JUEVES SANTO
“Les doy un mandamiento nuevo: que se amen unos a otros como Yo los he amado” (Jn 13,34).
Dentro de la liturgia de este día, Jueves Santo, hay un rito especial, que por su gran significado, no debe confundirse con una representación teatral, sino como un compromiso cristiano: el lavatorio de los pies.
Muchos han tratado de reducir el gesto de Jesús a un acto de humildad. ¿Acaso Jesús tenía que recurrir a un gesto como éste para convencer a sus apóstoles de que era humilde?
En tiempos del Señor Jesús, esta acción la realizaban los esclavos. Hay que recordar que los calzados y los caminos de aquellos tiempos eran rudimentarios. Ningún judío estaba obligado a lavar los pies de sus propios jefes, para mostrar que un judío era libre, no era esclavo.
Jesús no lavó los pies de sus apóstoles pensando en que se convertiría en un rito en las ceremonias solemnes del Jueves Santo. Nunca hizo cosas de manera teatral para que quedaran consignadas en unos ritos litúrgicos como gestos vacíos de sentido. Él era natural y espontáneo. Hizo en cada momento lo que la situación exigía y requería: acciones naturales, auténticas, genuinas.
Imitar a Jesús no es repetir artificialmente un gesto que luego tenga contradicciones con las acciones cotidianas. Es vivir y actuar según su pensamiento, sus sentimientos y su espíritu.
En el lavatorio de los pies hay mucho más que un “ejemplo de humildad”. Jesucristo no hizo más que resumir en una acción toda su vida: vino a servir, no a ser servido. Su gesto debió durar unos 15 minutos, pero en ellos resumió toda su existencia.
Fue el momento de una verdadera Revolución que no sembraba el odio, pero condenaba y declaraba la guerra al orgullo, a la soberbia, al egoísmo, a la injusticia y la arrogancia.
Solo Juan narra esta escena. El motivo por el cual los demás evangelistas lo callan, seguramente es el escándalo: Dios arrodillado ante los pies del ser humano para limpiárselos. Unos pies que no son los de Adán, muy limpios, recién salidos de las manos del Creador; sino unos pies manchados de tierra, de sangre, de pecado.
Nos decía San Agustín: “¿Quieres saber cuánto te ha amado Dios? Mira a Jesús Crucificado”. Porque la garantía del amor es amar hasta el extremo. La medida del amor, es un amor sin medida.
Stephen Covey, en su libro “Los siete hábitos de las familias altamente efectivas” señala una gran verdad, desconocida por muchos: solemos pensar que a los demás debemos “darles amor”. Nos equivocamos. El amor es consecuencia de amar, un acto de voluntad, una decisión convertida en acción que provocará, como consecuencia, amor. Amar es un verbo, no un sentimiento. El amor es la consecuencia. Es lo que lograrás hacer brotar en las personas que ames.
No lo sientas como una carga pesada. No digas “tengo que amar”. Elige amar, no te canses: cuando a los demás no parece importarles, ama; cuando todo parece perdido e inútil, sigue amando; cuando cueste y duela mucho, ama; cuando ya no quieras seguirlo haciendo porque piensas que no vale la pena, vuelve a renovar tu decisión. Tarde o temprano cosecharás lo sembrado.
Que Dios les bendiga
Su hermano, José Jesús Mora
