VITAMINAS PARA EL CORAZÓN
DEL PRIMER DOMINGO DE LA CUARESMA
No quise privarme de hacer una reflexión sobre este tema de las Tentaciones porque es y será una realidad que nos acompañe a lo largo de nuestra vida hasta el último día.
Las tentaciones del Señor son hermanas gemelas de las nuestras sin necesidad de apariciones diabólicas. La tentación cruzó la vida de Jesús como cruza también la nuestra: sintió el halago y el miedo, la angustia y la impaciencia, la violencia y la desesperación, la tentación de mirar atrás y no seguir. La tentación acompañó a Jesús hasta la hora trágica de su muerte.
Es tan astuto Satanás, que muchas veces no ofrece directamente el mal, sino la aparente satisfacción o felicidad.
Primera Tentación: “Haz que estas piedras se conviertan en pan”
¿Quién no desea las cosas más fáciles? Todos queremos obtener resultados inmediatos con el menor esfuerzo o sacrificio posible.
El problema es que buscando atajos, vamos haciendo trampa, mintiendo, engañando, aprovechándonos de otros. La fidelidad, la perseverancia, la integridad, cuestan. A veces estas exigencias son tan duras como la piedra. Quisiéramos ablandarlas como el pan. Tal vez envidiamos la “suerte” de otros, a quienes parece que las cosas se les dan fácilmente.
Y esa es la tentación: no hacer las cosas como Dios manda porque nos cuesta. El diablo es tan astuto que nos presenta alternativas fáciles, pero egoístas. Caminos cortos, pero incorrectos.
Segunda Tentación: “Arrójate de la cumbre del Templo…pues los ángeles de Dios te sostendrán”
Debemos guardar el justo equilibrio entre la audacia y la prudencia. Hay que revisar nuestras posibilidades, opciones y alternativas en la presencia de Dios, y preguntarnos si son conformes con su voluntad.
Es cierto que el mayor riesgo es no hacer nada. Pero hay riesgos que asumimos sin pensar en las consecuencias, atraídos únicamente por una ambición desmedida, por un interés afectivo desordenado, por la codicia obsesiva.
El exceso de audacia es insensatez y el exceso de prudencia es cobardía. Para eso Dios nos ha dado la conciencia, que nos permite discernir qué es lo correcto. Pues aunque nos arrojemos confiando en Dios en una empresa que nos aparta de Él y perjudica a otros, aunque nos tiremos desde la punta del Templo, no habrá ángeles, ni colchón, ni paracaídas. Y lo malo de los remordimientos, es que llegan demasiado tarde.
Tercera Tentación: “Arrodíllate…y te lo daré todo”
Esta es la tentación del poder. No se sabe qué admirar más: si la astucia o el descaro con que Satanás pide ser adorado o si la tranquilidad con la que alardea de que el poder de este mundo es suyo y puede dárselo a quien quiera.
Muchos de los que han llegado al poder han entregado –de buen gusto –su integridad, su familia, sus valores, su conciencia, su reputación, su sensibilidad, su alma, su futuro y, hasta su vida eterna. El poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente.
Por eso toda autoridad debe ejercerse con respeto y cuidado, preocupado por el bien de los demás.
Como seres humanos, siempre estaremos tentados. Pero el Señor nos ha dicho cómo prepararnos para esas situaciones inoportunas, peligrosas e imprevistas: “Oren y velen para no caer en tentación” (Mt 26,41)
Y si hemos caído en el engaño del Tentador, Dios estará dispuesto al perdón, pero la condición es un sincero arrepentimiento que nos lleve a reparar los daños causados poniendo todo de nuestra parte para no reincidir. Pues mientras no asomen el arrepentimiento sincero y la disposición de evitar la tentación, viviremos jugando a «encenderle una candela a Dios y otra al diablo».
Que Dios les bendiga,
Su hermano, José Jesús Mora








