UN MISTERIO NO TAN MISTERIOSO

Ssma Trinidad

VITAMINAS PARA EL CORAZON

SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

Después de haber celebrado la Fiesta del Espíritu Santo, Pentecostés, este domingo nos invita a reflexionar sobre el amor providente de Dios.

La Santísima Trinidad no es un complicado rompecabezas o un problema aritmético. Aunque bajo este término (Trinidad) no lo encontramos por ninguna parte en la Biblia, era necesario darle un solo nombre a este maravilloso misterio revelado por Jesucristo: un solo Dios, tres personas distintas, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Así nos santiguamos, así oramos, así confesamos nuestra fe, así bendecimos, así celebramos y recibimos el perdón.

Reflexionando en este “Misterio”, que dejó de ser tan “misterioso” al ser revelado en forma más clara por el Señor Jesús, comprendemos mejor la afirmación del libro del Génesis: somos creados a imagen y semejanza de Dios, es decir, con la capacidad e, igualmente, la necesidad de amar. Amar es nuestra vocación, es propio de nuestra naturaleza, porque Dios nos ha comunicado esta cualidad de su propio ser.

Pues si Dios nos ha revelado su ser, no fue para que tuviéramos una gran cultura religiosa, sino para que reflejemos el amor que entre ellos existe: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Por eso es que la familia es un impulso natural creado y querido por Dios. Su deseo es que seamos su reflejo. El vocabulario de esta hermosa realidad de la familia ha sido sacado de la misma naturaleza de Dios: padres, hijos, amor (Espíritu Santo). Dios se ha comportado como el artista que deja parte de su propio ser en la obra.

Un egoísta que sólo piensa en sí mismo, un arrogante solitario, no es imagen y semejanza de Dios.

No se trata de vulgarizar lo sagrado, sino hacerlo más comprensible para no reducirlo a la ecuación 1= 3. Para conocer a Dios no se puede tomar la ruta de la ciencia; tampoco hay que renunciar a la razón, la cual es un don de Dios mismo. Hay que llevar para el camino dos provisiones indispensables: amor y confianza humilde.

Creer en la Santísima Trinidad es tomar conciencia de que entre nosotros es posible alcanzar la unidad a pesar de la diversidad. Tenemos que aprender a respetar las diferencias y hacer de ellas posibilidades complementarias y no pretexto para pleitos y divisiones.

“En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Aún tengo muchas cosas que decirles, pero todavía no las pueden comprender. Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él los irá guiando hasta la verdad plena” (Jn 16,12-13).
Jesús aclara que no le ha sido posible enseñar todo lo que Él hubiera querido. Y no por falta de capacidad o por haber utilizado mal su tiempo para desarrollar todo el contenido de su enseñanza, sino por la incapacidad de diálogo en sus oyentes o poco apertura.

Sin la ayuda del Espíritu, nos complicamos la vida con una teología fría y desvinculada de la vida.

Muchas homilías que escuchamos pueden ser “teológicamente correctas”, pero vivencialmente frías. Siempre estuve intrigado por esta forma en que decimos las cosas en la Iglesia: en la mayoría de los casos, decimos grandes verdades, pero pronunciadas con tanto aburrimiento como si fuesen mentiras; a diferencia de estafadores de la fe, que dicen grandes mentiras, pero con tanto entusiasmo, como si fuesen verdades. El Espíritu Santo, si lo invocamos, nos ayudará a decir verdades de manera apasionada, siendo nosotros los primeros convencidos de lo que decimos o diremos.

El Dogma de la Santísima Trinidad no es un conocimiento para sentir orgullo religioso, sino para sacar consecuencias prácticas.

La Santísima Trinidad nos enseña cómo se ama: de manera desinteresada e incondicional. Intentar hacer algo distinto a esta forma de amar, será otra cosa, pero no amor verdadero.

“Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo”.

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