Lección de Fe

VITAMINAS PARA EL CORAZÓN, Domingo 17 de Agosto

“Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarles: Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David” (Mt 15,22)

Este es uno de los pasajes más escandalosos e impresionantes por lo que Jesús dice y hace. Él mismo nos había invitado a pedir confiadamente: “Pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llame y se les abrirá” (Mt 7,7-12).

La mujer cananea no pide para sí misma, sino por la salud de su hija. Pero, sorprendentemente, Jesús la ignora y luego la rechaza con una frase dura: “No está bien echar a los perros el pan de los hijos” (Mt 15,26)

Pero, ¡¡¡¿qué le sucede a Jesús?!!! Si lo hubiera dicho en nuestro tiempo, seguro le diríamos al oído: “cuidado, Señor, que te están grabando y luego ponen tu video en youtube”.

Jesús repite el apelativo despectivo que los judíos daban a los paganos: “perros”. No hay en los evangelios otra escena más chocante de parte de Jesús que esta.

¿Ponía a prueba la fe de esta mujer o la trataba mal de forma gratuita e injustificada? Jesús no nos dijo nada sobre su intención. Ni siquiera trató de justificar su actitud. Pero parece que logró lo que quería: darnos una gran lección de fe.

La fe de la mujer es tenaz y perseverante. No se deja desanimar ni desmoralizar. No se desespera ni se enoja. Está dispuesta, por el bien de su hija, a llegar hasta las últimas consecuencias. Llevaba casi todo en contra: la mujer era menospreciada en ese tiempo, era extranjera (pagana) y, además, cananea (eran de los principales adversarios de los judíos). Pero iba “armada” de una fe blindada a prueba de desaires e insultos.

Esta mujer demostrará a los que no son judíos, que es posible pertenecer al pueblo de Dios, no por medio de la raza, sino por medio de la fe: “Ya no hay distinción entre judío y no judío, ni entre esclavo y libre, ni entre varón y mujer. En Cristo Jesús, todos sois uno” Gál. 26, 28. No es el título el determinante, sino el grado de confianza en Dios.

Es tan grande la humildad de esa mujer que acepta como válido el insulto de “perro” y, astutamente le da vuelta a la situación: “Sí, pero hasta los perros comen de las migajas que caen de la mesa de los amos”.

Actuando así le “arranca” a Jesús no solo el milagro deseado, sino un extraordinario elogio: “Mujer, qué grande es tu fe”. Hacen “pulso” y la mujer gana. La fe siempre salva.

Jesús, en complicidad con la mujer cananea, echará por bajo el prejuicio religioso al que se aferraban los fariseos y, en general los judíos. Detrás de ese aparente celo religioso, se escondía el deplorable menosprecio por ciertas personas. La ecuación, desde el punto de vista judío era sencilla: ser judío era ser religioso, es decir, bueno. Ser extranjero era ser pagano, es decir, malo.

Dicen que en una ocasión, un pordiosero que entraba a la Iglesia a pedir limosna, era sacado con poca delicadeza una y otra vez. Hasta que cansado, le puso la queja a Dios: “-Mira, Señor, que no me dejan entrar en la Iglesia”. Y Dios le respondió: “-Y de qué te quejas, hace mucho tiempo a Mí tampoco me dejan entrar allí…”

No en vano, San Juan nos afirma “Dios es amor”. De tal modo que la verdadera diferencia no está entre los que van y no van a Misa. Sino entre los que aman y no aman. Donde hay amor, allí está Dios (Ubi caritas, Deus ibi est).

La mujer cananea nos dejó esta gran lección: si confías que Jesús puede hacer algo a favor tuyo o de tus seres queridos, pide, ora, no te desanimes, persevera, sé humilde, pide de varias formas, se creativo, se testarudo, no desistas hasta lograr lo que necesitas.

Todos somos un poco cananeos. Hay momentos desesperantes en nuestra vida. Pero cuando le damos la razón al Señor, salimos ganando. Es lo que hace la mujer: asombrosamente, Jesús le llama “perro”. Y ella, con humildad le da la razón para utilizar el argumento a su favor, pues hasta los perros son protegidos y alimentados por su amo.

Si le decimos a Dios: “Es verdad, Señor, me lo merezco, pero ten misericordia de mí”, muchas cosas podrán cambiar. Tenemos que vencer esa soberbia con la que cuestionamos los designios de Dios en nuestra vida. “Es verdad, Señor, me he equivocado, pero necesito que saques algo bueno de esos errores”.

Es tan conmovedora la auténtica humildad, que hasta Dios “lleva las de perder” cuando le damos la razón. Jesús se sintió muy feliz de salir vencido por la fe humilde y tenaz de la cananea. Esta es la única arma con la que Dios se deja vencer: la fe, la confianza total en Él.

Que Dios les bendiga

Su hermano, José Jesús Mora

CUANDO LA BOTÁNICA NO BASTA

VITAMINAS PARA EL CORAZÓN, Domingo 20 de julio de 2008

Trigo y Cizaña: Cuando la Botánica no basta

“Siendo Tú el dueño de la fuerza, juzgas con misericordia y nos gobiernas con delicadeza” (Sab 12,17)

Se dice que el poder corrompe; y el poder absoluto, corrompe más todavía. Todo poder humano termina siendo opresivo, dominante y abusivo. Pero hábilmente tratamos de disfrazarlo con términos y frases estereotipadas: “Quien obedece, no se equivoca”; “es la voluntad de Dios”; “es el poder del pueblo”, etc.

Nos han hecho pensar que la compasión es debilidad y la humildad es virtud de tontos. La Biblia no piensa igual: “Siendo Tú el dueño de la fuerza…” Se requiere mayor fortaleza interior para dominar la ira, que para darle rienda suelta. La violencia es el recurso irracional de los cobardes.

La autoridad que no está orientada a servir y hacer el bien, pierde legitimidad. Hay que contemplar a Dios y el uso que hace de su poder: todo lo orienta hacia la vida, a nuestra protección, a dar respuestas a nuestras súplicas, a atender a la humanidad, a mantener un orden preciso en la creación, a consolar, a renovar, a crear, a levantar, a salvar.

Juzgar con misericordia y gobernar con delicadeza, es la sugerencia nos hace esta lectura a los que, de una u otra forma, tenemos autoridad sobre otras personas, en el hogar o en el trabajo.

La Parábola del Trigo y la Cizaña (Mt 13,24-43)

Esta parábola contiene muchos detalles que contrastan. El primero de ellos es que el dueño del campo siembra y el enemigo hará lo mismo después, solo que ambos sembrarán semillas distintas. El amo hace su trabajo de día. El enemigo lo hace a hurtadillas, aprovechando las tinieblas de la noche y el sueño de los labradores, empeñado en destruir el trabajo de otros (aunque ahora el mal trabaja descaradamente a plena luz).

En mi vida, me he hecho esta pregunta con frecuencia. ¿Cómo es posible que haya personas que disfrutan haciéndole daño a otras? Siembran intrigas, serruchan el piso, esconden su incapacidad echándoles la culpa a otros. Lo peor de todo es la hipocresía con que te sonríen y luego te “juegan la vuelta”.

Pero Dios es el dueño del campo y también del tiempo. Aunque ante situaciones difíciles nos desesperamos y nos precipitamos, Dios no cae en la impaciencia. Los labradores de manera intempestiva querían arrasar con la cizaña. Pero el amo sabe que hay un riesgo: que la prisa nos lleve a cometer más errores.

Si bien podemos acertar en el diagnóstico, el remedio que aplicamos no siempre es efectivo. Cuando los hijos se rebelan, los padres se endurecen. Si bien la disciplina es muy importante, hay que preguntar si parte de la rebeldía no es un reclamo legítimo que demanda más tiempo, afecto, cercanía y atención. Y esto vale también para las parejas.

Los trabajadores preguntan al dueño del campo ¿De dónde salió la cizaña? ¿Acaso no sembraste trigo?

¿Y si parte de esa cizaña salió de nosotros mismos? Porque todos pensamos que el mal es hijo de padre ajeno. Pero nuestra negligencia y nuestra indiferencia pueden engendrarlo. Cada vez que no amamos ni hacemos lo suficiente, eso nos convierte en partícipes y cómplices del mal.

Con tanta frecuencia como precipitación, juzgamos a los demás, no por lo que son, sino por lo que fueron, colgándoles a la espalda su pasado y sin permitirles un cambio, una mejoría o ruta distinta. El intolerante jamás tolera en los demás lo que él no aguanta, pero no puede evitar, en sí mismo.

La mayoría hemos utilizado ese viejo truco con alguien que no nos cae bien: lo etiquetamos como cizaña para justificar nuestros ataques.

No podemos simplificar las ecuaciones pensando ingenuamente que en nuestro campo solo hay trigo. Nuestra vida no está exenta de cizaña, como si hubiéramos encontrado una vacuna infalible. Tenemos la ardua tarea cada día de cultivar en el corazón el buen trigo y limpiar la maleza que ha crecido por negligencia.

No pensemos de primas a primera que poseemos el herbicida infalible para la cizaña o la terapia radical más efectiva para eliminar la mala hierba. Tampoco podemos resignarnos y quedándonos de brazos cruzados.

Dios no se muestra conformista. Cuando detiene la intemperancia de sus trabajadores, es porque la forma eficaz de erradicar el mal no es con acciones de venganza. El odio y el mal se fortalecen cuando los alimentamos con más odio.

Porque aunque en el reino natural la cizaña no cambia, en el plano humano, el amor paciente y perseverante puede transformar en buen trigo la cizaña.

Que Dios les bendiga

Su hermano, José Jesús Mora

Entender que no entendemos

VITAMINAS PARA EL CORAZÓN, DOMINGO 13 de julio de 2008

Es necesario entender que no entendemos…

1. “Como baja del cielo la lluvia…y no vuelve allá sino después de empapar la tierra y fecundarla para hacerla germinar…así será toda Palabra que salga de mi boca” (Is 55,10-11)

Tal vez no hemos sido lo suficientemente conscientes del poder que tiene la palabra: puede consolar, animar, fortalecer, inspirar; pero también puede entristecer, herir, y destruir. Basta una palabra para influir en el estado de ánimo de otros. Si la simple palabra humana puede hacer todo esto, ¿seríamos capaces de dudar del poder y efectividad de la Palabra de Dios?

Lo que Dios dice -a diferencia de nuestros políticos- lo hace. Lo que promete, lo cumple. La Palabra de Dios a lo largo de la historia humana ha transformado vidas, ha ablandado corazones duros, ha levantado gente muerta en vida, ha sanado heridas profundas, ha devuelto la esperanza. Lo ha hecho y lo seguirá haciendo. La lluvia no cae en vano. Tiene su propósito. Dios no habla por hablar.

Pero, como decía San Agustín, “Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti”. La Palabra de Dios espera y necesita respuesta. Es una promesa que avanza hacia su cumplimiento en la medida en que respondemos a cada momento de nuestra historia. Su poder no es mecánico y su eficacia no suplanta nuestros esfuerzos.

2. “La creación entera está gimiendo toda ella con dolores de parto” (Rm 8,22)

En el mundo hay tanto sufrimiento, contaminación, violencia, que nos hace preguntarnos ¿Y a qué o para qué vino Jesucristo? ¿Acaso las cosas han mejorado desde que vino?

San Pablo nos recuerda que hay una diferencia entre la concepción y el nacimiento. Este es un período de gestación. Algo importante ha sido concebido en el mundo con el nacimiento y muerte del Hijo de Dios. Lejos de desanimarnos en este período de Gestación, debemos ver las crisis como grandes oportunidades.

No hay otra forma de enfrentar los retos que con esperanza y decisión. La imagen de los dolores de parto, que utilizaban algunos filósofos griegos para hablar del renacimiento de la naturaleza en primavera, le sirve a Pablo para expresar la situación de toda la creación.

Los momentos difíciles son transitorios y, dependiendo mucho de nosotros mismos, de nuestras actitudes, pueden dar paso a una mejor realidad, tan insospechada que no nos atrevemos ni siquiera a soñar.

Decía Víctor Hugo que El futuro tiene muchos nombres. Para los débiles es lo inalcanzable. Para los temerosos, lo desconocido. Para los valientes es la oportunidad”

3. “Los discípulos le preguntaron: -¿Por qué les hablas en parábolas?

Jesús les respondió: – porque viendo no ven, y oyendo no oyen ni entienden. Al que tiene, se le dará más y nadará en la abundancia; pero al que tiene poco, aun eso poco se le quitará” (Mt 13,11-13)

Resulta sorprendente la respuesta de Jesús a la inquietud de sus discípulos. Siempre hemos pensado que la parábola fue uno de los mejores recursos pedagógicos que Jesús utilizó para que le comprendiéramos.

Sin embargo, la respuesta diera la impresión de todo lo contrario. Como que más bien quería que no le entendiéramos.

Es importante señalar que la parábola no era una fábula o un relato simpático a manera de intermedio entre discursos doctrinales pesados. No era un momento de relax o de chistes durante el día. Era una lección severa y seria, con frecuencia una señal de alarma o un llamado a la responsabilidad.

No da la verdad ya masticada. Obliga a pensar, buscar, profundizar, explorar. Porque su verdadero significado no se encuentra en la superficie de las imágenes usadas, sino detrás o debajo de ellas. Lejos de entretener y divertir, las parábolas de Jesús sacuden y golpean.

Por eso me parece importante reflexionar sobre esta respuesta de Jesús, pues tenemos la tendencia de trivializar (como mecanismo de defensa) lo que no entendemos o lo que no queremos entender.

Lo primero que debemos aceptar con humildad es que debemos pedir sabiduría a Dios para entender. Aunque se posea un alto coeficiente intelectual, eso no garantiza que acertaremos con nuestra capacidad a descubrir el sentido de cada parábola.

La condición para entender a alguien es escucharlo y apreciarlo. Por eso muchas parejas no se entienden, porque han perdido un poco de paciencia y tolerancia que proviene del afecto (por lo menos conscientemente). La distancia impide la comunicación.

Las parábolas no trazan una línea de demarcación entre personas superdotadas intelectualmente e idiotas, sino entre autosuficientes y los humildes abiertos al aprendizaje.

El Reino de Dios no tiene pasadizos secretos como trata de presentar el “Código Da Vinci”. Tiene una sola puerta: la fe. “Cree para que entiendas”, decía San Agustín.

El que va a Dios, va de comienzo en comienzo. Pero no puede ir con ideas pre-fabricadas. Ni limitándose a decir lo que otros han dicho de Él. Es necesario “volver a nacer” (Jn 3,3).

Y es que, como si fuéramos Ulises, uno de los personajes de la Odisea, hemos tapado nuestros oídos con “cera”, para no sucumbir ante el embrujo del canto de tantas sirenas: publicidad, discursos, predicaciones, adulaciones, etc.

Tal vez algunos miembros de la Iglesia (incluido Benedicto XVI) piensen que podrán “seducir” a muchos alejados imponiendo de nuevo el latín en la Iglesia. Pero la Iglesia no sólo necesita hablar el lenguaje de todos, sino el lenguaje más convincente: la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace.

“Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los pequeños y sencillos. Sí, Padre, así te ha parecido mejor…” (Lc 10,21)

Que Dios les bendiga,

Su hermano, José Jesús Mora

ASCENSIÓN

VITAMINAS PARA EL CORAZÓN, “No estamos huérfanos”

Domingo 4 de Abril de 2008

La Celebración de la Ascensión del Señor no es una fiesta de despedida, aunque cause esa sensación porque no es fácil captar su sentido.

Jesús ha quedado presente entre nosotros, pero de una forma distinta, aunque no menos intensa. Normalmente pensamos que la única forma de estar presente es la física, pero la presencia espiritual es, en muchos casos, tan verdadera como intensa. Jesús no se fue, simplemente dejó de ser visible.

En su sabiduría divina, Dios decidió que su Hijo “ocultara” su presencia física para que en la madurez de la fe, asumiéramos la responsabilidad de colaborar para mejorar este mundo. Nos toca a nosotros, sabiendo que Él está con nosotros.

Si Jesús hubiera quedado físicamente presente, tendría que huir de nuestros millones de peticiones y pretensiones absurdas. ¿Ya se imaginan? Solo en Honduras pasaríamos todo el tiempo nombrándole en todas las comisiones posibles: combustibles, la huelga de los fiscales, los centros penitenciarios, la depuración de la policía, los fondos de la estrategia de reducción de la pobreza, licitación de medicamentos, enseñanza de la educación sexual en los colegios, etc, etc, etc.

No es Dios el que se ha ausentado en nuestro mundo. Somos nosotros los que no estamos donde debemos estar y no hacemos lo que debemos hacer.

Si no vemos a Dios por ninguna parte, es que hemos dejado de hacer lo que nos toca desde nuestra responsabilidad como cristianos. Si dejó de caminar por nuestros caminos es porque esperaba que nosotros continuáramos haciendo lo que Él nos enseñó.

Cuando Jesús comienza a ascender, los discípulos clavan su mirada en el cielo por mucho tiempo, siendo necesaria la llamada de atención de dos ángeles: “Galileos, ¿qué hacen allí parados mirando al cielo?” (Hch 1,11).

La espiritualidad no consiste en una actitud evasiva y huidiza. Toda espiritualidad debe conducir al compromiso, sino es apariencia y falsedad.

¿Es que acaso fueron insuficientes los 33 años de su vida o los 40 días después de su resurrección? Pero si Él nos enseñó que quien se acerca a Dios, se acerca más a los demás. Y también puede suceder lo contrario: quien se aleja de Dios, se aleja también de sus hermanos.

Tal vez hemos mal interpretado una de las expresiones del Credo: “Subió a los cielos y está sentado a la derecha del Padre”. Cada vez que pienso en ello, recuerdo que en una ocasión, un profesor de Teología Dogmática preguntaba a los seminaristas sobre el significado de esta afirmación ¿qué significa que Jesús está sentado a la derecha del Padre? Y uno de los seminaristas respondió: “Es simple: significa que el Padre está sentado a la izquierda del Hijo…”

Ese es nuestro problema: tomar en sentido literal estas afirmaciones y pensar que Jesucristo entró en un estado de vacaciones permanentes o inactividad.

Su glorificación (ascensión), le ha “liberado” de las cadenas espacio-temporales, de tal forma que está presente en donde lo ha prometido: “Si alguien me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos nuestra morada en él” (Jn 14, 23).

“Donde dos o más se reúnen en mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos” (Mt 18,20) Y también en los que sufren: “Tuve hambre, me diste de comer; tuve sed, me diste de beber…” (Mt 25,35-40)

Nadie tiene el monopolio de su presencia y nadie puede encerrarlo: ni en los dogmas, ni entre cuatro paredes, ni un libro, ni en las teorías. Somos muy amigos de “estudios”, cálculos, encuestas y porcentajes. Pero Dios es más grande que cualquiera de nuestros cálculos.

No nos desanimemos. Así como la Tierra tiene una órbita en la que a veces está más cerca del sol y otras más lejos, así es la humanidad y cada uno de nosotros.

El que cree en Jesús no puede vivir de brazos cruzados, trabaja haciendo el bien hasta que su Señor vuelva.

Decía la Madre Teresa de Calcuta: “El fruto del silencio es la oración. El fruto de la oración es la fe. El fruto de la fe es el amor. El fruto del amor es el servicio. El fruto del servicio es la paz”

Que Dios les bendiga,

Su hermano, José Jesús Mora

EL CAMINO DE EMAÚS

VITAMINAS PARA EL CORAZON, POR EL CAMINO DE EMAÚS

TERCER DOMINGO DE PASCUA, 6 de Abril de 2008

De los relatos de encuentros del Señor Resucitado con sus discípulos, el de Emaús es el más detallado y hermoso.

Volver a escuchar y reflexionar en este relato, nos ayuda a rejuvenecernos, nos ayuda a recuperar actitudes que teníamos olvidadas o perdidas. Porque también nosotros conocemos ese camino por donde iban los dos caminantes.

Esos dos discípulos van por ese sitio desconsolados y afligidos. Pero aunque nos sintamos así, Dios nos busca. Se las arregla para encontrarnos discretamente en el camino de la vida. Nos alcanza cuando huimos.

Y nos hace la misma pregunta: “¿Qué cosas tan tristes conversan por el camino?” (Lc 24,17.) Tal vez responderíamos: hablábamos de la violencia e inseguridad, de la droga y asesinatos, de la crisis económica, de los problemas familiares, del precio de los combustibles, de la corrupción en los gobiernos, de las campañas políticas anticipadas, etc.

Los discípulos responden con la frase que asoma a los labios del que se siente derrotado: “…nosotros esperábamos…” (Lc 14,21).

¿Son realistas o se sienten incapaces de pagar el precio de la paciencia? Se sienten estafados. Piensan que el Señor les ha tomado el pelo cuando les anunciaba su victoria y por eso vuelven a lo mismo de antes; lo habían dejado todo para seguir a Jesús y ahora vuelven derrotados como cucarachas.

¡Cuántas ilusiones perdidas! ¡Cuántos proyectos fracasados! ¡Cuántos ideales olvidados! Cuando no esperemos nada, cuando el pesimismo nos vence, estamos muertos en vida.

Pero hay que examinar lo que uno espera y cómo lo espera: si esperamos cosas triviales (pasarla bien, más dinero para derrochar, fama, poder, prestigio) y resultados fáciles (con el mínimo esfuerzo), puede que esperemos por mucho tiempo hasta cansarnos.

Yo esperaba una Iglesia profética, con el valor y la autoridad moral de denunciar las injusticias, pero me encuentro una Iglesia cómoda que brinda en algunas reuniones con los corruptos que todos conocemos. Esperaba una Iglesia coherente que, antes de señalar el pecado en la sociedad, lo señalara al interior y se esforzará sinceramente en su conversión.

Pero ahora entiendo que esta forma de esperar es hipócrita de mi parte, pues se convierte en un pretexto para mi mediocridad, en una forma evasiva de echarle la culpa a los demás y no hacer nada al respecto por cambiar esas situaciones desde el interior.

Si estás esperando algo, trabaja con fe y perseverancia para lograr que suceda. Si estás esperando que tu familia mejore, da lo mejor de ti mismo para que el milagro suceda. Si estás esperando que tu pareja te comprenda, haz el esfuerzo por comprenderla primero. Si deseas que las cosas en el trabajo mejore, sé más puntual, más responsable, más dedicado, da el ejemplo.

Si quieres que las cosas mejoren, comienza mejorando. No podemos darnos el lujo de decir “Nosotros esperábamos”. Debemos decir “Nosotros esperamos”. Porque lo hacemos trabajando y no cómodamente dormidos o sentados.

Pero eso es lo que nos cuesta entender y aceptar. Por eso Jesús les explica a los caminantes: “El Mesías tenía que padecer…”(Lc 24,26) La victoria tiene un precio y se llama sacrificio. Es la lógica de la semilla: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere permanece solo, pero si muere da mucho fruto” (Jn 12,24).

Siempre me sorprendió el fuerte reproche que les hace antes de explicarles las Escrituras: “¡Qué necios y torpes son!”(Lc24,25). Es que su ignorancia es “voluntaria”, tienen todo para comprender, pero no hacen el esfuerzo. Tenemos la Biblia y no sabemos qué hacer con ella. Tenemos tiempo y lo mal empleamos. Tenemos al Espíritu Santo desde el día de nuestro bautismo y lo sub-utilizamos.

Las estadísticas nos dicen que solo el 8% de nuestros católicos asisten a la misa dominical. El 92% restante son “católicos nominales”, es decir, católicos de nombre. Y de ese 8%, ¿cuántos salen realmente con sus corazones encendidos después de la misa? ¿Cuántos “vuelven a Jerusalén” con entusiasmo y alegría, es decir, a su hogar o al trabajo, a contar más que con palabras, con su ejemplo, que se han encontrado con el Señor resucitado?

Por desgracia, cualquier parecido de una misa con el relato de Emaús, es pura coincidencia. No es la norma, es la excepción a la regla. Jesucristo sigue estando con nosotros, al igual que caminaba al lado de Cleofás y su compañero, pero nos sigue costando mucho reconocerlo.

Por lo menos la tristeza de los discípulos de Emaús es, en cierta forma, justificada, pues pensaban que Jesús estaba muerto. Pero la nuestra, a sabiendas de que Jesús vive, ¿es comprensible? No se trata de ver algo nuevo, sino de ver con ojos nuevos lo que siempre vemos.

Cuando llegaron al sitio, los discípulos le invitan al forastero a quedarse con ellos. Es la virtud de la hospitalidad que nace de la compasión. Le hacen una invitación al Señor que se debe convertir en nuestra oración más urgente por los tiempos que vivimos: “El día ya se acaba, la tarde está cayendo, quédate con nosotros”(Lc 24,29). Y esto hará posible que le reconozcan al partir el pan, que era el único rito que Jesús hacía: partir y compartir.

La caridad devuelve lo que el desánimo nos había hecho perder. Cuando damos, a pesar de no sentirnos tan bien de ánimos, recuperamos lo que habíamos perdido y más todavía.

Si has perdido la paz, búscala para otros y la encontrarás. Si has perdido la sonrisa, bríndala a otro y la encontrarás. Si has perdido la seguridad, búscala para otros y la encontrarás. A nuestro alrededor hay muchos que caminan como los discípulos de Emaús, descontentos, pesimistas y abatidos. Es el camino más frecuentado en nuestros días.

Hay quienes, como esos dos, han abandonado silenciosamente la comunidad de Jerusalén (en nuestro caso, la Iglesia), porque en vez de brindarles seguridad y alegría, les hemos provocado tristeza y amargura, escándalo y decepción. Y lo peor de todo: ni nos hemos dado cuenta que se han ido y en algunos casos, ni siquiera nos importa, a diferencia de los fieles de las comunidades evangélicas, a quienes hay que reconocerles su preocupación por el hermano(a) que deja de asistir.

La prueba fiel de que hemos comprendido el mensaje, de que hemos encontrado al Señor (o más bien, Él nos ha encontrado a nosotros), es que estamos dispuestos a recorrer el camino de regreso, como los discípulos de Emaús. No tanto los 11 kms., sino cualquier esfuerzo que implique compartir con otros el gozo de la fe.

Todo es posible para el que cree. Jesucristo es capaz de devolver a esas frustraciones, desilusiones y decepciones, lo que algún día fueron: esperanzas.

Que Dios les bendiga

Su hermano, José Jesús Mora

«MIRAD MIS MANOS Y MIS PIES»

VITAMINAS PARA EL CORAZON, “Mirad mis manos y mis pies”, Jueves 27 de marzo de 2008

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“¿Por qué nos miráis fijamente como si por nuestro poder o piedad, hubiéramos hecho caminar a este hombre?” (Hch 3,12)

Pedro, en su humildad, remite al verdadero autor del milagro que ha sanado al paralítico que pedía limosna a la entrada del templo: Jesucristo.

Pedro sabe reconocer sus limitaciones y no iba a ‘saludar con sombrero ajeno’. Reconoce ser un hombre pecador, ni más piadoso, ni más santo que cualquier otro.

¡Es una pena que muchas veces no sigamos su ejemplo! Y más escandaloso aún cuando el dañino orgullo se da dentro de la Iglesia: ‘Yo hice… por mí se logró…yo me mato trabajando…a mí me lo deben…’, etc.

Al contrario, resulta estimulante cuando reconocemos los logros o el esfuerzo de quienes saben aceptar con humildad que no es mérito propio, sino gracia de Dios las cosas buenas que hacen en su vida.

Acto seguido, Pedro aprovecha la buena disposición de la gente para dirigirles un nuevo mensaje sobre Jesús. Pedro ayuda a sus oyentes judíos a leer la historia como Historia de Salvación, que culmina en Cristo y da paso al tiempo de la Iglesia bajo la guía y fuerza del Espíritu Santo.

Eso sí, Pedro no ‘las cuece’, interpela con lenguaje muy directo a los judíos: “al que vosotro sentregasteis y rechazasteis… matasteis al autor de la vida” (Hch 3,14-15). ¡Qué contraste: han indultado a un asesino y han asesinado al autor de la vida! Aunque les disculpa porque comprende su ceguera: “sé que lo hicisteis por ignorancia, y vuestras autoridades lo mismo” (Hch 3,17).

Pedro, que ha madurado claramente en su fe, afirma ahora lo que nunca había entendido bien: que el Mesías tenía que pasar por la muerte y la cruz. Cuando Jesús se lo anunciaba, en vida, era este apóstol quien más reacio se mostraba a aceptar este mesianismo sufriente. Ahora ya sabe que “el Mesías tenía que padecer” (Hch 3,18).

La escena del evangelio es también continuación de la de ayer. Los discípulos de Emaús cuentan a la comunidad lo que han experimentado en el encuentro con el Resucitado, al que han reconocido al partir el pan. Y en ese mismo momento se aparece Jesús, saludándoles con el deseo de la paz.

La duda y el miedo de los discípulos son evidentes. Jesús les tiene que calmar: “¿Por qué os alarmáis? ¿Por qué surgen dudas en vuestro interior?” (Lc 24,38).

También, en los momentos de duda y desconcierto, llega un instante en el que Jesús se hace compañero nuestro de camino, aunque no le reconozcamos fácilmente. Y nos pregunta “¿Por qué te alarmas? ¿Por qué tienes dudas?”.

Es muy sugerente que cuando Jesús se aparece resucitado a sus discípulos, después del saludo, les muestras las llagas de sus heridas como las huellas de la batalla librada. Esto lo hace no sólo como garantía de su identidad, sino para darnos esperanza: llegará en un momento en el cual lo que nos hace sufrir, cicatrizará.

El resucitado no nos promete una vida sin pruebas. Su saludo es “Paz” y, más que un saludo, es un don, un regalo fruto de su resurrección. Es lo que nos hace falta pedir en medio de las pruebas: paz

“Mirad mis manos y mis pies” (Lc 24,39). La alegría que nos regala el Resucitado no es el goce superficial de quien recorre un camino fácil. Sus manos y sus pies conservan las huellas de los clavos. Su victoria ha sido conquistada con el sacrificio de su entrega en la cruz.

Quizá nunca acabamos de experimentar una alegría profunda porque no miramos de frente la huella de sus heridas. Creemos que seremos más felices huyendo del sufrimiento y de las personas que sufren.

Jesús nos invita a reconocerlo en el hueco de los clavos. En ese “mirad” encontramos una clave para no entender la alegría pascual como una evasión una espiritualidad etérea, sino como resultado de una mayor cercanía a los crucificados de nuestro tiempo.

Luego pregunta a sus discípulos: “¿Tienen algo de comer?” (Lc 24,41). ¿Por qué no utilizó su poder milagroso para hacer aparecer un banquete para celebrar?

Porque Cristo pelea la gran batalla contra la muerte y la vence. Pero no nos exime de nuestro propio esfuerzo. Como sabiamente dicen algunos campesinos: “Dios hace crecer el maíz, pero no echa las tortillas”. Siempre habrá una parte importante que nos toca a nosotros. La espiritualidad consiste en descubrir cuál es esa parte.

Que Dios les bendiga

Su hermano, José Jesús Mora

AL ALCANCE DE NUESTRA FE

VITAMINAS PARA EL CORAZON, Al alcance de nuestra fe

25 de Marzo de 2008

 

“Todos se conmovieron profundamente, y dijeron a Pedro y a los otros Apóstoles: «Hermanos, ¿qué debemos hacer?” (Hch 2,37)

 

Hacia este interrogante debe conducir toda reflexión. Es la garantía de que las palabras han dado justo en el blanco.

 

Pedro ha abordado de frente a su auditorio y no se ha andado con medias tintas. Entre la gente no cabe duda de que más de alguno era de aquellos que le habían gritado a Pilato “¡Crucifícalo!”

 

Sin embargo, Dios es capaz de sacar cosas buenas de nuestros pecados; se las arregla para sacar milagros de nuestros errores.

 

Escuchamos el relato de la primera aparición de Cristo resucitado en el evangelio de Juan. María Magdalena, la pecadora que se ha convertido, se quedó junto al sepulcro, afuera, llorando ¡Ama tanto a Jesús! ¡Está tan triste de haberlo perdido! Quien ama desea fervientemente que nunca muera la persona amada. El amor auténtico pide eternidad. Amar a otra persona es decirle “tú nunca morirás”.

 

Mientras lloraba se inclinó hacia el sepulcro y vio a dos ángeles vestidos de blanco, sentados junto a la cabecera y a otro a los pies de donde había estado el cuerpo de Jesús. Estaba tan aturdida que ni siquiera la visión de los ángeles le espanta. El cuerpo de Jesús no está allí. ¡La tumba está vacía!

 

“Jesús le dice: ‘mujer ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?’ Ella, tomándolo por el hortelano, le contesta: ‘Señor, si tú te lo has llevado, dime donde lo has puesto y yo lo recogeré’ ” (Jn 20,15)

 

Impresiona que por dos veces se le pregunte a María por qué llora. La primera vez la pregunta la formulan los ángeles. La segunda, Jesús mismo. El cielo reprocha a la tierra esa actitud de tristeza. ¿Podemos poner nombre a lo que nos hace sufrir?

 

Cuando la tristeza es grande, no se logra ver con claridad. María Magdalena tiene anegados sus ojos por las lágrimas y su corazón repleto de tristeza.

 

Ni siquiera piensa coherentemente, pues le dice al supuesto hortelano que le indique adónde se ha llevado el cuerpo, si es que acaso él ha profanado el sepulcro, para luego ir ella a traerlo, como si se tratara de un objeto liviano.

 

«Jesús le dice ¡María! Ella se vuelve y le dice ¡Rabboni! (que significa Maestro)» (Jn 20,16)

 

Jesús le llama por su nombre y ella lo reconoce por la voz. Jesús se conmueve y no puede seguir ocultándose. María ya no mira más al sepulcro, que pertenece al pasado, sino que clava su mirada en su Señor Resucitado: algo nuevo ha empezado.

 

Es aquí de donde sacó la inspiración el padre Cesáreo Gabarain para ese canto tan popular y hermoso “Pescador de Hombres” que forma parte de la liturgia en muchos países “me has mirado a los ojos, sonriendo has dicho mi nombre…”

 

Cuando María cae en la cuenta de que es Él, el Maestro, lo agarra, no quiere que su Señor se esfume de nuevo. Pero la búsqueda no tiene fin en esta vida. Estaremos siempre buscándolo apasionadamente.

 

«Le dijo Jesús: suéltame que todavía no he subido al Padre». (Jn 20,17)

 

Tocar, abrazar, palpar, es la forma humana de cerciorarse de la realidad. Pertenece a las formas elementales con las que el ser humano capta la realidad externa.

 

La reacción de Jesús, “Suéltame”, sólo puede significar que su presencia resucitada no ha de comprobarse con los criterios del mundo.

 

El encuentro y contacto con Jesús resucitado se realiza en un terreno distinto: el de la fe, en espíritu. Si la experiencia de la fe se basara únicamente en una experiencia física, entonces la fe hubiese sido imposible para la segunda, tercera y demás generaciones de cristianos.

 

Con el deseo de palpar, el ser humano cae en la otra tendencia de querer convertir algo en posesión suya, de poder disponer de ello. Quisiéramos que Jesús fuera como una varita mágica, siempre al alcance de la mano, para ir cambiando a las personas y situaciones a nuestro antojo.

 

Pero el Resucitado ni puede ni quiere ser abrazado de esta forma; mostrando con ello que escapa a cualquier forma manipulación por las ideologías o intereses ajenos. Está al alcance de nuestra fe, no de nuestro intento de instrumentalización. Lo tenemos, pero sin poseerlo. Lo tocamos sin apresarlo. Lo confesamos sin verlo.

 

Jesús le pide a María que le suelte y a la vez le encarga la misión de anunciar la Resurrección. El Señor no se nos da como una posesión para ser “privatizada”, sino como una experiencia para ser compartida. La prueba de que María Magdalena ha encontrado al Señor es que lo regala: “He visto al Señor y ha dicho esto…” (Jn 20,18)

 

Que Dios les bendiga

Su hermano, José Jesús Mora

Hola, Amigos

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Sean todos bienvenidos a esta página que he creado con la finalidad de compartir mis reflexiones espirituales «VITAMINAS PARA EL CORAZÓN» y algunos textos adicionales sobre Filosofía y Teología. Espero que disfruten de su contenido y les sea de utilidad. «NO ES SABIO EL QUE SABE DÓNDE ESTÁ EL TESORO, SINO EL QUE TRABAJA Y LO SACA»

José Jesús Mora