AL ALCANCE DE NUESTRA FE

VITAMINAS PARA EL CORAZON, Al alcance de nuestra fe

25 de Marzo de 2008

 

“Todos se conmovieron profundamente, y dijeron a Pedro y a los otros Apóstoles: «Hermanos, ¿qué debemos hacer?” (Hch 2,37)

 

Hacia este interrogante debe conducir toda reflexión. Es la garantía de que las palabras han dado justo en el blanco.

 

Pedro ha abordado de frente a su auditorio y no se ha andado con medias tintas. Entre la gente no cabe duda de que más de alguno era de aquellos que le habían gritado a Pilato “¡Crucifícalo!”

 

Sin embargo, Dios es capaz de sacar cosas buenas de nuestros pecados; se las arregla para sacar milagros de nuestros errores.

 

Escuchamos el relato de la primera aparición de Cristo resucitado en el evangelio de Juan. María Magdalena, la pecadora que se ha convertido, se quedó junto al sepulcro, afuera, llorando ¡Ama tanto a Jesús! ¡Está tan triste de haberlo perdido! Quien ama desea fervientemente que nunca muera la persona amada. El amor auténtico pide eternidad. Amar a otra persona es decirle “tú nunca morirás”.

 

Mientras lloraba se inclinó hacia el sepulcro y vio a dos ángeles vestidos de blanco, sentados junto a la cabecera y a otro a los pies de donde había estado el cuerpo de Jesús. Estaba tan aturdida que ni siquiera la visión de los ángeles le espanta. El cuerpo de Jesús no está allí. ¡La tumba está vacía!

 

“Jesús le dice: ‘mujer ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?’ Ella, tomándolo por el hortelano, le contesta: ‘Señor, si tú te lo has llevado, dime donde lo has puesto y yo lo recogeré’ ” (Jn 20,15)

 

Impresiona que por dos veces se le pregunte a María por qué llora. La primera vez la pregunta la formulan los ángeles. La segunda, Jesús mismo. El cielo reprocha a la tierra esa actitud de tristeza. ¿Podemos poner nombre a lo que nos hace sufrir?

 

Cuando la tristeza es grande, no se logra ver con claridad. María Magdalena tiene anegados sus ojos por las lágrimas y su corazón repleto de tristeza.

 

Ni siquiera piensa coherentemente, pues le dice al supuesto hortelano que le indique adónde se ha llevado el cuerpo, si es que acaso él ha profanado el sepulcro, para luego ir ella a traerlo, como si se tratara de un objeto liviano.

 

«Jesús le dice ¡María! Ella se vuelve y le dice ¡Rabboni! (que significa Maestro)» (Jn 20,16)

 

Jesús le llama por su nombre y ella lo reconoce por la voz. Jesús se conmueve y no puede seguir ocultándose. María ya no mira más al sepulcro, que pertenece al pasado, sino que clava su mirada en su Señor Resucitado: algo nuevo ha empezado.

 

Es aquí de donde sacó la inspiración el padre Cesáreo Gabarain para ese canto tan popular y hermoso “Pescador de Hombres” que forma parte de la liturgia en muchos países “me has mirado a los ojos, sonriendo has dicho mi nombre…”

 

Cuando María cae en la cuenta de que es Él, el Maestro, lo agarra, no quiere que su Señor se esfume de nuevo. Pero la búsqueda no tiene fin en esta vida. Estaremos siempre buscándolo apasionadamente.

 

«Le dijo Jesús: suéltame que todavía no he subido al Padre». (Jn 20,17)

 

Tocar, abrazar, palpar, es la forma humana de cerciorarse de la realidad. Pertenece a las formas elementales con las que el ser humano capta la realidad externa.

 

La reacción de Jesús, “Suéltame”, sólo puede significar que su presencia resucitada no ha de comprobarse con los criterios del mundo.

 

El encuentro y contacto con Jesús resucitado se realiza en un terreno distinto: el de la fe, en espíritu. Si la experiencia de la fe se basara únicamente en una experiencia física, entonces la fe hubiese sido imposible para la segunda, tercera y demás generaciones de cristianos.

 

Con el deseo de palpar, el ser humano cae en la otra tendencia de querer convertir algo en posesión suya, de poder disponer de ello. Quisiéramos que Jesús fuera como una varita mágica, siempre al alcance de la mano, para ir cambiando a las personas y situaciones a nuestro antojo.

 

Pero el Resucitado ni puede ni quiere ser abrazado de esta forma; mostrando con ello que escapa a cualquier forma manipulación por las ideologías o intereses ajenos. Está al alcance de nuestra fe, no de nuestro intento de instrumentalización. Lo tenemos, pero sin poseerlo. Lo tocamos sin apresarlo. Lo confesamos sin verlo.

 

Jesús le pide a María que le suelte y a la vez le encarga la misión de anunciar la Resurrección. El Señor no se nos da como una posesión para ser “privatizada”, sino como una experiencia para ser compartida. La prueba de que María Magdalena ha encontrado al Señor es que lo regala: “He visto al Señor y ha dicho esto…” (Jn 20,18)

 

Que Dios les bendiga

Su hermano, José Jesús Mora

2 comentarios en “AL ALCANCE DE NUESTRA FE

  1. Estimado Padre Mora,

    Espero que sus reflexiones llena de vida para el Espiritu sigan alentando nuestra vida diaria.

    Gracias por hacernos mas fácil la comprensión de la Buena Nueva

    Que Dios le bendia

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