Pues la moneda lleva impresa la imagen del emperador, pero ustedes llevan la imagen de Dios en su ser más profundo.

Y aunque la imagen y la inscripción pueden desdibujarse, como ocurre con las viejas monedas, que se leen con dificultad, sin embargo, nunca pueden borrarse del todo la imagen de Dios mientras tengamos la oportunidad de volvernos a Él, que en la Encarnación de su Hijo ha unido lo divino y lo humano.

Que Dios les bendiga,

Su hermano, José Jesús Mora

 

 

PREPARANDO EL CAMINO


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VITAMINAS PARA EL CORAZÓN, II DOMINGO DE ADVIENTO

7 de Diciembre de 2008

A lo largo del Adviento, tiempo de preparación para la Navidad, la Palabra de Dios nos presenta tres guías seguros que nos ayudarán en este itinerario: el Profeta Isaías, Juan el Bautista y la Virgen María.

Cuando Juan Bautista eleva su voz en el desierto causará mucha curiosidad y expectativas en el pueblo, puesto que los profetas se habían vuelto muy escasos: habían transcurrido casi 500 años desde que Zacarías había descrito la ruina de los grandes imperios y luego, Dios “guardó silencio”.

La misión de los profetas no era nada gratificante. El pueblo los necesitaba, pero no los comprendía, puesto que hablando en nombre de Dios, denunciaban la maldad y mediocridad humana para luego invitar a la conversión.

“Apareció en el desierto Juan el Bautista predicando un bautismo de arrepentimiento, para el perdón de los pecados. A él acudían de toda la comarca de Judea y muchos habitantes de Jerusalén; reconocían sus pecados y él los bautizaba en el Jordán”

Apareció como esperanza ante un pueblo necesitado y desesperado, proponiendo un gran mensaje en tonos exigentes, siendo coherente al poner en práctica lo que él mismo predicaba y encontrando un signo sensible de conversión: el bautismo.

Tenía pelos en su vestido (pues se vestía con piel de camello), pero no tenía “pelos en la lengua”: a los “ilustres” que llegaban a escucharle, no les recibió como sucede en el tiempo actual, tranquilizando sus conciencias, sino que les llamó “Raza de Víboras” a quienes se jactaban de ser “raza de creyentes”, “hijos de Abrahán”, pensando que ese “mérito” era suficiente para salvarse.

Es este profeta que, como Isaías, nos invita a preparar el Camino para el encuentro con Dios, para que la Navidad no se quede a nivel sentimental o sirva de pretexto para los excesos.

“Una voz clama: “Preparen el camino del Señor en el desierto, construyan en el páramo una calzada para nuestro Dios. Que todo valle se eleve, que todo monte y colina se rebajen; que lo torcido se enderece y lo escabroso se allane”

Para visitar a alguien necesitamos recorrer un camino. Si ese camino está obstruido, no podremos llegar aunque tengamos muchos deseos.

Hoy se utilizan máquinas extraordinarias para las construcciones de carreteras. Pero para preparar un camino en el interior del corazón humano, los métodos siguen siendo los tradicionales.

Con honestidad, debemos hacer un inventario de todo lo que le impide a Dios acercarse a nosotros o viceversa: la indiferencia, la mediocridad, la desesperanza, los resentimientos, el egoísmo, la superficialidad, la soberbia, la envidia, las acciones torcidas, etc.

Pero eso solamente se logra “acudiendo al desierto”, es decir, dedicando más tiempo a la oración personal, al silencio, a la meditación. Todo esto nos ayudaría a encontrarle sentido a los acontecimientos de nuestra vida, emparejando lo escabroso y enderezando lo torcido. Solo así la alegría de la Navidad no será epidérmica y pasajera, sino auténtica y duradera.

El Adviento es un tiempo necesario cada año, puesto que nos va invadiendo el pesimismo cada vez con mayor fuerza. Las personas nos vamos acostumbrando tanto a las malas noticias, que cuando alguien nos da una buena, ni le creemos.

Ante la inseguridad e incertidumbre, muchos nos vamos resignando a convivir con ellas pensando en que nada puede cambiar. El problema no es que hayamos perdido la fe en Dios, sino que la hemos perdido en nosotros mismos, en la posibilidad de cambiar y mejorar nuestra vida.

Preparar el camino es trazar un rumbo y una meta después de descubrir qué es lo que Dios quiere y espera de cada uno de nosotros. Eso es el sentido literal del término “conversión”: es un cambio de ruta, después de descubrir, en algunos casos, que la que seguíamos no era la más adecuada. En otros casos, aunque el camino es el correcto, se ha llenado de “baches”, similares a las calles de nuestras ciudades. Ese camino tortuoso, puede repararse con un poco de esfuerzo y perseverancia.

Que Dios les bendiga

Su hermano, José Jesús Mora

SEREMOS JUZGADOS EN EL AMOR

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VITAMINAS PARA EL CORAZÓN, Domingo 23 de Noviembre de 2008

CRISTO REY

Hoy es el último domingo del Año Litúrgico, que camina de forma casi paralela al año civil. Celebramos la Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo.

En primer lugar tenemos que superar ese concepto antiguo de la monarquía, pues Jesús es rey de una manera muy distinta a los reyes de la historia:

“No vine a ser servido, sino a servir” (Mc 10,45)

“Y tomando una toalla y una jofaina, comenzó a lavar los pies a sus discípulos” (Jn 13, 4-5)

“Nadie me quita la vida, yo la doy voluntariamente” (Jn 10,18)

“Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13)

Así que el Reinado de Jesús no tiene nada que ver con poder y dominio, sino con servicio y entrega.

Es un Rey que no espera tener un ejército armado, sino un gran regimiento de personas dispuestas a hacer el bien.

Es un Rey que no pide más tributo que el de la caridad para con el prójimo como hemos escuchado en el Evangelio:

“Entonces dirá el rey a los de su derecha: Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme” (Mt 25,34-36)

Aquí es donde inequívocamente encontraremos siempre a Dios: en el que sufre, en el que llora, en el que nos necesita.

Este mundo comienza a ser Reino de Dios cuando el sediento bebe, cuando el hambriento come, cuando se hace justicia, cuando es liberado el oprimido.

Todavía hay quienes siguen pensando que para entrar al Reino lo que hay que hacer es rezar mucho, ir a muchas misas, no contar chistes “picantes”, saberse muy bien la doctrina y dar, de vez en cuando, una limosna.

Aunque todo eso está bien, no serán los criterios decisivos y definitivos para entrar al Reino de Dios: “Tuve hambre, ¿me diste de comer…?”

Y el hambre no es solo física. Tal vez en nuestra misma casa hay hambrientos de una palabra y unos gestos cariñosos, cortés, atentos. Tal vez los hemos privados de un perdón, de paz y de un poco de alegría.

Hay quienes son realmente buenos y se esfuerzan en hacer el bien. Pero también hay quienes solo aparentan que son buenos. El Juicio Final sacará a luz pública todas las explotaciones: la del hambre, la de la sed, la del maltrato, la del abuso. Pero también los gestos silenciosos de caridad: el amor, la entrega, los sacrificios y la ayuda desinteresada.

No basta decir que conocemos a Cristo. Hay que saber reconocerlo.

Que Dios les bendiga

Su hermano, José Jesús Mora

VIVIR CON LA LÁMPARA ENCENDIDA

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VITAMINAS PARA EL CORAZÓN, Domingo 9 de Nov. de 2008

Al acercarnos al final del año litúrgico, las lecturas insistirán sobre la virtud de la vigilancia, cuya intención no es la de provocar miedo o ansiedad, sino el estado de alerta necesario que nos prepara para el encuentro con Dios.

“El Reino de los Cielos es semejante a diez doncellas que, tomando sus lámparas, salieron al encuentro del esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco, sensatas” (Mt 25,1-2)

Atentos, porque no dice que 5 eran inteligentes y las restantes, tontas; sino que las diferencia la prudencia. Ya el mismo evangelista Mateo nos había hablado de esta diferencia la diferencia con una pequeña alegoría de Jesús en el capítulo 7: Sensato es aquel que construye su casa sobre la roca, y necio el que la edifica sobre arena (Mt 7,24-27), diferenciando al que pone en práctica la Palabra de Dios, del que solamente la escucha.

La parábola no nos dice que las doncellas necias se durmieron y las sensatas no, sino que más bien subraya: “Les entró el sueño a todas y se durmieron” (Mt 25,5)

La vigilancia no se puede confundir simplemente con la capacidad de desvelarse, de vencer el sueño. El Señor no nos exige que renunciemos al descanso, sino que rompamos con la maldad, con las obras de las tinieblas, que venzamos todo lo que se opone a la luz y la vida. Para ello, necesitamos una buena provisión de “aceite”: mirar con esperanza al futuro para vivir el presente con mayor discernimiento y sensatez.

Dos extremos debemos evitar: el esfuerzo por hacer pronósticos de cuándo será el fin del mundo, porque muchos se atreven a hacer conjeturas catastrofistas con expresiones fanáticas, que no pueden dar como resultado una sincera conversión, sino más bien, espanto y terror.

El otro extremos es del displicente que piensa que el Señor se ha olvidado y no cumplirá su promesa volver un día.

No sabemos el día y la hora, pero sí sabemos que hay que estar preparados y vigilantes y el Señor nos ha dicho cómo se puede estarlo.

Cristo nos ha dado la dirección del camino, pero no la duración del viaje: “Si alguno quiere servirme, que me siga; y donde yo esté, estará también allí mi servidor. A quien me sirva, mi Padre lo glorificará” (Jn 12,26).

Y esta preparación es personal: cuando las necias pidieron a las sensatas un poco de aceite, la respuesta de estas últimas parece muy egoísta: “Como no vamos a tener suficiente para ustedes y nosotras, será mejor que vayan a la tienda y lo compren” (Mt 25,9)

Esto no significa que las sensatas no quisieran compartir. Es que hay realidades y valores que no se pueden “transferir”. El encuentro con el Señor es personal e insustituible, nadie puede hacerlo por nosotros o en nuestro lugar. Cada uno es protagonista insustituible de su historia y responsable de sus actos. Cada uno tiene que dar su propia respuesta de fe al Señor. No basta decirles a otros que oren por ti.

Muchos tratan de adivinar el futuro. El cristiano no tiene necesidad de conocer la fecha exacta. El creyente no es alguien que viaja tenso con el calendario en la mano; no es alguien que ya sabe todo de antemano. Su preocupación no debe ser, en cuanto a la fecha, estar “informado”, sino más bien la de estar preparado.

Esa reserva de aceite para la lámpara es una buena dosis de fe, de esperanza, de amor para tus seres queridos, que hará mucha falta en momentos críticos.

Los matrimonios, normalmente comienzan bien, con mucha ilusión. La vida del trabajo también: con mucha entrega y dedicación. Muchos proyectos y actividades comienzan bien. Pero el aceite en esa lámpara no va a durar para siempre, hay que tener una reserva aparte para alimentar la luz de la lámpara.

No hay que dejar las cosas para más tarde. El aceite para mañana se tiene que conseguir hoy. La oración de cada día tiene alcances insospechados: uno vive como ora. Usualmente decimos que no tenemos tiempo para “esas cosas”. Pero de ese “paréntesis” que hacemos en medio de nuestra vida agitada, dependerán muchas cosas después. Como decía Bonhoeffer, teólogo protestante alemán: “La oración temprana decide sobre el día”.

También lecturas edificantes que inspiren sentimientos y acciones nobles en nosotros. No hay recetas perfectas, cada uno debe hallar la manera de procurarse el aceite para que su lámpara esté encendida.

Que Dios les bendiga.

Su hermano, José Jesús Mora

AMAR A DIOS Y AL PRÓJIMO

VITAMINAS PARA EL CORAZÓN, Domingo 26 de Octubre de 2008

Una de las cosas más difíciles, pero necesarias, es la de saber distinguir entre lo esencial y lo secundario. Porque en muchas ocasiones lo más importante puede quedar sepultado con cosas de menor importancia que nos distraen y confunden.

Los judíos del tiempo de Jesús seguramente se sentían agobiados por una montaña de preceptos: 248 mandamientos y 365 prohibiciones.

Imagínese usted, si a muchos de nuestros fieles católicos se les hace difícil recitar de memoria los diez mandamientos, qué complicación no tendrían los judíos para aprenderse todo eso.

“Uno de los fariseos, que era doctor de la ley, le preguntó para ponerlo a prueba: “¿Cuál es el mandamiento más grande de la ley?” (Mt 22,35).

En el evangelio de Marcos es un Escriba que le hace la pregunta con sincera y comprensible preocupación.

Hacer preguntas es señal de inquietud, ganas de hacer bien las cosas o hacerlas mejor.

La respuesta de Jesús parece demasiado breve a simple vista. Pero es una tarea que nos lleva toda la vida: Ama en dos direcciones: a Dios y a tu prójimo.

Tanto el Fariseo como el Escriba habían preguntado por un solo mandamiento. Jesús le contesta con dos. Nos enseñó que el amor a Dios es inseparable del amor al prójimo. Nos enseñó que se equivocarán siempre aquellos que piensan que pueden estar en paz con Dios y al mismo tiempo están odiando a alguien. Nos enseñó que es un acto de hipocresía alabar a Dios y al mismo tiempo insultar o calumniar a una persona.

La originalidad de Jesús consiste en establecer una relación inseparable, indisoluble, entre dos mandamientos que, en el Antiguo Testamento, estaban dispersos: Amarás a Dios con todas tus fuerzas” (Dt 6,4-5) y amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Lv 19,18).

Claro que Jesús establece un orden prioritario, puesto que sería imposible amar a los demás, especialmente a los que nos caen pesados o nos han hecho daño, si no amáramos primero a Dios. Cuando intentamos amar a los demás con nuestros propios criterios no lo logramos porque somos muy selectivos: amamos a los que se nos es fácil amar. Hacemos del amor una forma de premio o de castigo.

Sólo cuando nos acercamos a Dios y le amamos, correspondiendo a su iniciativa ya que Él nos amó primero, nos contagiamos de su bondad, de su compasión, de su ternura, de su paciencia, de su amor.

Y a la vez, la única forma, la única medida, el único termómetro que existe para probar nuestro amor a Dios, es la forma en que tratamos a los que nos rodean: “Si alguno dice: ‘‘amo a Dios», y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve” (1 Jn 4, 20).

No existe otro camino para demostrarle a Dios nuestro amor que el mismo que Él trazó: amando a nuestro prójimo.

Decía Kierkegaard que “El amor de Dios y el amor al prójimo son dos hojas de una puerta que sólo pueden abrirse y cerrarse juntas”.

Y para que no pongamos pretextos evasivos en este mandamiento, la Palabra de Dios de este día nos da unas sugerencias concretas en la Primera Lectura:

“No hagas sufrir ni oprimas al extranjero, porque ustedes fueron extranjeros en Egipto. No explotes a las viudas ni a los huérfanos, porque si los explotas y ellos claman a mí, ciertamente oiré yo su clamor (…) Si tomas en prenda el manto de tu prójimo, devuélveselo antes de que se ponga el sol, porque no tiene otra cosa con qué cubrirse; su manto es su único cobertor y si no se lo devuelves, ¿cómo va a dormir?” (Ex 22,20-26)

Este es un extracto del Código de la Alianza, un catálogo de leyes sociales impregnadas de un gran humanismo. En él se mencionan a las clases de personas menos afortunadas en un grupo social:

· el extranjero, es decir, los migrantes, que no son inversionistas, sino gente que ha salido de su país buscando mejores condiciones de vida en otro sitio. No poseen nada más que lo que el trabajo de cada día les permite.

· La viuda y el huérfano: ambos han quedado en el abandono y tampoco poseen nada.

· El pobre que pide prestado en caso de necesidad para poder sobrevivir quedando a merced del que le presta con intereses asfixiantes.

Podríamos ampliar la lista tanto de los necesitados como la de los que los explotan. Pero lo más importante es recordar que para los primeros, Dios pide solidaridad. Y a los segundos, les advierte que sus injusticias serán castigadas.

Dios continúa presentándose ante nosotros diariamente, con un “disfraz” humano. Ese rostro triste, ese cuerpo desnutrido, esa persona poco agraciada y harapienta, es Dios como menos lo esperabas, verificando que tu amor a Él no sean palabras, sino buenas obras.

Que Dios les bendiga

Su hermano, José Jesús Mora

CUÁNTAS VECES DEBO PERDONAR

VITAMINAS PARA EL CORAZÓN, Domingo 14 de Septiembre

Una de las actitudes no negociables de la vida cristiana es el perdón. No nos llamamos “cristianos” porque nuestro nombre aparece en el Registro Bautismal de la Parroquia, ni porque vamos a misa el domingo, sino porque imitamos su estilo de vida, especialmente en cuanto a la entrega y el perdón se refiere. Y tal vez sea ésta última la lección más difícil de aprender.

“Acercándose Pedro a Jesús le preguntó: si me hermano me ofende, ¿cuántas veces lo tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?”

¿De dónde le surge esta inquietud? ¿Alguien había rebalsado el vaso de su paciencia o ese día se sintió muy generoso y dispuesto a ofrecer perdones rezagados? No sabemos, pero resulta curiosa la cifra sugerida por la “generosidad” de Pedro (siete). Tal vez por simbolizar el número de la perfección.

Pero la respuesta de Jesús echó por bajo sus cálculos, pues “setenta veces siete” no es una operación aritmética que da como resultado una gran cifra, sino un adverbio: siempre. Es decir, no podemos poner límites ni ser selectivos: siempre y a todos.

Lo que para muchos sería un acto heroico que requiere un esfuerzo sobrenatural, para los creyentes debe ser lo constante y natural, el sello que garantiza la coherencia cristiana.

Pero nos la hemos arreglado para “hacer compatible” el llamarse cristiano y guardar odio y rencor; ser “buenos cristianos” y desear el mal a otros; ser fieles cumplidores de los deberes religiosos y negarle el habla al que nos tiene resentido; ir a misa y cargar deseos de venganza.

Hemos etiquetado como “normal” ser un buen cristiano pero un jefe déspota, ser un buen cristiano y a la vez un mal vecino, ser un buen cristiano y tener una boca ofensiva. Este es el cristianismo ligth, bajo en calorías, no tan exigente en este y otros puntos difíciles.

Y nos sobrarán mil pretextos para justificar nuestro comportamiento: los demás no merecen nuestro perdón, o los vamos a acostumbrar a que nos falten al respeto, tienen que pagar por lo que hicieron, no me corresponde a mí dar el primer paso, si quiere que lo perdone tiene que venir ante mí y humillarse, y un largo etcétera.

Pues hoy, Jesús nos cuenta esta parábola para que tomemos conciencia de que todos somos deudores insolventes, con la esperanza de que esto nos ayude a aprender a perdonar.

Los contrastes en la parábola son abismales: un empleado le debía a su rey diez mil talentos o millones, una suma estratosférica (1 talento eran 6,000 denarios), tan grande que para medio pagarla era menester venderse él mismo, su mujer, sus hijos y todas sus posesiones. Otro empleado, en cambio, le debía a él apneas cien denarios, una pequeña cantidad por la que podía exigir solamente unos pocos días de cárcel.

Ambos deudores, pero de cantidades muy diferentes, apelan a la misericordia de la misma forma: “ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo”. El que debía mucho recibe no solo comprensión, sino también la total condonación de esa deuda impagable. Pero al nomás salir, lejos de mostrarse compasivo, se muestra inmisericorde con el que le debía poco, mandándolo a la cárcel.

No ha transgredido mandamientos religiosos. Podrá seguirse viendo como un hombre piadoso dentro de la Iglesia, pero ante Dios es un mal agradecido que no ha aprendido la lección de la compasión, un intransigente que ha sido incapaz de transmitir lo que ha recibido: el perdón, dedicándose a consumirlo y acapararlo egoístamente.

La lección es clara: si comparamos las deudas (ofensas) que los demás tienen con nosotros, no son nada en comparación con la deuda que tenemos con Dios. Por eso el Rey pregunta al siervo despiadado: “Siervo malvado, ¿no debías haber tenido compasión de tu compañero como yo la tuve de ti?”

Nadie busca ser ofendido. No conozco a nadie que las disfrute. Toda ofensa es una injusticia y no podemos gozarnos por ellas. Pero suceden: unas veces seremos ofendidos y otras veces seremos ofensores. Debemos enseñar a perdonar, pero también debemos enseñar a no ofender.

Pero que nunca se nos olvide que cuando alguien nos ofende se nos presenta la oportunidad de imitar el gesto magnánimo de Nuestro Señor. Son muchos los que dejan pasar esta ocasión.

Cuando Dios nos dice “Yo te perdono” al mismo tiempo nos está diciendo: “Aprende y perdona tú también”.

Todos nacemos millonarios: vida, dones, salud, capacidad, sol, agua, plantas, etc. Pero casi nadie se reconoce deudor. Pero cuando llegue ese momento en que reconozcamos que lo que somos y tenemos de Dios lo hemos recibido, tomemos también conciencia de que la única forma en que podemos pagarle es haciendo el bien a otros.

Si a veces sentimos tan difícil perdonar es porque lo vemos como una obligación: “¿Cuántas veces debo perdonar?” El perdón no es una imposición, sino una gran oportunidad. No es un gran peso, sino más bien una liberación. No es una obligación, sino un gesto de amor.

“La espiral de odio y violencia solo puede ser frenada con el milagro del perdón” Juan Pablo II

Que Dios les bendiga

Su hermano, José Jesús Mora

LA CORRECCIÓN FRATERNA

VITAMINAS PARA EL CORAZÓN, Domingo 7 de Septiembre de 2008

En nuestro ambiente cualquiera no solo se siente con el derecho, sino también con la capacidad de corregir a los demás. Tal parece que experimentamos una cierta fascinación al decirle al otro de qué forma debe comportarse. Lo gracioso es que somos pocos receptivos y tolerantes cuando alguien trata de hacerlo con nosotros.

No podemos llamar a la indiferencia “respeto” o “tolerancia”. Decían los antiguos romanos “Si no tienes un amigo que te diga tus defectos, págale a un enemigo para que te los diga”. Si los demás fallan y no les ayudamos a verlo, es como si no existieran para nosotros. El “vive y deja vivir” es una invitación para egoístas e individualistas que no están interesados en los demás.

La Primera Lectura nos recuerda que es un deber corregir al que se equivoca:

“Si yo pronuncio sentencia de muerte contra un hombre, porque es malvado, y tú no lo amonestas para que se aparte del mal camino, el malvado morirá por su culpa, pero yo te pediré a ti cuentas de su vida. En cambio, si tú lo amonestas para que deje su mal camino y él no lo deja, morirá por su culpa, pero tú habrás salvado tu vida” (Ez 33,8-9)

Aunque algunos disfrutan meterse en la vida de otros, corregir es algo distinto. No es un proceso acusatorio y condenatorio; no es un interrogatorio con torturas; es ayudarle a otro a crecer, a superar una situación perjudicial, es demostrarle que lo hacemos porque nos importa. Es reconocer que también podemos tener parte de culpa en sus errores. Que no corregimos desde la arrogancia, sino del reconocimiento humilde de que también nos equivocamos y somos tan pecadores o más que el que estamos corrigiendo.

“Si tu hermano peca –dice el Señor–habla con él a solas…” (Mt 18,15)

Debemos reconocer que con frecuencia no es con el interesado con el que hablamos. Que hay una tendencia irresistible a devorarnos al hermano a sus espaldas. Que el chisme –aunque decimos que no nos “gusta” –nos “entretiene”.

O que, muchas veces de manera consciente, a propósito, nos gusta humillar en público al que se ha equivocado; nos deleitamos sacando sus “trapos sucios” al sol.

José Luis Martín Descalzo en su libro “Razones para vivir” nos regala estas leyes para el arte de criticar:

1º Hacer la crítica “cara a cara”. Es decir, hacérsela al interesado, de frente y con respeto. Tirar la piedra y esconder la mano es de mezquinos y cobardes.


2º Hacer la crítica en privado (a no ser que se trate de cosas públicas). Decirle a uno sus defectos en público es contraproducente.

3º En la crítica, no hacer comparaciones, que resultan odiosas. Nunca le digas a un hijo: “aprende de tu hermano o tu primo”. Cada persona es cada persona. Cada caso es cada caso. Las circunstancias diversas pueden cambiar los casos radicalmente.


4º Criticar los hechos, nunca las intenciones. Sólo Dios conoce los corazones. Mientras no nos conste de lo contrario debemos pensar en la buena fe del prójimo. Eso de “piensa mal y acertarás”, aunque algunas veces dé resultado, es poco caritativo. Es más acertado aquello de “piensa bien mientras no tengas razones que te obliguen a pensar mal”.


5º Criticar con objetividad. Sin exagerar. Evitar las palabras “siempre”, “nunca” y “toda la vida”. Nadie es siempre malo.


6º Criticar una sola cosa cada vez. Soltar de golpe muchas críticas es agobiante.


7º No repetir la misma crítica frecuentemente. No seremos eficaces al ser machacones. El que perdona pero “nunca olvida”, es que no ha perdonado de verdad.


8º Elegir el momento oportuno, tranquilo. Si el que se siente ofendido reprocha amargamente al que se ha equivocado, se agrandará la herida en lugar de curarse.


9º Comprobar bien lo que se critica. Basarse sobre rumores, chismes o sospechas es exponerse a ser injusto.


10º Ponerse en el lugar del criticado para no hacer a nadie lo que no nos gusta que nos hagan a nosotros. Si supiéramos las razones que el otro ha tenido, seríamos mucho más indulgentes y comprensivos.

Y por último: para saber corregir, hay que saber dialogar. Dialogar no es discutir. Es buscar la verdad entre dos personas de manera humilde y objetiva. Es dar y recibir al mismo tiempo. Cada uno puede ver lo que la otra persona no ve. Los dos pueden enriquecerse mutuamente. Y en las discusiones no pretendamos aplastar al otro. Escuchemos sus razones. Apreciemos lo verdadero que hay. Y procuremos ver si desde los dos puntos de vista distintos podemos llegar a la misma verdad.


Una anécdota breve: iban por un camino dos burros atados por el cuello con una cuerda muy corta. A ambos lados del camino había zacateras. Cada uno tiraba hacia su lado. Pero como la cuerda era corta, ninguno de los dos llegaba a la comida. Se miraron y se entendieron. Fueron los dos juntos a una de las zacateras, y después los dos a la otra. Después de todo, no eran tan burros.

Que Dios los bendiga,

Su hermano, José Jesús Mora

Lección de Fe

VITAMINAS PARA EL CORAZÓN, Domingo 17 de Agosto

“Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarles: Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David” (Mt 15,22)

Este es uno de los pasajes más escandalosos e impresionantes por lo que Jesús dice y hace. Él mismo nos había invitado a pedir confiadamente: “Pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llame y se les abrirá” (Mt 7,7-12).

La mujer cananea no pide para sí misma, sino por la salud de su hija. Pero, sorprendentemente, Jesús la ignora y luego la rechaza con una frase dura: “No está bien echar a los perros el pan de los hijos” (Mt 15,26)

Pero, ¡¡¡¿qué le sucede a Jesús?!!! Si lo hubiera dicho en nuestro tiempo, seguro le diríamos al oído: “cuidado, Señor, que te están grabando y luego ponen tu video en youtube”.

Jesús repite el apelativo despectivo que los judíos daban a los paganos: “perros”. No hay en los evangelios otra escena más chocante de parte de Jesús que esta.

¿Ponía a prueba la fe de esta mujer o la trataba mal de forma gratuita e injustificada? Jesús no nos dijo nada sobre su intención. Ni siquiera trató de justificar su actitud. Pero parece que logró lo que quería: darnos una gran lección de fe.

La fe de la mujer es tenaz y perseverante. No se deja desanimar ni desmoralizar. No se desespera ni se enoja. Está dispuesta, por el bien de su hija, a llegar hasta las últimas consecuencias. Llevaba casi todo en contra: la mujer era menospreciada en ese tiempo, era extranjera (pagana) y, además, cananea (eran de los principales adversarios de los judíos). Pero iba “armada” de una fe blindada a prueba de desaires e insultos.

Esta mujer demostrará a los que no son judíos, que es posible pertenecer al pueblo de Dios, no por medio de la raza, sino por medio de la fe: “Ya no hay distinción entre judío y no judío, ni entre esclavo y libre, ni entre varón y mujer. En Cristo Jesús, todos sois uno” Gál. 26, 28. No es el título el determinante, sino el grado de confianza en Dios.

Es tan grande la humildad de esa mujer que acepta como válido el insulto de “perro” y, astutamente le da vuelta a la situación: “Sí, pero hasta los perros comen de las migajas que caen de la mesa de los amos”.

Actuando así le “arranca” a Jesús no solo el milagro deseado, sino un extraordinario elogio: “Mujer, qué grande es tu fe”. Hacen “pulso” y la mujer gana. La fe siempre salva.

Jesús, en complicidad con la mujer cananea, echará por bajo el prejuicio religioso al que se aferraban los fariseos y, en general los judíos. Detrás de ese aparente celo religioso, se escondía el deplorable menosprecio por ciertas personas. La ecuación, desde el punto de vista judío era sencilla: ser judío era ser religioso, es decir, bueno. Ser extranjero era ser pagano, es decir, malo.

Dicen que en una ocasión, un pordiosero que entraba a la Iglesia a pedir limosna, era sacado con poca delicadeza una y otra vez. Hasta que cansado, le puso la queja a Dios: “-Mira, Señor, que no me dejan entrar en la Iglesia”. Y Dios le respondió: “-Y de qué te quejas, hace mucho tiempo a Mí tampoco me dejan entrar allí…”

No en vano, San Juan nos afirma “Dios es amor”. De tal modo que la verdadera diferencia no está entre los que van y no van a Misa. Sino entre los que aman y no aman. Donde hay amor, allí está Dios (Ubi caritas, Deus ibi est).

La mujer cananea nos dejó esta gran lección: si confías que Jesús puede hacer algo a favor tuyo o de tus seres queridos, pide, ora, no te desanimes, persevera, sé humilde, pide de varias formas, se creativo, se testarudo, no desistas hasta lograr lo que necesitas.

Todos somos un poco cananeos. Hay momentos desesperantes en nuestra vida. Pero cuando le damos la razón al Señor, salimos ganando. Es lo que hace la mujer: asombrosamente, Jesús le llama “perro”. Y ella, con humildad le da la razón para utilizar el argumento a su favor, pues hasta los perros son protegidos y alimentados por su amo.

Si le decimos a Dios: “Es verdad, Señor, me lo merezco, pero ten misericordia de mí”, muchas cosas podrán cambiar. Tenemos que vencer esa soberbia con la que cuestionamos los designios de Dios en nuestra vida. “Es verdad, Señor, me he equivocado, pero necesito que saques algo bueno de esos errores”.

Es tan conmovedora la auténtica humildad, que hasta Dios “lleva las de perder” cuando le damos la razón. Jesús se sintió muy feliz de salir vencido por la fe humilde y tenaz de la cananea. Esta es la única arma con la que Dios se deja vencer: la fe, la confianza total en Él.

Que Dios les bendiga

Su hermano, José Jesús Mora