Entender que no entendemos

VITAMINAS PARA EL CORAZÓN, DOMINGO 13 de julio de 2008

Es necesario entender que no entendemos…

1. “Como baja del cielo la lluvia…y no vuelve allá sino después de empapar la tierra y fecundarla para hacerla germinar…así será toda Palabra que salga de mi boca” (Is 55,10-11)

Tal vez no hemos sido lo suficientemente conscientes del poder que tiene la palabra: puede consolar, animar, fortalecer, inspirar; pero también puede entristecer, herir, y destruir. Basta una palabra para influir en el estado de ánimo de otros. Si la simple palabra humana puede hacer todo esto, ¿seríamos capaces de dudar del poder y efectividad de la Palabra de Dios?

Lo que Dios dice -a diferencia de nuestros políticos- lo hace. Lo que promete, lo cumple. La Palabra de Dios a lo largo de la historia humana ha transformado vidas, ha ablandado corazones duros, ha levantado gente muerta en vida, ha sanado heridas profundas, ha devuelto la esperanza. Lo ha hecho y lo seguirá haciendo. La lluvia no cae en vano. Tiene su propósito. Dios no habla por hablar.

Pero, como decía San Agustín, “Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti”. La Palabra de Dios espera y necesita respuesta. Es una promesa que avanza hacia su cumplimiento en la medida en que respondemos a cada momento de nuestra historia. Su poder no es mecánico y su eficacia no suplanta nuestros esfuerzos.

2. “La creación entera está gimiendo toda ella con dolores de parto” (Rm 8,22)

En el mundo hay tanto sufrimiento, contaminación, violencia, que nos hace preguntarnos ¿Y a qué o para qué vino Jesucristo? ¿Acaso las cosas han mejorado desde que vino?

San Pablo nos recuerda que hay una diferencia entre la concepción y el nacimiento. Este es un período de gestación. Algo importante ha sido concebido en el mundo con el nacimiento y muerte del Hijo de Dios. Lejos de desanimarnos en este período de Gestación, debemos ver las crisis como grandes oportunidades.

No hay otra forma de enfrentar los retos que con esperanza y decisión. La imagen de los dolores de parto, que utilizaban algunos filósofos griegos para hablar del renacimiento de la naturaleza en primavera, le sirve a Pablo para expresar la situación de toda la creación.

Los momentos difíciles son transitorios y, dependiendo mucho de nosotros mismos, de nuestras actitudes, pueden dar paso a una mejor realidad, tan insospechada que no nos atrevemos ni siquiera a soñar.

Decía Víctor Hugo que El futuro tiene muchos nombres. Para los débiles es lo inalcanzable. Para los temerosos, lo desconocido. Para los valientes es la oportunidad”

3. “Los discípulos le preguntaron: -¿Por qué les hablas en parábolas?

Jesús les respondió: – porque viendo no ven, y oyendo no oyen ni entienden. Al que tiene, se le dará más y nadará en la abundancia; pero al que tiene poco, aun eso poco se le quitará” (Mt 13,11-13)

Resulta sorprendente la respuesta de Jesús a la inquietud de sus discípulos. Siempre hemos pensado que la parábola fue uno de los mejores recursos pedagógicos que Jesús utilizó para que le comprendiéramos.

Sin embargo, la respuesta diera la impresión de todo lo contrario. Como que más bien quería que no le entendiéramos.

Es importante señalar que la parábola no era una fábula o un relato simpático a manera de intermedio entre discursos doctrinales pesados. No era un momento de relax o de chistes durante el día. Era una lección severa y seria, con frecuencia una señal de alarma o un llamado a la responsabilidad.

No da la verdad ya masticada. Obliga a pensar, buscar, profundizar, explorar. Porque su verdadero significado no se encuentra en la superficie de las imágenes usadas, sino detrás o debajo de ellas. Lejos de entretener y divertir, las parábolas de Jesús sacuden y golpean.

Por eso me parece importante reflexionar sobre esta respuesta de Jesús, pues tenemos la tendencia de trivializar (como mecanismo de defensa) lo que no entendemos o lo que no queremos entender.

Lo primero que debemos aceptar con humildad es que debemos pedir sabiduría a Dios para entender. Aunque se posea un alto coeficiente intelectual, eso no garantiza que acertaremos con nuestra capacidad a descubrir el sentido de cada parábola.

La condición para entender a alguien es escucharlo y apreciarlo. Por eso muchas parejas no se entienden, porque han perdido un poco de paciencia y tolerancia que proviene del afecto (por lo menos conscientemente). La distancia impide la comunicación.

Las parábolas no trazan una línea de demarcación entre personas superdotadas intelectualmente e idiotas, sino entre autosuficientes y los humildes abiertos al aprendizaje.

El Reino de Dios no tiene pasadizos secretos como trata de presentar el “Código Da Vinci”. Tiene una sola puerta: la fe. “Cree para que entiendas”, decía San Agustín.

El que va a Dios, va de comienzo en comienzo. Pero no puede ir con ideas pre-fabricadas. Ni limitándose a decir lo que otros han dicho de Él. Es necesario “volver a nacer” (Jn 3,3).

Y es que, como si fuéramos Ulises, uno de los personajes de la Odisea, hemos tapado nuestros oídos con “cera”, para no sucumbir ante el embrujo del canto de tantas sirenas: publicidad, discursos, predicaciones, adulaciones, etc.

Tal vez algunos miembros de la Iglesia (incluido Benedicto XVI) piensen que podrán “seducir” a muchos alejados imponiendo de nuevo el latín en la Iglesia. Pero la Iglesia no sólo necesita hablar el lenguaje de todos, sino el lenguaje más convincente: la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace.

“Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los pequeños y sencillos. Sí, Padre, así te ha parecido mejor…” (Lc 10,21)

Que Dios les bendiga,

Su hermano, José Jesús Mora

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